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Es tiempo de prepararse para el día después

Miércoles 10 de abril de 2013
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PARA LA NACION
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Muchos jamás olvidarán estos días de terrible inundación. Por otro lado, tampoco será posible olvidar la oleada de solidaridad que llena camiones de donaciones y apabulla positivamente a quienes se dedican a organizar tanta generosidad ante la emergencia.

Es importante, sin embargo, ir preparando el terreno para el día después, cuando la situación salga del foco periodístico, las manos solidarias vuelvan a lo suyo y los anegados se encuentren con la soledad inexorable frente al propio destino. En el silencio del día después, el dolor seguirá allí y los problemas saldrán a la superficie, sin el furor adrenalínico de los primeros días.

Duro será evocar, con la honda intimidad del desgarro, a un familiar que se fue con el agua. En un grado menos doloroso, pero singularmente lacerante, en el rearmado de una nueva rutina de vida muchos buscarán inútilmente una foto del abuelo o una vieja carta de amor que, ahora se cae en la cuenta, el agua se llevó para siempre. Fue tanto lo perdido que será en etapas como se irá tomando conciencia de lo que desapareció bajo la inundación.

El día después encontrará otra forma del mismo dolor: cuando las aguas bajen, empezará el doloroso camino de ofrecer "canales aliviadores" a la pena que dejó la inundación dentro de cada uno. Los especialistas en catástrofes saben de las noches de pesadilla de los damnificados por tragedias como éstas. De gritos revividos que aparecen en el dormir, de visiones del diluvio que emergen en los momentos menos pensados, con oleadas de emoción adosadas.

Allí es cuando más se requerirá el acompañamiento en el plano emocional. De parientes, de amigos, de los otros que han vivido la misma pesadilla (que serán los que mejor entiendan la angustia), de los vecinos o de los profesionales de la salud mental que ayuden a disolver con empatía el "estrés postraumático" que en el barrio se llama "bajón", "dolor en el pecho", "no poder dormir de noche", "miedo a la oscuridad o a la lluvia", "ganas de llorar todo el tiempo"... los nombres de la pena profunda que marca el alma humana.

Esa pena se alivia con trabajo y esfuerzo, pero también con gente buena alrededor, con mates entre amigos, abrazos, rezos, fraternidad, acción comunitaria o profesional, todo lo que ayude a digerir psicológica y espiritualmente momentos de una magnitud emocional superlativa.

Muchos inundados hoy están siendo sanados psicológicamente por el solo hecho de recibir ropa, alimentos y el reconocimiento del resto de la sociedad.

El exilio emocional que vive el que se vio herido en un lugar tan íntimo como la propia casa y el propio cuerpo en parte es reparado con esta magnífica reacción afectiva y solidaria de la población, que se manifestó materialmente, pero que también logró su cometido a nivel anímico, al percibir los damnificados que no existe indiferencia ante su desgracia, que no están solos aquellos que sufrieron tanto.

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