0

El fin de un mundo

Alina Diaconú
Alina Diaconú PARA LA NACION
A pesar de la esquizofrenia climática sigue andando, a los tropezones, pero andando
0
11 de abril de 2013  • 02:29

¡Cuánto se habló, cuánto se escribió sobre el fin del mundo, previsto -por muchos- para el 21 de diciembre de 2012, fecha en que terminaba el calendario maya!

Hubo tantas teorías al respecto, tantos convencidos de que un cataclismo planetario ocurriría, como también abundaron los escépticos, los incrédulos y los espíritus burlones.

Lo cierto es que más allá de la interpretación actual de viejas profecías -que a veces aciertan, otras no- éste, nuestro mundo, a pesar del calentamiento global y de la esquizofrenia climática que afecta a tantos hermanos, sigue andando, a los tropezones, pero andando.

Mi idea es que bastante antes de esa fecha tan temida ( 21/12/12), nuestro mundo, en realidad , ya había terminado.

Terminó, por lo menos, un mundo que era el que nosotros, los de cierta generación -bien o mal- conocíamos.

Un mundo donde reinaban algunos valores, donde había una idea de la ética, donde las creencias personales -cualesquiera fueran ellas- eran respetadas, donde la educación contaba. También la cultura y la sed de conocimiento. Donde la droga no se había afincado.

Nuestro mundo, a pesar del calentamiento global y de la esquizofrenia climática que afecta a tantos hermanos, sigue andando, a los tropezones, pero andando

Hoy estoy buscando ese mundo y, reconozco, que no me resulta fácil encontrarlo.

Quiero decir que éste es otro mundo. Un mundo –ni mejor, ni peor- pero completamente distinto.

La infancia es distinta, la enseñanza es distinta, las metas laborales son distintas, la idea de un futuro promisorio es distinta.

La tecnología hace milagros y hace desastres. Sabemos que todo avance significa luces y sombras.

El materialismo se ha vuelto ineludible en un universo con una mentalidad consumista como la actual, pero ¿qué precio psicológico tiene el imán del dinero?

Entramos en un shopping y vemos la cara de una realidad. Caminamos por la calle, entre buceadores de basura, mendigos, individuos drogados de toda edad y pobre gente viviendo sobre colchones desvencijados, y la realidad es otra. Y esto existe aquí y en otros países. Es como la cara oculta de la luna.

Oculta no -porque está a la vista-, pero oscura por lo patética y dolorosa.

Por eso, este mundo es otro mundo. El que conocíamos ya terminó.

Terminó la época en que un libro de un autor ilustre era un objeto de culto, que era esperado y promovido con bombos y platillos. Ahora, cualquier persona puede imprimir su propia palabra en pequeños tirajes que sólo leerán los amigos y algún curioso. Eso no está nada mal, claro, hasta puede resultar interesante, pero ya es otro fenómeno, que nada tiene que ver con la literatura propiamente dicha.

Nos sentimos como discapacitados tecnológicos. Como si nos perdiéramos algo clave, imprescindible para nuestra comunicación con los demás y con el planeta

En cuanto a la distribución de esos volúmenes, los libreros, pobres, están superados en espacio por la cantidad de títulos que aparecen todos los días y que terminan luego en las mesas de ofertas de la calle Corrientes a precios irrisorios.

Pero, aquí también, no todo es malo. En esas mesas de "liquidaciones", usted encontrará a los grandes clásicos y a ilustres autores nacionales y universales, en ediciones cuidadas y hasta con tapas duras, desembolsando un precio ridículo.

Si el público no lee a esos grandes escritores es porque no tiene interés en ellos. No porque no pueda acceder a sus ideas.

Este mundo que hoy nos toca es especialmente raro para los que, aunque sea inconscientemente, hacemos comparaciones.

Vayamos a otros ejemplos, desde lo pedestre a lo más serio. Es raro ver tantos tatuajes en los cuerpos de tantos hombres y mujeres (son cada vez más) en un país donde los maoríes no existen ni se conocen sus tradiciones. Una moda importada, claro.

