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Pensamientos incorrectos

Dios, el infierno, la Policía

Opinión

Frecuentemente, los ciudadanos del mundo actual sienten que todo está perdido. Y lanzan su rosario de lamentaciones: "¡Qué barbaridad! Ya no hay respeto, ya no hay vergüenza, ya no hay responsabilidad! ¡Mocosos de 17 años, borrachos en plena calle a las cuatro de la mañana! Las chicas hablan como carreros. ¡Drogas, asaltantes, violadores, exhibicionistas, piqueteros, trapitos! ¿Este es el mundo que le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos? ¿Un mundo lleno de ladrones y prostitutas? ¿A dónde vamos a ir a parar?".

El ciudadano y su digna esposa, la ciudadana, sienten que hay algo que no cierra en la vida de hoy. Demasiados actos ilegales, o inmorales, o insensatos, a vista y paciencia de todo el mundo.

Pero...¿Qué ha cambiado en los últimos 50 años? ¿Qué es lo que tanto nos sorprende? Estamos en 2013: ¿La vida era, acaso, tan diferente en los años de la posguerra, digamos entre 1945 y 1950?

Veamos. Hagamos memoria:

*Las mujeres han adoptado masivamente la píldora anticonceptiva, u otros métodos. Esto les permitió disipar varios miedos. El miedo al embarazo indeseado, a los dolores y peligros de un parto mal atendido, al repudio de papá y mamá, al abandono del amante prófugo, a la mirada condenatoria de vecinos y parientes. El miedo a estropear una vida. Las chicas disfrutan ahora de una plena libertad sexual. Pueden ser desdichadas en el amor pero, si tienen ganas, serán felices en el sexo. Así, libres y sin temores, han entrado a un nuevo siglo. Pero, simultáneamente, han salido de la Iglesia, o de las iglesias.

Tal vez sean ya muy pocos los que acuden al confesionario, pero este sacramento ha transmitido -aunque sea mínimamente- el hábito del examen de conciencia

*Las chicas y los muchachos de hoy están seguros de que se puede cometer todo tipo de pecados, por la sencilla razón de que Dios no los ve. La gente ya no cree en Dios. Como proclamaba Nietszche, Dios ha muerto. En la conciencia de las personas, un dios juez no existe más. Y tampoco el temor a Dios. Hay malas acciones, claro, esto lo sabemos muy bien: robar, matar, mentir, engañar, estafar, violar. Pero son cosas que a veces ocurren. Y si nadie las ve, quedan impunes.

Antes se decía que un hombre honrado era "temeroso del Señor". Esto es, que reflexionaba antes de actuar, examinando si su conducta podría evaluarse como egoísta, cruel, interesada, despiadada, codiciosa, envidiosa.

*Antiguamente, los creyentes pensaban que el Ojo de Dios lo veía todo. Estaban plenamente convencidos los católicos, los judíos, los islámicos, los protestantes. Allá arriba estaba Él, que todo lo veía. La gente se alejó de las iglesias e incluso vio desenmascarados a muchos curas, pastores, rabinos e imanes, tras haber cometido una variedad de crímenes. De manera que se va desvaneciendo el miedo a Dios. Sobre todo, ya nadie tiene miedo de ir al infierno: ¿Alguien se imagina seriamente un Averno en llamas, donde las almas de los pecadores arden en medio de indecibles tormentos, mientras los diablos les clavan el tridente? Es una imagen de cuento infantil. Nadie teme a esa fantasía de carnaval.

Agreguemos un detalle: más allá de los defectos y fracasos que se puedan achacar a la Iglesia Católica, es un hecho que esta milenaria institución inculcó durante 20 siglos el deber de la confesión. Tal vez sean ya muy pocos los que acuden al confesionario, pero este sacramento ha transmitido -aunque sea mínimamente- el hábito del examen de conciencia. ¿Qué hice, cómo lo hice? ¿He cometido alguna falta? ¿Ofendí, lastimé, robé, molesté? Esto es un rudimento de conciencia moral. Y la Iglesia lo ha conservado para la humanidad.

De cualquier modo, no nos engañemos: al no existir el miedo a Dios, o al Diablo, el examen se realiza sin demasiada preocupación.

Y si por casualidad anda algún agente por la zona, a veces mira para otro lado, para no tener problemas

*Tampoco le tememos a la Policía. Porque, antes, cuando éramos chicos, no sabíamos demasiado de figuras penales o edictos. No pensábamos en las leyes y los Tribunales. Sabíamos, solamente, que existía una persona uniformada e implacable llamada policía. Existía la amenaza de los vecinos y las señoras, importunadas por quien fuera: "¡Voy a llamar a la Policía!". Y el grito: "¡Policía, policía, al ladrón!". Pues bien: la policía se ha evaporado. Hoy día, se puede cometer cualquier desafuero. Desde la ebriedad en la vía pública hasta el robo en banda, desde la violación de una muchacha indefensa hasta un bonito asalto a mano armada, y así continúa la lista, pasando por el tumulto, el escándalo público, el peculado de los funcionarios, la calumnia, las agresiones en patota...la Policía casi nunca aparece. Al grito de socorro, no acude el vigilante de la esquina porque ya no existe. Y si por casualidad anda algún agente por la zona, a veces mira para otro lado, para no tener problemas. El oficial de guardia rechaza las denuncias: "Eso corresponde a otra comisaría, señor..."

El pueblo ha sumado las distintas experiencias en esta materia y, en consecuencia, nadie teme a la Policía. Los que menos le temen son los ladrones: tienen todas las de ganar. Y los propios agentes de la ley son conscientes de que nadie los respeta. Los delincuentes los buscan para matarlos, o para robarles el arma. Ya no se dice, como sanción inevitable de una infracción: ¡Marche Preso! Nadie va preso, incluso dice el refranero popular que sólo los "cuatro de copas" son detenidos.

Hace poco, fuimos testigos horrorizados de un hecho repugnante: cinco desalmados fueron condenados a prisión perpetua por el monstruoso crimen de Matías Berardi, un adolescente de Buenos Aires. Apenas leída la sentencia, los condenados se pusieron de pie y cubrieron de insultos al tribunal y a los denunciantes, es decir, los familiares del chico muerto. ¡Consideraban que la Justicia había destruido sus vidas y desquiciado a sus familias! No sólo no se avergonzaban, sino que protestaban con rabia.

El hombre está solo, en el mundo de hoy, librado al criterio de su conciencia moral

Han desaparecido, entonces, tres grandes miedos: Dios, el infierno y la Policía.

El hombre está solo, en el mundo de hoy, librado al criterio de su conciencia moral, que es como esos arqueros a los que todas las pelotas "se les van adentro". Para nosotros, los que llevamos toda una vida de ateísmo, no es novedad: sólo uno mismo es juez insobornable de sus actos. Pero, para la gran mayoría, que incluso simula adherir a un credo, este "viva la pepa" es cosa de los tiempos modernos.

El nuestro es un mundo mucho más libre que el de nuestros padres y abuelos. Ya no hay castigos corporales en el colegio, ni padres de mano pesada, ni agentes uniformados que arrojan al borracho a un calabozo..."Hasta que se le pase la mona". Nada de eso existe ya. Está muy bien. ¿No?

¿O tal vez, en realidad, no está tan bien? ¿Tal vez era mejor convivir con algunos miedos disuasorios, en lugar de afrontar la ley de la selva?

Dijo el General Perón: "El hombre es bueno, pero cuando lo vigilan... ¡Es mejor!"..

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