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"El chavismo ha representado una ruptura fundamental"

Además de escribir ficción, el autor alemán Raul Zelik es un reconocido analista de la vida política venezolana desde el arribo al poder de Hugo Chávez. Días antes de llegar a Buenos Aires para participar en la Feria del Libro, habla de sus novelas más recientes y del futuro que aguarda a Venezuela después de las elecciones del domingo

Viernes 12 de abril de 2013
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LA NACION
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Decir, como se ha dicho otras veces, que el alemán Raul Zelik habita en las fronteras no es una simple metáfora para referirse a quien domina tanto la ficción como la crónica, la novela (basta pensar en Situaciones berlinesas o en la reciente Der Eindringling –"El intruso"–, todavía inédita en castellano) como la imperiosa intervención política. Ya desde la década de 1980, antes de cumplir veinte años, Zelik empezó a interesarse por América Latina, a visitar la región, a estudiar ciencias políticas y a conocer su historia desde una perspectiva crítica. El primer foco fue Colombia, y luego, hasta ahora, Venezuela, sobre todo a partir del ascenso de Hugo Chávez al poder.

Su libro Venezuela más allá de Chávez. Crónicas sobre el "Proceso bolivariano"(2004) se inicia con una sucinta pero precisa cronología de la historia venezolana. ¿Entiende Zelik que el período chavista es una consecuencia de ese desarrollo o que posee más bien una concisión excepcional? "El chavismo ha representado una ruptura fundamental en la historia venezolana –explica–. Lo más llamativo de la última década no han sido los programas sociales, aunque beneficiaron a millones de personas de la clase popular. En la bonanza petrolera, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, de 1974 a 1979, el Estado venezolano también gastaba mucho dinero en programas sociales e, incluso, desarrollaba una política de solidaridad petrolera con algunos países caribeños. Pero a diferencia de hoy, esos programas eran meramente asistencialistas, es decir, ‘populistas’ en el sentido despectivo de la palabra. En el gobierno chavista también existe una fuerte corriente que busca construir relaciones clientelares-asistencialistas entre gobierno y pueblo. Para Chávez, sin embargo, lo principal siempre fue que las clases populares se articulen y organicen. No es una exageración decir que, con Chávez, ‘el pueblo’ se despertó políticamente."

–Si se considera la cuestión desde una perspectiva europea, ¿sigue creyendo, como insinúa en Nach dem Kapitalismus (Después del capitalismo), que el "socialismo del siglo XXI" tiene su cuna en América Latina?

–Mi tesis sería que el "socialismo del siglo XXI" hasta ahora no es más que una consigna. En realidad, más que un socialismo, los gobiernos progresistas de América Latina han impulsado el renacimiento (específicamente latinoamericano) de una política "socialdemócrata". Pero el "socialismo" como tal implicaría la socialización de los bienes de producción y la democratización radical de la sociedad. Son contados los gobernantes progresistas en América Latina que piensan transformaciones de esa envergadura. A ello se suma que en los movimientos populares no tenemos en claro cómo impulsar un proceso de cambio. Por eso me parece tan importante impulsar y organizar el debate sobre qué sería hoy, tras los fracasos autoritarios del siglo XX, un proyecto socialista y revolucionario-democrático.

–En el momento de la muerte de Hugo Chávez, usted escribió un artículo, "Venezuela nach Chávez" ("Venezuela después de Chávez), en el que señalaba que el problema de la revolución bolivariana era no sólo la desaparición de la figura de Chávez sino también la ausencia de un proyecto político unívocamente definido. ¿Cree que Nicolás Maduro, si resulta electo, puede perfilar mejor ese proyecto?

–Hay que tener claro que en Venezuela la clase política también es clase dominante, es decir, no hay acumulación de capital alejada del Estado y esto, evidentemente, condiciona la forma de ser del aparato de Estado y del gobierno. Chávez, por su particular relación con las clases populares, representaba una ambivalencia extraña: era parte del Estado, pero también parecía encontrarse por fuera. Dudo de que Maduro tenga interés en mantener esa posición contradictoria pero productiva. En este sentido, es necesario entender que la profundización democrática del proceso bolivariano no puede venir desde el Estado o del Partido Socialista Unido de Venezuela. Ojalá Maduro logre mantener por lo menos una interlocución con este poder popular, a la vez tan visible e invisible en Venezuela. Parece paradójico, pero el proceso venezolano se ha mantenido gracias justamente a su ambigüedad.

–Usted hablaba también de una "renovación" de la revolución bolivariana. ¿En qué términos debería darse?

–Un Estado rentista como el venezolano automáticamente genera lógicas clientelares y burocráticas. Por lógica económica, los aparatos buscarán reproducirse y expandirse. Es cierto que el Estado venezolano ha sido un instrumento decisivo para garantizar los cambios sociales y democráticos. Sin embargo, insistiría en que el poder popular como verdadero poder democrático siempre hay que construirlo desde la sociedad, desde organizaciones con autonomía frente al Estado. El fenómeno de Chávez permitió una relación productiva: por un lado, su liderazgo personal tenía evidentemente aspectos autoritarios, pero por el otro, Chávez siempre convocó al pueblo a organizarse.

