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Un rediseño de la democracia que también mira a Oriente

La "gobernanza inteligente" postula combinar la perspectiva de largo plazo de China con la soberanía popular y los controles del modelo occidental

Domingo 28 de abril de 2013
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LA NACION
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Si la mayoría de la sociedad norteamericana quiere una ley de control de armas, pero el Congreso de ese país no logra aprobarla, y si las posibles soluciones a la crisis europea se frenan por los cálculos electorales de los líderes en sus propios países, es porque la democracia como la conocemos necesita un rediseño y, aunque suene paradójico, muchas de las lecciones para encararlo pueden venir de... China.

Quienes apoyan esta idea sostienen que los intereses de corto plazo de los ciudadanos al votar se han vuelto incompatibles con la necesaria perspectiva de largo plazo para construir instituciones sólidas y sustentables en el tiempo, y que los lobbies se han instalado entre la gente y el poder político, bloqueando el funcionamiento del gobierno.

"La democracia occidental no tiene capacidad de autocorregirse", sostienen Nicolas Berggruen y Nathan Gardels, y proponen para actualizarla el modelo de "gobernanza inteligente", una suerte de vía intermedia entre Occidente y Oriente, que pueda combinar la perspectiva de largo plazo de las elites meritocráticas, como sucede en China, con la soberanía democrática del pueblo y el sistema de controles y transparencia que caracteriza al diseño de la democracia norteamericana.

Los autores tienen para su propuesta una audiencia calificada y mundial. Berggruen, un empresario multimillonario con nacionalidad norteamericana y alemana, filántropo y coleccionista de arte, fundó y preside un instituto que lleva su nombre, una usina de "pensamiento y acción" dedicada a imaginar e implementar "nuevas ideas sobre gobernanza", inspiradas en Oriente y Occidente. Entre sus actividades, alberga por ejemplo a un grupo de trabajo sobre el futuro de Europa, en el que participan, entre otros, Tony Blair, Mario Monti, Felipe González, Gerard Schröder, Alain Minc, Anthony Giddens y Juan Luis Cebrián.

Berggruen y Gardels -asesor senior en el Instituto, director de New Perspectives Quarterly- estuvieron en la Argentina recientemente para presentar su libro Gobernanza inteligente para el siglo XXI (Taurus), como parte de una gira latinoamericana que los puso en contacto con académicos y políticos de la región.

Aunque su foco está usualmente puesto en los Estados Unidos y Europa, su mirada sobre América latina rescata experiencias como la de Colombia -"tiene una gobernanza razonable, una presencia real de las instituciones gubernamentales en la sociedad civil", apunta Berggruen ante la nacion- y la de México -"el presidente Peña Nieto logró un acuerdo con la oposición para hacer grandes reformas sobre muchos monopolios", dice Gardels-. "América latina está tratando de dilucidar para dónde ir, en un mundo que se ha volcado completamente al Este. Muchos países tienen que enfrentar la tentación de gastar los ingresos excedentes que hoy hay por el boom exportador, en lugar de invertir pensando en el largo plazo y en construir instituciones sólidas", dice Gardels.

Ése es justamente el aspecto que rescatan del sistema chino: la formación de una clase dirigente meritocrática que se dedica a pensar la nación estratégicamente, aunque señalan también sus problemas, como la supresión de la disidencia y la escasez de controles, que han dado lugar a casos de corrupción.

"La democracia valora mucho el presente, pero poco los resultados. El problema institucional de la democracia consumista, como la llamamos, es que pone énfasis en la satisfacción inmediata -sostiene Gardels-. Le preguntaron a Obama qué era lo más difícil de ser presidente, y él dijo: «Lograr que la gente piense en términos de largo plazo». Cualquier sistema que pueda introducir el largo plazo en el presente, y lograr ese balance, será una democracia sostenible."

Poder local, poder estratégico

El acto de votar es, en las democracias, el momento en que esta tensión entre intereses presentes y construcción futura se pone más en evidencia. "La mayoría de los votantes piensa en si un candidato les gusta, no es si es el mejor para administrar el país. Algunas veces el mejor líder no es el más agradable, sino el más capaz -sostiene Berggruen-. Lo que hace una diferencia en la vida de los ciudadanos es la calidad de las instituciones, del gobierno y de la sociedad civil."

En buena medida, sostiene la propuesta de la gobernanza inteligente, la crisis del sistema "una persona-un voto" se explica porque el genuino interés a corto plazo del votante individual no está "mediado por instituciones deliberativas hoy desgastadas". Postulan, entonces, un Poder Ejecutivo encargado de la administración, y un "órgano deliberante fuerte, aislado de la política electoral inmediata", que sería el lugar de las decisiones estratégicas y de largo plazo. Los ciudadanos, a la vez, tendrían más participación en los asuntos locales, en las cuestiones que tienen capacidad de decidir.

"En todo el mundo hay un despertar político, de la plaza Tahrir a los indignados españoles, de gente que quiere intervenir en cómo se gobiernan sus vidas. Lo mejor es devolver el poder al nivel local, construir comunidades responsables que se autogobiernen y mover hacia arriba aquello que no puede decidirse en el nivel local. Esto significa que la gente tenga más intervención en lo que la afecta, y delegar autoridad en cuestiones que no tiene competencia para resolver. Los votantes no tienen que dedicarse a cuestiones estratégicas ni decisiones difíciles; sí deberían dar su consentimiento, pero no es su trabajo pensarlas ni diseñarlas", apunta Gardels.

Berggruen toma el modelo suizo para explicarlo. "Hay ciertas cosas que deben definirse en la cima del poder, como la política monetaria, energética, las cuestiones financieras. Y las cosas que no se pueden federalizar deberían delegarse. El gobierno central suizo es pequeño, pero se dedica a algunas cuestiones clave; los cantones son muy fuertes y muy distintos entre ellos; las municipalidades tienen mucho poder. Cada uno se lleva un tercio del presupuesto."

El modelo podría aplicarse, sostienen, en la Unión Europea, un verdadero "rompecabezas de gobernanza", como dice Berggruen, que enfrenta el desafío de estabilizarse en "una interdependencia sin identidad común". "Europa es como un edificio a medio construir. Tiene 17 naciones con la misma moneda, en una federación que no tiene posibilidad de autofinanciarse ni de controlar la situación fiscal de sus miembros. Para avanzar, los países deberían ceder algo de su soberanía, y hacerlo legítima y democráticamente. Pero es difícil, porque cada líder fue elegido en su país, y no para resignar soberanía."

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