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Estados Unidos y las armas de destrucción masiva

Opinión

Desde mediados del año pasado, el presidente Barack Obama ha venido advirtiendo al régimen alawita sirio presidido por Bashar al-Assad que el uso de armas químicas contra su propio pueblo, en la guerra civil que desde hace dos años azota a su país es, para los Estados Unidos, algo inaceptable.

Más aún, ha dejado en claro que ese uso constituye lo que se ha denominado una "línea roja", transpuesta la cual, el gobierno norteamericano está dispuesto a intervenir directa y militarmente. Una señal entonces que por su enorme entidad y posibles consecuencias no puede pasar desapercibida. Ni tampoco quedar flotando. Porque está en juego la credibilidad de quien la emite.

Siria posee un importante arsenal de armas químicas suministradas por Rusia, país que conoce mejor que nadie el inventario en manos de los sirios y la ubicación de distintos depósitos en los que las armas químicas sirias se encuentran.

Denuncias corroboradas

En las últimas semanas, a partir de las denuncias de los insurgentes y de información suministrada por la inteligencia de Israel, que acaba de ser confirmada por los servicios norteamericanos, parecería haber evidencia concreta que el régimen de los Assad ha utilizado -aunque limitadamente- su "gas sarin" contra los rebeldes. Lo habría hecho, sin embargo, en pequeños volúmenes y en episodios aislados, en torno a las ciudades de Alepo y Damasco. Aparentemente, a la manera de una suerte de ensayo, para observar qué tipo de consecuencias puede generar. Un uso gravísimo, pero quizás algo menos feroz que el de Saddam Hussein contra los kurdos, en 1988.

Los usos limitados del "gas sarin" son inocultables, desde que deja rastros tanto en la superficie de la tierra como en la piel de sus víctimas.

Pese a que la advertencia al régimen de los Assad fue clara y a la evidencia de la que ya dispone, Barack Obama no se apresura en reaccionar. Ni sugiere cómo, ni cuándo lo hará. Está actuando con prudencia. Y con sangre fría. Teniendo seguramente en cuenta otra grave "línea roja", la que fuera trazada respecto de Irán, al definir con claridad que si este país desarrolla armas nucleares, ello sería inaceptable para los Estados Unidos.

Las opciones

Las opciones militares que existen respecto de Siria luego de su prohibida recurrencia a las armas químicas deberían presumiblemente procurar evitar que los Estados Unidos tenga que quedar directamente involucrado con sus tropas en Siria, cuando todavía está fresco el altísimo costo, económico, social y político, que el país del norte ha tenido que pagar por su intervención en Irak, en 2003. Para controlar los inventarios sirios de armas químicas y asegurarse de que no caigan en manos de Hezbollah o de otras organizaciones violentas, haría falta desplegar una fuerza del orden de los 75.000 hombres. Hacerlo sería además complejo cuando el fundamentalismo terrorista actúa entremezclado con los rebeldes sirios, aprovechando la dispersión de fuerzas dentro de la oposición sunnita a los Assad.

Hay ciertamente algunas opciones disponibles distintas de la intervención militar norteamericana en el terreno, que parecería ser impensable. Como la de declarar (a la manera de lo que se hizo oportunamente en Kosovo y en Libia) una zona de "prohibición de vuelos". En este caso sobre el territorio sirio, medida que eliminaría -de un plumazo- una de las ventajas militares más importantes de las que aún goza el régimen de la familia Assad. Ello probablemente desequilibraría la ecuación bélica en favor de los insurgentes. O la de realizar algunos bombardeos estratégicos sobre blancos puntuales, como los aeropuertos y las bases aéreas de las fuerzas "alawitas", recordando sin embargo que la opción de bombardear los depósitos de las armas químicas simplemente no existe como tal, por los enormes peligros de implosión que ella supone. Ambas supondrían la intervención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Hasta hoy, Rusia y China la han neutralizado. En tercer lugar está la alternativa de suministrar armas ofensivas más importantes a los contingentes rebeldes. Y puede quizás haber otras.

En todos los casos, es previsible que los Estados Unidos procuren el concurso de la Liga Árabe o del Consejo de Cooperación del Golfo o de la misma OTAN, así como el visto bueno de las Naciones Unidas (que está lejos de estar asegurado), para no actuar en soledad.

No obstante, actuar con toda la prudencia posible en Siria, permitiría a los Estados Unidos ser bastante más intransigente con Irán, cuando -de pronto- llegue esa hora. Después de todo, Rusia y China comparten la preocupación norteamericana respecto de Irán. Y no la acompañan, para nada, en Siria.

Cabe preguntarse si no hacer nada en Siria es realmente una opción. Probablemente, no. Porque el régimen de los Assad, ante el inmovilismo norteamericano seguramente aumentaría el uso de sus armas químicas para inclinar a su favor el resultado de una guerra civil de duración y final inciertos. Y porque Irán, íntimamente vinculado a los Assad, podría sacar conclusiones erróneas y envalentonarse al sumar ese inmovilismo respecto de Siria a la percepción de que -durante dos décadas- tres presidentes norteamericanos han declarado "inaceptable" que Corea del Norte sea potencia nuclear, lo que no ha impedido que, paso a paso, el país ermitaño haya alcanzado esa categoría y concluir entonces que debe acelerar su camino hacia alcanzar esa misma categoría.

Los próximos pasos

Por el momento al menos, Irán se ha limitado a enriquecer uranio al 20%. Esto es, por debajo del nivel necesario para los usos militares, recordando -no obstante- que enriquecer ese inventario a los niveles requeridos para usos militares no es sino una tarea relativamente sencilla, que duraría apenas semanas.

Aun antes de decidir que actitud adoptar con Siria, Barack Obama está presionando a las Naciones Unidas a corroborar que el "gas sarin" ha sido utilizado. Para ello se acaba de convocar al jefe del equipo de inspectores de la organización, el sueco Ake Sellstrom, a Nueva York. Ocurre que no se quieren cometer errores similares a los cometidos cuando se interviniera militarmente en Irak.

La prudencia es siempre buena consejera en los casos en los que la paz y seguridad internacionales están en juego. De allí que presumiblemente no haya que esperar acciones dramáticas inmediatas por parte de los Estados Unidos, respecto de Siria. Pero la alternativa de no hacer nada es riesgosa porque cuando se realizan este tipo de advertencias frente a cuestiones de altísima peligrosidad, queda en juego la credibilidad de quien las formula. Pero, más aún, porque detrás de Siria aparece la peligrosa sombra de un Irán nuclear..

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