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Original iniciativa / En primera persona

Preservar los genes para dentro de 200 años, una experiencia única

Sociedad

Cuando probablemente no quede ni una molécula de mí, ésta a la que le duelen los conflictos de su país, a la que no le alcanzan las horas ni los días para disfrutar de una lindísima -y multitudinaria- familia, ni los meses para dar rienda suelta a la curiosidad y al insensato impulso de leerlo todo, de conocerlo todo, en un tubito de plástico permanecerá preservado el plano maestro que contiene las instrucciones para recrearme: una muestra de mi ADN.

La tomó con un diestro pinchazo una técnica del laboratorio del barrio de Belgrano que dirige la doctora Viviana Bernath, especialista en análisis genéticos, como parte del proyecto de la "Cápsula del tiempo", concebido por el periodista Julián Gallo, que guardará para el futuro testimonios de decenas de miles de personas, semillas de los árboles de Buenos Aires, y mi ADN junto con el de otras once personas cuya identidad desconozco y que fuimos elegidos un poco al azar.

La cápsula se guardará durante doscientos años: tendrá instrucciones para que se abra al mediodía del 25 de mayo de 2210.

Confieso que en un primer momento la propuesta me sorprendió. ¿Por qué yo? Después, intenté detectar si ceder mis genes podía representar algún tipo de "peligro" inadvertido: ¿y si hacían "algo" con mis datos? Pero rápidamente pasé del desconcierto a la exaltación: ¿y si los científicos de dentro de dos siglos -¡dos siglos!- ya hubieran desarrollado las técnicas para "reconstruirme" utilizando las instrucciones de "receta" genética?

No es una idea loca. Repasemos, por ejemplo, la escala de tiempo en el que se produjo una pasmosa progresión del conocimiento.

El ácido desoxirribonucleico, que todos conocemos por sus siglas (ADN), almacena en el núcleo de las células las instrucciones para crear y dirigir el funcionamiento del organismo a través de la síntesis de proteínas y el manual para transmitirlas a través de la herencia. Esa información está codificada en secuencias de "nucleótidos" con bases de cuatro tipos (adenina, timina, citosina y guanina) enhebradas como vagones en un tren.

Todo esto, el secreto de la vida, fue descubierto hace 60 años, el 7 de marzo de 1953, en el Instituto Cavendish, de Cambridge, por James Watson y Francis Crick, gracias entre otras cosas al inestimable trabajo de Rosalind Franklin, la cristalógrafa que tomó la foto crucial para develar la estructura del ADN, pero a la que pasaron por alto a la hora de los honores.

Pero a mediados de 2000 ya se anunciaba el primer borrador del genoma humano, el compendio de todos nuestros genes, que se había logrado gracias al trabajo de miles de investigadores durante diez años y a una inversión público-privada de 3000 millones de dólares.

Y hoy, poco más de una década después, ya tenemos disponibles análisis de identidad y paternidad, de riesgo de enfermedades, de diagnóstico de patologías hereditarias... También manipulamos genes que nos permiten transformar a bacterias como fábricas de fármacos o para conferirles a plantas y animales propiedades y características que no les habían sido conferidas por la naturaleza. Ya se crean en el laboratorio esófagos, y riñones que funcionan en animales de experimentación...

Seguramente el epítome de la genética, y el procedimiento que más fantasmas agitó en la imaginación colectiva, es la clonación; es decir, la creación de una copia genéticamente idéntica de un animal adulto. Manos entrenadas pueden realizar esa "alquimia" introduciendo el núcleo de una célula adulta en un óvulo enucleado (sin núcleo). El embrión resultante se implanta en un útero preparado.

¿Podrán clonarme dentro de 200 años a partir no de un núcleo, sino de mi ADN "desnudo", liofilizado dentro de un tubito de plástico?

"Hoy no es posible -dice Bernath-. Pero tal vez en ese momento la ciencia tenga la capacidad de leer la secuencia genómica y construir a partir de ella un ADN sintético con su estructura tridimensional."

Bernath se queda pensando: "Si me preguntás si me gustaría, te contesto que no, que todavía pertenezco a una cultura que no lo admite. Pero creo que las barreras van a ser más éticas que técnicas".

La sola idea de esa posibilidad es tremendamente inquietante. Despertarse un día sin esa parte de mí que son mis padres, mi hermano, mi marido, mis hijos y nietos... Una experiencia que atrae y rechaza al mismo tiempo, como el abismo.

No sería, eso sí, como uno imagina: desmaterializarse en el siglo XXI y aparecer en el XXIII, a la manera de un Capitán Kirk capaz de viajar en el tiempo. Renacería como un bebe. Una balbuceante gemela de mí misma. Muy parecida, pero otra persona, en otras circunstancias. Nuevamente libre. Y, ojalá, en un mundo sin hambre y sin guerras.

Al infinito y más allá

Cómo se guardará el ADN de doce personas hasta el año 2210

 
Foto: LA NACION / Ricardo Pristupluk
 

  • Toma de una muestra de la que extraerán el ADN
    Igual que a otras once personas, ayer al mediodía, en un laboratorio de análisis genéticos le extrajeron a la periodista de LA NACION unos 12 mililitros de sangre de la que luego extraerían el ADN
     
    Foto: LA NACION / Ricardo Pristupluk
     
  • Viviana Bernath
    Bióloga molecular y codirectora de MyGen
    Profesión: es especialista en análisis de determinación de identidad y diagnóstico de enfermedades genéticas
  • De las muestras de sangre obtenidas de doce voluntarios se extrae ADN "de alta calidad" que luego se liofiliza (se le saca el agua por sublimación)
  • Adecuadamente preparado en esas condiciones, el ADN puede guardarse en pequeñas cápsulas de plástico a temperatura ambiente durante cientos de años
  • Las muestras no llevarán el nombre de la persona de la que fueron extraídas, sino que serán identificadas por un número y sólo se agregarán datos de su género y edad
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