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Nuestro Katrina

También en la Argentina hubo una catástrofe natural a la que se sumó una impericia humana que dejó vidas en el camino

Hinde Pomeraniec

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PARA LA NACION@hindelita
Miércoles 10 de abril de 2013 • 00:14
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Hace ya tiempo, en 2005, me tocó cubrir para el diario Clarín el paso del huracán Katrina por el sur de los Estados Unidos, aquel tornado que destruyó la costa pobre del país y dejó Nueva Orleáns con el agua hasta la cintura como postal macabra. Durante esos 12 días las imágenes eran similares: pueblos devastados, casas convertidas en desnudas escenografías al aire libre y familias enteras abandonadas a la buena de Dios por un gobierno que tercerizaba hasta el aire que respiraba. Peleas y miserias políticas en las que los funcionarios se pasaban uno a otro la brasa caliente de la catástrofe, en un TEG siniestro en el cual el gobierno central, los estados y las alcaldías se hacían la guerra a costa del dolor y la pérdida de miles de personas. El desastre natural no midió clases sociales porque así como fue capaz de sumergir aún más a los pobres de siempre, también se empecinó con grandes hoteles y casas de clase media que terminaron estranguladas entre el agua y la mugre, inservibles para todo y convertidas, de un día para el otro, en dramáticos altares donde llorar y rezar.

"Además de convertirse inesperadamente en un enorme grano para el gobierno de George Bush, puso varios preconceptos patas para arriba, entre ellos, la idea de desarrollo"

El Katrina, además de convertirse inesperadamente en un enorme grano para el gobierno de George Bush, puso varios preconceptos patas para arriba, entre ellos, la idea de desarrollo, ya que evidenció que, incluso en los países que se suponen más evolucionados en esa materia, puede haber enormes bolsones de subdesarrollo, poblaciones enteras sin atender en sus necesidades básicas.

Por alguna razón no pensé en todo este tiempo ver nuevamente algo así pero acá, tan cerca, tan pegado a nosotros. Hablo de hombres, mujeres y chicos arriba de los techos esperando asistencia, c adáveres flotando por horas, falta de prevención y también de respuestas en la emergencia, por ausencia de protocolos y por falta de equipos entrenados. Y la pelea política mezquina para ver quién paga los platos rotos, hundidos, perdidos para siempre.

Es en momentos como el que estamos pasando donde se puede medir la respuesta de una comunidad –sus redes sociales y también el comportamiento de las clases políticas- y es por estas cosas que se mide, además, la evolución de las sociedades.

"Mujeres y chicos arriba de los techos esperando asistencia, cadáveres flotando por horas, falta de prevención y también de respuestas en la emergencia"

Como durante el Katrina, también en la Argentina hubo una catástrofe natural a la que se sumó una impericia humana que dejó vidas en el camino y pura pérdida a tanta gente. Si en los Estados Unidos fallaron por la privatización en cadena de todo -hasta de la recolección de los cadáveres-, en países como el nuestro el riesgo es caer en un exceso de confianza de un Estado poderoso que, sin controles adecuados, lleva a la discrecionalidad en el uso de los fondos públicos. Las denuncias por subejecución de los presupuestos de infraestructura y la readjudicación de partidas que se dan en Ciudad, pero también en Nación e incluso en La Plata, son la evidencia de ese riesgo que es disponer de los fondos arbitrariamente, sin reglas ni monitoreos institucionales. Hay algo que no va más y que la clase dirigente parece no haber capturado como esencia del momento: ningún país puede crecer y desarrollarse si solo vive en la coyuntura y no pone el foco en asuntos estratégicos. Es cada vez más indispensable que países, provincias y ciudades tengan ministerios o secretarías de asuntos de estrategia. Y la infraestructura, precisamente, es estratégica, aunque luce poco en tiempos tranquis y en años electorales como éste, donde es mejor poner la plata en publicidad y espectáculos bien visibles, mucho más que en diques o entubamientos de arroyos.

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