Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Sandra Carli: "La universidad no es sólo un ámbito de aprendizaje académico, sino también social y político"

Especialista en educación, investigadora en y sobre la UBA, rescata el ingreso abierto, pero señala deudas que afectan la experiencia de estudiar en una megauniversidad

Domingo 07 de abril de 2013
SEGUIR
LA NACION
0

Enorme, heterogénea, a la vanguardia a veces y conservadora otras, la Universidad de Buenos Aires (UBA) es también contradictoria: abre sus puertas a todos, pero a algunos, a poco de ingresar, puede dejarlos indefensos frente a un ámbito "hostil o directamente expulsivo", como describe Sandra Carli, doctora en Educación, profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, que ha tomado a la propia universidad como objeto de estudio. En ella ve una institución que mantiene al mismo tiempo su calidad formativa y su promesa de igualdad de oportunidades, pero también sus cuentas pendientes, sobre todo en lo que hace a la experiencia cotidiana de estudiar y enseñar en ella, un itinerario que unos 263.000 alumnos, según el último censo de la UBA, están comenzando a transitar nuevamente en estos días.

Sus opiniones tienen como base no sólo su propia experiencia, sino la investigación que publicó recientemente en el libro El estudiante universitario (Siglo XXI), en el que usa una perspectiva poco frecuentada para analizar la UBA alrededor de la crisis de 2001 y los años que siguieron: la experiencia estudiantil, las "tácticas" que deben desplegar los alumnos para aprender a transitar una megainstitución y las miradas diversas sobre la militancia política, el estudio y la graduación. Para ellos, como sintetiza Carli, la UBA puede ser "tanto un refugio como una intemperie".

-¿Qué cambió en la universidad la crisis de 2001?

-Por un lado, adquirieron mayor visibilidad algunos de los problemas estructurales que tenía la universidad, y por otro lado fue bastante notable el impacto del desfinanciamiento combinado con el aumento de la matrícula estudiantil: más estudiantes y menos presupuesto.

Otro fenómeno tuvo que ver con la crisis política generalizada que impactó en la crisis de la representación al interior de la universidad, pensando que la universidad se gobierna como una república democrática que también estalló.

–De todo eso, ¿qué se cristalizó como un rasgo más permanente en estos diez años? –Lo que quedó es un estado deliberativo bastante permanente en el terreno del gobierno de la universidad y de las facultades, es decir, cierta idea de que la democracia universitaria requiere invariablemente deliberación con niveles de confrontación altos. Ése es un remanente de la crisis de 2001, si bien la conflictividad política en la UBA se ha producido en distintos momentos históricos.

–¿Existe algo así como "el estudiante de la UBA", con rasgos reconocibles? –Me parece que hay situaciones bastante diferentes entre facultades, porque cada una tiene culturas institucionales, tradiciones, perfiles profesionales, académicos y científicos distintos. Lo que hay en común es que el estudiante de la UBA entra en una macrouniversidad que tiene una tradición de ingreso irrestricto, y esa política de apertura favorece la coexistencia de jóvenes de distintos sectores sociales, una marca que la distingue de otras universidades. Por otro lado, la escala de la UBA, la cantidad de docentes y estudiantes y la dimensión de sus instalaciones generan que el estudiante tenga que ser mucho más autónomo, estar entrenado para moverse en un ámbito universitario que puede ser hostil o directamente expulsivo por esas dimensiones y por cosas que habría que revisar desde el punto de vista institucional.

–Hay cierto sentido común sobre la UBA de que "te prepara para la vida". ¿No es ése un modo de naturalizar esas cuestiones que no están funcionando del todo bien en la institución? –Es posible. Creo que la universidad es en general un ámbito de aprendizaje no sólo vinculado con lo académico, sino de aprendizajes sociales y políticos. Quizá las universidades públicas en particular tienen ese rasgo mucho más marcado que las privadas. Al mismo tiempo, es cierto que sobrevalorar eso puede implicar naturalizar cuestiones que podrían revisarse y mejorarse, algunas dificultades en cómo los dispositivos institucionales están preparados para recibir a cierto número de estudiantes. Una política de apertura reclama invariablemente una política mucho más sofisticada, compleja y de seguimiento para recibirlos.