Es raro tanto desamparo en que se deja a la gente luego de fenómenos climáticos extremos.

Es raro este capitalismo tan feroz, este "crecimiento ilimitado" donde -como tan bien lo define el gran sociólogo polaco Zygmunt Bauman -, el mundo en que vivimos es un "mundo de alquiler" donde reina la tarjeta de crédito que -según él- no es sino "el mundo de la ilusión".

Es raro que haya tantos niños con déficit de atención (unos 328.000 según los especialistas) que, actualmente, deben ser medicados. La venta de fármacos para este problema se triplicó en una década.

Es rara tanta violencia de género, tanta piromanía y tanta violencia en general.

Es raro que no podamos desapegarnos del celular, de la netbook y de los auriculares, aunque sea por un rato. Y los que no hacemos eso, los que nos estamos permanentemente "conectados", nos sentimos algo así como discapacitados tecnológicos. Como si nos perdiéramos algo clave, imprescindible para nuestra comunicación con los demás y con el planeta.

Es un poco raro este mundo, en serio. O será que me parece a mí...

Es raro tener que acostumbrarse a los escándalos mediáticos como si fuesen cuestiones de Estado

Es raro tener que acostumbrarse a los escándalos mediáticos como si fuesen cuestiones de Estado. A las intimidades sexuales, reveladas como si fuesen las noticias del día. Que todos se peleen con todos, cuando hace menos de una década, después de una mini discusión entre escritores en un programa de TV, recuerdo que alguien me dijo al oído, en son de consejo: "No queda bien enojarse en televisión, a la gente no le gusta. Hay que sonreír, no discutir".

Hoy día, cuando todo pegó un giro de unos 180 grados y la disputa debe de ser uno de los elementos que más levanta el rating aquel consejo parece un chiste.

Pero claro, todo ha cambiado.

Es raro y triste darse cuenta de que la corrupción es sinónimo no sólo del "modus operandi" de muchos dirigentes de las clases políticas, sino de maniobras que aparecen en casi todos los quehaceres: que la gente sea comprable tan fácilmente, esté donde esté, trabajando donde trabaje.

Y si bien el tema de la corrupción siempre existió, antes no se sabía con la velocidad que tiene la información ahora. Pero no sólo eso. Es cierto que hoy nos enteramos de todo al instante, pero no siempre hay reacción. Es como si el envilecimiento de tantos individuos formara parte de un nuevo modo de concebir la vida, algo tolerable.

Sartre decía que cuando algo termina, algo comienza. Quizás ese mismo fuese el mensaje de los mayas que terminaron su calendario en el 2012, apostando - tal vez- al surgimiento de un mundo nuevo, acaso mejor. A lo mejor pensaban en una Sudamérica próspera y, por lo tanto, más equitativa, con un horizonte iluminado por un Inti intenso y benefactor para un despertar de esta parte del continente. Quién sabe...

Ojalá este nuevo mundo que nos toca vislumbrar corrija sus errores y eleve sus virtudes. Y experimente un verdadero "shock" en cuanto a una genuina toma de conciencia. Bauman aspira a ese cambio. Ojalá se intente seguir, en ese sentido, también, ese "sendero del medio" del cual hablaba Buda, donde ningún exceso lleva a buen término. En ese estado intermedio, decía el gran Maestro indio, es donde, en su concepción, reinan el equilibrio, el desenmascaramiento de las falsas ilusiones y el sentido de la verdad.

Que nuestro Jorge Bergoglio se haya convertido en Francisco, el primer papa argentino, con su humildad, su valentía, su inteligencia y su inspiración en la "sagrada pobreza" del maravilloso estigmatizado de Asís -quien consideraba sus hermanos al sol, a la luna y a los animales- habla a las claras, también, del inicio de un nuevo tiempo.

temas en esta nota

0 Comentarios Ver

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.