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La estafa de Santa Cruz

Opinión

Por   | Para LA NACION

 
 

No es una idea nueva: Santa Cruz es el espejo del modelo kirchnerista. De sus logros y frustraciones, de sus pulsiones de progreso y de sus peores miserias. De allí provienen los principales funcionarios del gobierno nacional, allí se educaron políticamente, iniciaron sus trayectorias hace décadas, entre el anonimato y la oscuridad. Acaso Santa Cruz encierre la clave para comprender una dominación política casi absoluta, que se extiende por más de 20 años a nivel local y lleva una década gobernando el país.

Recorrer en estos días las calles de Río Gallegos y Caleta Olivia, las principales ciudades de la provincia, es una experiencia opresiva, desoladora. Los servicios públicos funcionan mal o no funcionan; las oportunidades de trabajo han disminuido sensiblemente en los últimos tiempos; el ánimo de la población decayó; la inflación hace estragos en una economía basada en el empleo estatal, cuyos sueldos están congelados desde hace dos años. Rige una sensación de fatalidad ante la decadencia social y económica. Cada uno se aferra a lo que tiene, procurando no desmoronarse aún más en la escala económica. El enfrentamiento entre la provincia y la Nación agrava las cosas y se expresa en extendidos conflictos entre el gobierno local y las intendencias de las principales ciudades, alineadas con el poder central.

Gran parte de la ciudad de Caleta Olivia, la segunda de la provincia, se quedó sin agua hace pocas semanas. La población tuvo que soportar casi veinte días acarreando líquido de donde pudo para atender las necesidades elementales. Antes, paradójicamente, ocurrieron inundaciones. En Río Gallegos no hubo recolección de residuos durante un mes por una huelga municipal. La gente levantaba los desperdicios y los llevaba a volquetes o los depositaba en lugares abiertos, lejos de las viviendas. En Santa Cruz pocos confían en la salud pública y la salud privada tiene baja complejidad. Existen médicos y hospitales, pero no garantizan un diagnóstico acertado de las enfermedades. Comodoro Rivadavia o directamente Buenos Aires son el destino de los que tienen enfermedades, aun menores. El cuadro se completa con largas huelgas docentes, violencia de género, discriminación social, suicidios juveniles, drogadicción e incremento del delito.

Sin embargo, el nordeste petrolero de la provincia sigue atrayendo inmigrantes del Norte y de países limítrofes. Se pagan buenos sueldos con baja calificación profesional, lo que contrasta con lo que ofrecen otras zonas de la Argentina. Hay menos trabajo, pero la gente sigue llegando. Las ciudades acogen desordenadamente nuevos contingentes que se apiñan en barriadas en permanente expansión. Los servicios no alcanzan y la calidad de vida se resiente. Pero parece no importar. La impresión es que en Santa Cruz el principio ordenador es el dinero, no el bienestar social.

Recorro la provincia durante los días en que las denuncias de corrupción centradas en Lázaro Báez conmueven al país. "Nosotros ya lo sabíamos", contestan los santacruceños de cualquier condición ante la pregunta de cómo recibieron la noticia. Lo dicen sin inmutarse, insensibles ante una atrocidad que han naturalizado de un modo que resulta inconcebible al observador. A medida que desciende el nivel educativo, se descubre una acentuada ambivalencia ante la corrupción: el "roban pero hacen" sigue siendo una explicación plausible para tolerar el enriquecimiento ilegítimo. La gente sabe y acepta cómo se hacen los negocios sucios: asociándose con el Estado, percibiendo y dando coimas, siendo amigo del poder. Refrenda esta idea un profesional que, refiriéndose a los ilícitos, me confiesa irónico: "En Santa Cruz para tener éxito hay que ser oficialista". En la provincia de los Kirchner, el Estado no es benefactor, es corruptor, y la mayoría, consciente o inconscientemente, aspira a sacar una tajada de él.

Acaso el miedo a cambiar, el trauma de las crisis en las que se perdió todo y el descrédito de la política puedan ofrecer una explicación. Néstor Kirchner llegó al gobierno provincial después de la crisis de fines de la década del 80 y a la presidencia, después de la del 90. Condujo con mano férrea y ganó ascendiente entre la gente. Restituyó condiciones económicas básicas cuando importaba más comer que cumplir la ley. El dinero transgresor y la impunidad fueron su leitmotiv . De allí los Lázaro Báez. Kirchner devino de este modo en un protector espurio de los suyos y en un enemigo despiadado de los que se pusieran en su camino. Alguien me lo dijo en una tarde polvorienta de Río Gallegos: "Néstor era como el Padrino".

Dejé la provincia con la certeza de una gran estafa. Pero también con la impresión de un fin de ciclo, porque los abusos superaron largamente las ventajas. Y el pueblo lo sufre todos los días. Tal vez Santa Cruz, en su ahogada desesperación, anticipe la decadencia irrevocable del modelo.

© LA NACION.

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