–Hablaba antes de la convivencia de sectores sociales en la UBA que permite el ingreso abierto. ¿En qué medida la experiencia universitaria puede igualar procedencias sociales diversas? –Creo que la apertura en el ingreso genera oportunidades, al favorecer que todo graduado con título secundario pueda acceder a los estudios universitarios, lo que distingue a la Argentina de otros países con exámenes de ingreso más restrictivos. El alcance igualitario de esas oportunidades es siempre un tema de discusión y la cuestión social evidentemente opera. Me parece que en el recorrido universitario van pasando cosas, y hay que ver quiénes logran permanecer, avanzar en los estudios, combinar educación y trabajo, enfrentar las situaciones diferenciales de las familias. Algunos estudios indican que en los graduados pesan más los sectores sociales medios y medios altos, en los que inciden los apoyos familiares, las redes de contactos profesionales y laborales. Pero me parece que al mismo tiempo esa posibilidad de acceder también genera trayectorias muy interesantes de jóvenes que si no hubieran tenido ese camino más abierto difícilmente hubieran llegado a estudios universitarios. Si eso es una excepción o no, es algo a revisar para no naturalizar la idea de que la apertura garantiza todo.

–¿Qué impacto tuvo en la UBA la creación de otras universidades estatales en el conurbano desde los años 90? –Por un lado, generó cierta estabilización de la matrícula de la UBA, que no ha seguido creciendo de manera exponencial. Al mismo tiempo, si bien la UBA mantiene una hegemonía y lugar preponderante, el hecho de ubicarse en una constelación de universidades, con otras públicas, permite contrastar modelos institucionales, entre una universidad con larguísima historia y universidades con corta historia, con proyectos institucionales más definidos, con mayor disponibilidad de presupuesto, con problemas estructurales más livianos que los que tiene la UBA, donde el 85% de los recursos se van en salarios.

–¿Y cómo impactó en los docentes? Muchos profesores de la UBA se han ido a universidades del conurbano, donde encontraron espacios más abiertos y amigables para desarrollar sus carreras. –Ha habido un proceso de movilidad de docentes e investigadores a otras universidades, que es un fenómeno mundial. Hay migraciones, idas y vueltas en algunos casos, es un proceso de circulación. Al mismo tiempo hay una gran cantidad de docentes que permanecemos en la UBA. El plantel de la UBA es muy heterogéneo, con la diferencial dedicación que hace que la presencia e implicación dentro de la universidad sean muy distintas entre un docente de dedicación simple y uno de dedicación exclusiva, que concentra allí sus tareas de enseñanza e investigación. La situación de los docentes debe ser revisada de acuerdo con esas inserciones diferenciales y de acuerdo con disciplinas.

–¿Por qué las ciencias sociales y humanas siempre parecen más conflictivas? –En términos generales, las facultades de ciencias sociales y humanidades, también en otros países, tienen una marca propia. El hecho de que su currículum, temas de estudio y análisis tengan que ver con la realidad política, con los actores sociales, con los fenómenos culturales, hace que esa materia prima con la que estudiantes y profesores trabajamos invite a revisar constantemente la realidad social, la coyuntura, la propia universidad, con una idea de crítica permanente y puesta en cuestión. Después están las culturas institucionales que se van armando, las dinámicas políticas que van dando forma a distintas prácticas según los ciclos históricos. Esta época ha estado bastante signada por la confrontación, por la polarización.

–¿De qué modo cree que ha influido en la universidad ese clima de confrontación política que se ha instalado en los últimos años en el país? –En el período que analizo en el libro el debate giró en torno a la crisis social y política de los años 2001 y 2002 con su notable impacto sobre la universidad pública. Estos últimos años, en cambio, fenómenos como la reapertura de los juicios de derechos humanos, el impulso a políticas sociales como la asignación universal por hijo, la recuperación de YPF o el crecimiento del sistema científico-tecnológico, pero también otros como el atraso notable de los transportes públicos o la situación nefasta del Indec, han renovado la agenda del debate político-académico y han dado lugar a posiciones diferenciales al interior de la universidad. En alguna medida el estilo más confrontativo del Gobierno ha generado pasiones y polémicas, pero invariablemente ha sido potente para pensar nuevamente el país, la formación universitaria, la investigación científica y las políticas públicas en el campo de las ciencias sociales.