–En un terreno un poco más personal, ¿cómo mantiene a raya los límites entre la crónica y la ficción? Pienso esto porque su libro Situaciones berlinesas podría participar también de la crónica.

–Ese libro es una comedia que, a la vez, narra realidades sociales. Para mí, las diferentes formas (la novela, el ensayo y la investigación social) tienen sus vasos comunicantes. Otros autores se ubican entre novela y poesía, yo me muevo en un campo de fusión entre narrativa y teoría. A veces, esto genera desconcierto entre los lectores porque lo que para algunos es demasiado cercano al entretenimiento, para otros es demasiado teórico o explícito. Más que en el caso de Situaciones berlinesas, he escuchado esas críticas con respecto a El amigo armado, una novela sobre el conflicto armado vasco. Pero a pesar de esas objeciones quiero seguir así. En última instancia, escribo porque siento una presión de contar, explicar, cuestionar, ridiculizar la realidad. Esto me ayuda a soportar el mundo que, sin duda, está lejos de lo deseable. Claro, con la literatura y los textos en general busco acercarme a otros, comunicarme con lectores. Pero, como dicen Deleuze y Guattari: "Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos". Quiero ser varios e intento escribir así.

–La fricción, también una variedad de la colaboración, que podría constatarse entre ficción y crónica aparece fuertemente en su última novela Der Eindringling [ver nota aparte], sobre todo entre el presente y el mundo de la década de 1980. ¿Es así?

–Al empezar la novela me propuse narrar una tragedia griega. Es una historia de Edipo: la relación entre un hijo que apenas ha conocido a su padre y que, al reconstruir la historia de éste, empieza a acercarse cada vez más a las posturas y actuaciones de su padre. Sin quererlo, de repente, se encuentra en la vida del otro. Se podría decir que Daniel, el protagonista de la novela, "traspasa" o "atraviesa" al padre. Luego, con la editorial Suhrkamp, llegamos a la conclusión de que una historia contemporánea no puede seguir tan fielmente los conceptos de la narrativa antigua. Así que el desarrollo de la novela al final rompe con el camino inicial. Al mismo tiempo, la novela plantea el interrogante acerca de qué puede "lo político" hoy. Advierto un gran descontento en la sociedad europea e, incluso, en la alemana, que es donde la crisis menos se siente. Pero este desconcierto no logra articularse, sobre todo entre los jóvenes. Parece que las vías de rebelión están cerradas: lo que hace treinta años era una postura opositora hoy en día perfectamente podría pasar como estrategia de marketing o como modelo de consumo alternativo

–Al principio de la novela, en una mesita junto al lecho del enfermo, el padre del protagonista tiene el libro El intruso de Jean-Luc Nancy. ¿Estuvo ese libro realmente en el origen mismo de la novela?

–Hace cinco años, mi padre (que por cierto no tiene nada de Fil, el padre del protagonista en la novela) fue sometido a una operación cardíaca y una amiga me regaló el libro de Jean-Luc Nancy. Ese ensayo que narra y reflexiona sobre el trasplante de corazón al que fue sometido Nancy a principios de los años 90 me conmovió profundamente. Es una narrativa filosófica muy íntima y plantea las preguntas que también motivaron mi novela. ¿Qué es lo ajeno en uno? ¿Los padres e hijos no estamos unidos por este lazo de extrañeza física? ¿Será que nos llevamos al otro como a un órgano trasplantado?

–Justamente, se lee en Der Eindringling: "Lo más íntimo, ¿qué es?". ¿Cuál sería su propia respuesta a esa pregunta?

–Slavoj Žižek dice que no hay ningún núcleo de personalidad. Este "yo" que se ubica entre lo genéticamente determinado y lo socialmente construido, según Žižek, se parece más a una pantalla, a una interfase. En la novela, la parte más íntima del cuerpo es el corazón y, de hecho, parece que muchos pacientes operados en el tórax sufren luego terribles traumas subconscientes. Para el cuerpo, debe de ser horroroso que se le toque esta parte interior de la existencia. Pero en lo que respecta a nuestra subjetividad, hay que dudar de que exista esta parte interior. Somos una construcción social y biológica que constantemente se deconstruye y reconstruye y, por tanto, no hay sustancia principal de nuestro ser. Somos varios y deberíamos ser felices por eso.

Activismo y ficción

En una actividad del Goethe-Institut y la Feria del Libro de Frankfurt, Zelik dialogará con Maristella Svampa en la Feria del Libro de Buenos Aires. La charla será moderada por Gabriela Massuh. Domingo 28 de abril a las 17.30. Sala Adolfo Bioy Casares.

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