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La encantadora

Compuesto por catorce relatos, Mi vida querida, el nuevo libro de la canadiense Alice Munro, comparte ficción y autobiografía y cuenta episodios desconocidos de su vida

Viernes 19 de abril de 2013
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PARA LA NACION
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Hace unos años, Alice Munro (Ontario, 1931) había afirmado que abandonaría la escritura. Sin embargo, en 2010 publicó el libro de relatos Demasiada felicidad y ahora, en 2013, Mi vida querida . A sus 81 años, la escritora canadiense no puede dejar de hacer lo que siempre hizo, escribir: "Me di cuenta de que ya no sirvo para una vida normal; he escrito tantos años que no sé hacer nada más". Sus lectores saben que construyó una reputación literaria gracias a una productividad inagotable, persistencia y gran fuerza de voluntad. "Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos": así titulaba en 1961 The Vancouver Sun el reportaje que le hizo en los comienzos de su carrera. Ya es anecdótico que escribía en las siestas, cuando sus hijas pequeñas dormían y le liberaban un poco de tiempo. Munro es la escritora canadiense a quien todos comparan con Anton Chéjov y que estableció las bases de un realismo moderno que en su país no había sido, todavía, trabajado. Y para Jonathan Franzen y tantos otros, es quien mejor escribe en América del Norte hoy día.

A diferencia de sus otros libros, Mi vida querida se centra exclusivamente en el pasado. Su prosa ahora es despojada, recurre a las palabras necesarias, justas, a frases breves, a veces sin verbos. El procedimiento constructivo, sin embargo, se conserva, aunque abreviado en el tiempo. Si las narraciones de Munro eran como pequeñas novelas en las que se desplegaba un arco que abarcaba a veces más de una vida, y los episodios se conectaban de manera indirecta pero precisa, ahora se despliegan en un tiempo más acotado y los hechos se suceden para mostrar algo de otro orden, que no está implícito en lo anterior, que no se deduce necesariamente.

Munro plantea sus historias como recortes en la vida de los personajes. Los toma en algún momento particular, donde sucede algo que no siempre es determinante, o es tan determinante como suelen ser algunos hechos: una apendicitis, la separación de los padres, un amorío con un hombre casado. Y a partir de ese momento todo discurre con naturalidad hasta que acontece algo que establece una diferencia. Porque los personajes tienen algo -una actitud, un deseo insatisfecho, una discapacidad física- que los diferencia de su entorno, y en algún momento proceden de un modo inesperado, que termina poniendo en cuestión los mandatos familiares, sociales o religiosos. En medio de la sencillez y monotonía de sus vidas, se rebelan de modos impensados, se vuelven transitoriamente raros o distintos, pero esto no termina de ponerlos en peligro, de excluirlos. Los órdenes suelen restablecerse aunque algo, irremediablemente, haya cambiado. En alguna ocasión, Munro ha escrito que no necesita embellecer a sus personajes: "La vida de la gente es suficientemente interesante si se consigue captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable".

Las historias transcurren en su mayoría en los años cuarenta y cincuenta, con los efectos de la Segunda Guerra Mundial todavía el horizonte. En pueblos rurales de la zona del lago Hurón, en Ontario, el hogar de Munro. Hay, entre sus personajes, una mujer que viaja con su hija a Vancouver y tiene una "peculiaridad" que poca gente conoce -es poeta-, conoce en el tren a un joven actor con quien se acuesta mientras deja a su hija durmiendo sola en el compartimento. Una maestra que llega a un pueblo alejado y frío, para dar clases en un sanatorio de niños con tuberculosis y comienza a tener una relación con el director, el doctor Fox, un hombre que parece haber leído muchos libros y conoce lo que los niños enfermos necesitan. Son tiempos de guerra todavía y de racionamiento, pero en el amor "nada cambia demasiado". Un policía cuya mujer padece una enfermedad incurable que acompaña de regreso a su hogar, todas las noches, a una jovencita que pertenece a una familia religiosa, conservadora, con un padre muy autoritario, y termina escapándose con el hijo del pastor. Hay también una niña que mira impasible, sin saber qué hacer, la fatalidad que le ocurre a la hermana; una mujer renga por poliomielitis que mantiene una relación amorosa con arquitecto casado y son chantajeados por una empleada doméstica; una niña observa cómo el tío debilita la voluntad de su tía, quien a su vez, solo "vive para el marido", un doctor respetado que desprecia a su hermana por ser concertista: "La devoción de cualquier cosa, en el caso de una mujer, podía hacer que pareciera ridícula".

Compuesta por catorce relatos, Mi vida querida comparte ficción y autobiografía. Los últimos cuatro textos que integran la segunda sección, "Finale", no son exactamente cuentos, dice la autora. "Forman una unida distinta, que es autobiográfica de sentimiento aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último -y lo más íntimo- de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida".

En ellos, Munro narra lo que nunca ha contado, con una desoladora belleza. Habla del padre, alguien que puede aliviarla de una angustia insoportable tanto como castigarla con un cinturón de cuero, algo "común en la época". De su madre y su precoz enfermedad, del primer encuentro con la muerte; de los hermanos menores, de una vecina un poco desquiciada que amenaza su seguridad cuando era una bebé.

Como si se revelara algo intenso que sólo encuentra su camino por casualidad en el devenir de la narración, Munro nos lleva de las narices igual que un encantador con su música. Y no nos suelta. Aunque la traducción deje mucho que desear, Mi vida querida es un libro sencillamente cautivante.

Foto: LA NACION
Mi vida queridaAlice Munro LumenTrad.: Eugenia Vázquez Nacarino336 páginas$ 99

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