–¿Cómo viven los estudiantes la presencia política y la militancia en la universidad? –Hay percepciones distintas, marcadas por el hecho de que la población estudiantil es tan heterogénea. Están los estudiantes dedicados a la militancia política, que tienen un alto compromiso, una implicación, cuya vida juvenil está ligada con la actividad política, con la pertenencia a ciertos colectivos, a modos de trabajar y de pensar en la universidad. Hay jóvenes simpatizantes pero menos implicados, que no son activistas, pero pueden tener una implicación en coyunturas determinadas, y hay estudiantes más indiferentes al activismo político en la universidad. También ocurre entre los docentes.

–En momentos de "ebullición política" en la universidad, como durante las tomas del rectorado o de colegios, se escucha el argumento de que la politización estudiantil afecta la calidad académica y la experiencia del aprendizaje. ¿En qué medida cree que es así? –Las situaciones de toma generan un estado de inestabilidad e incertidumbre en las facultades o colegios, pero al mismo tiempo resultan en muchas ocasiones fértiles para dinamizar en los estudiantes una nueva búsqueda de sentido de la formación universitaria, encarnando y resignificando lecturas y autores a partir de preguntas e inquietudes nuevas, generando una conciencia inédita sobre la precariedad de las instituciones. Para los estudiantes suele ser una experiencia inaugural en la vida política que genera todo tipo de aprendizajes, pero su atractivo no es eterno. Lo que siempre está en juego es la capacidad que las tomas tienen de dar visibilidad e instalar en la agenda institucional nuevos temas y problemas a resolver, por supuesto, con los otros actores universitarios, lo cual constituye un desafío para la construcción política cotidiana en el día después de la toma.

–¿Le parece que hay una tendencia en la Argentina a que la educación universitaria se vuelva más elitista, o más segmentada por origen social en distintas instituciones? –Hay dos fenómenos. Por un lado, la política del Gobierno ha sido la creación de nuevas universidades públicas, algo interesante porque amplió la expansión territorial de las instituciones al estilo de la expansión de las escuelas públicas a principios de siglo, además ofreciendo una educación pública gratuita y de calidad. Al mismo tiempo, en los últimos 20 años creció la diferenciación entre las universidades privadas, con universidades de elite que reclutan a un sector más de clase alta, que quizás en otro período histórico fue a la UBA, y las privadas más antiguas, que atraen a un público más de clase media. Habría que pensar si esto puede producir cierta segmentación de la matrícula desde el punto de vista social. Quizás no pase en todas las facultades sino en algunas; las carreras científicas siguen teniendo peso en el sector público; en cambio, en las que se dictan en el sector público y en el privado, puede generarse cierta circulación diferencial. Hay que ponerle el ojo a eso.

–Al optar por universidades privadas, ¿puede haber una percepción de descenso de calidad en la UBA y un intento de evitar estas dificultades institucionales de las que hablábamos? –Creo que no. La UBA mantiene un perfil de calidad por las características de su plantel docente, por sus niveles de formación, por sus sistemas de concurso, por el peso de la investigación. Pero a veces hay cuestiones a revisar que tienen que ver con la calidad edilicia, con ciertos servicios que deben ofrecer las facultades y que también tienen que ver con las experiencias de los estudiantes, como las bibliotecas, los comedores, espacios que hacen a la vida cotidiana de los estudiantes y los docentes. No son algo accesorio, tienen que ver con la posibilidad de cursar más satisfactoriamente.

–Dice en el libro que en la experiencia de los estudiantes la UBA puede ser un refugio, pero también una intemperie. –Es un poco las dos cosas. Es un refugio porque es un lugar que está allí, que a pesar de que muchos graduados pueden sentirla hostil cuando vuelven, saben que su condición pública la vuelve un lugar de pertenencia, es un bien público que compete a todos. Al mismo tiempo es una intemperie, porque atraviesa siempre dificultades, refuerza el peso del componente individual y obliga a enfrentar peleas que van desde los trámites hasta la inserción en la docencia y la investigación.

–¿Se puede hablar de "comunidad universitaria" en la UBA? –Hay una experiencia comunitaria en algunos grupos de estudiantes, y eso en el transcurso de la carrera son relaciones horizontales y vínculos con pares que marcan el paso por la universidad. Hay una aspiración armónica, una ilusión de armonía comunitaria, que nunca se logra, pero que siempre está como horizonte. Una idea de que la universidad pública tiene que ser un espacio donde puedan coexistir actores muy diferentes, historias distintas, trayectorias diversas. Hay siempre un trabajo por delante, que a veces implica una tarea utópica y otras veces trae conflicto.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas