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La moral no se pesa

Dispuesto a escuchar a la razón aunque eso lo lleve a revisar sus ideas previas

PARA LA NACION
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Sergio Sinay
Viernes 26 de abril de 2013 • 00:30
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Mientras se habla de justicia "legítima" o "democrática", se pesan billetes. ¿Es legítimo ese pesaje a expensas del erario público? ¿Es democrático que unos (los menos) se enriquezcan mediante negocios oscuros a costas de la pobreza, la salud, la seguridad, la educación de los otros (los más)? Quienes pesan billetes suelen pesar también votos y argumentan que en ese pesaje se agota la democracia. Si sus votos pesan más que los de otros, ellos se consideran "legitimados" para acometer cualquier atropello. Y así como al hablar de legitimarla o democratizarla revelan una notoria ignorancia acerca del espíritu y sustancia de la Justicia, en este caso exhiben un pobre y arbitrario concepto de democracia. Sobre todo porque es una democracia sin República. Una contradicción en los términos, a menos que la democracia termine en una cuestión de pesaje y no de Justicia.

La Justicia es siempre una abstracción (como el poder, la economía, el arte o el amor). Más que su "legitimidad" o su "democratización" importa su contenido moral. Ninguna institución (gobierno, poderes de la República, organizaciones, empresas, etcétera) puede ser moral o inmoral. La moral que no encarna en personas y que no se manifiesta a través de sus acciones, conductas y actitudes, no existe. Apenas si es moralismo. Los agentes morales son seres de carne y hueso.

"La moral que no encarna en personas y que no se manifiesta a través de sus acciones, conductas y actitudes, no existe"
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El filósofo James Rachels (1941-2003), autor de una sustanciosa Introducción a la filosofía moral, define al agente moral como "alguien que se preocupa imparcialmente por los intereses de cada uno de quienes se verán afectados por lo que él hace". Es alguien, dice, dispuesto a escuchar a la razón aunque eso lo lleve a revisar sus ideas previas, y a actuar de acuerdo con lo que la razón le señala como acorde al bien.

Por lo que Rachels explica no hay moral si no encarna en las personas, y no puede haber justicia justa, democracia real, instituciones, gobiernos u organizaciones que sirvan de veras al bien común si quienes actúan en ellas no son agentes morales. Lo mismo puede decirse de una sociedad entera. Tampoco una sociedad es una abstracción, sino un conjunto de personas. Cuantas más de ellas se comporten como agentes morales en sus actos, vínculos y tareas cotidianas, más armónica, justa, equitativa y esperanzadora será la vida en tal sociedad. Producirá un tipo de gobernantes que no pesarán ni billetes ni votos, no hará con esos gobernantes pactos de conveniencia de los que luego tenga que arrepentirse y no deberá salir periódicamente a expresar su hartazgo e indignación en las calles. Tampoco se encontrará discutiendo sobre justicia "legítima" o "democrática" (en este caso términos tan inconsistentes como redundantes). Y tendrá aquello de lo que hoy carece y anhela: jueces y fiscales que actúen ante todo como agentes morales.

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