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El ego se juega en Twitter y Facebook

¿A dónde vamos? ¿A quiénes estamos tratando de conquistar?

Miércoles 24 de abril de 2013 • 00:40
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Si hay algo a lo que tememos es a la exclusión. Hoy, las redes sociales son espejo cotidiano de este ataque al impulso vital, al ego, al frenético deseo de "pertenecer" y "ser querido". El amor, la aceptación y el estatus social fueron y siempre serán motivo central de nuestra existencia.

Por estos tiempos virtuales, sumar "contactos" o "seguidores" pareciera regular, cada día más, los niveles de autoestima. Si me retuitean, me dicen "me gusta" o comparten mi mensaje, es sinónimo de valoración. Reconocen mi pensar, mi sentir, mi propuesta. No soy, en definitiva, alguien que "no existe".

"Si me retuitean, me dicen "me gusta" o comparten mi mensaje, es sinónimo de valoración"
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Tal vez, a los abstemios o autoregulados les cueste entender hasta dónde llega la cuestión, hasta dónde puede llegar la obsesión de algunos por relatar su vida minuto a minuto, creyendo que todos sus actos y pareceres son de sumo interés para el otro.

Más allá de que el fenómeno pareciera ser cuestión de unos pocos, no es menor el dato de que los argentinos estamos en los primeros puestos del ranking mundial de seguidores de Facebook y otras redes sociales.

En este escenario, debiéramos considerar que la relación "redes-ego" es una variable fundamental en el estudio de la adicción o dependencia de la tecnología, fenómeno que se ha convertido en un trastorno característico del tercer milenio.

Poco tiempo atrás, e l New York Times publicó una investigación que hacía referencia a los principales motivos que nos llevan a compartir contenidos en las redes sociales.

La "conexión" (ganar contactos), el "evangelismo" (difundir nuestras ideas y creencias), la "empatía" (el entendimiento de los otros), junto con la "autodefinición" (somos lo que compartimos) y el "altruismo" (estar al servicio de los otros), son los motivos centrales de lo que buscamos o pretendemos en cada texto, foto o demás, que hacemos públicos.

"Acaso, ¿a dónde vamos? ¿A quiénes estamos tratando de conquistar?"
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No debemos descartar en este juego vincular, la figura de los "lurkers", los voyeurs que prefieren jugar en silencio. Ellos, pasivos, no pueden dejar de mirar a los otros y los que eligen "mostrarse" saben que, aunque prefieran no dar su valoración u opinión, ellos también los están "siguiendo".

Acaso, ¿a dónde vamos? ¿A quiénes estamos tratando de conquistar?

Antes eran llamados telefónicos, cafés, tertulias, secretos y "chimentos" de boca en boca. También viajaban en "papelitos" de mano en mano o gracias al cartero, que hoy se limita a repartir impuestos o papelería comercial. Teniendo a nuestra disposición una plataforma inmediata y sin límites, todo es mucho más fácil y de "rating" y respuesta garantizados.

Las redes nos han dado la posibilidad de programar nuestro propio canal de tv.

En esta mezcla rara de vidriera, prédica y catarsis, si bien siempre hay detrás una proyección de "estados emocionales", una gran mayoría de nosotros (en la Argentina hay 20 millones de usuarios en Facebook) necesitamos que los otros sepan de nuestra novela, de nuestro noticiario.

"En definitiva, corremos el riesgo de terminar siendo dependientes afectivos"
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Sorprende entender cómo muchos no pueden correrse del lugar de vecinos asomados todo el día en la medianera. He aquí la falta de límites y la pérdida de intimidad. Muchas veces somos nosotros los que nos exponemos al extremo de hacer partícipes a los otros de cada segundo de nuestras vidas. En definitiva, corremos el riesgo de terminar siendo dependientes afectivos.

Estas líneas no pretenden ser una crítica de la libertad de expresión de la que deberíamos gozar por siempre. Lo que se juega de fondo es la invitación a reflexionar acerca del uso y de la responsabilidad social que tenemos todos aquellos que vivimos en-red-dados.

Nunca está demás saber qué estamos buscando, qué necesitamos y qué nos gustaría dar y recibir de los otros.

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