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La Argentina como una "paradoja"

Opinión

El diccionario define la palabra paradoja diciendo que es una "idea extraña, opuesta a la común opinión y al sentir de las personas". ¿Cuán "extraña" es la Argentina para el sentir general de los latinoamericanos? ¿No es "paradójica", incluso, para los propios argentinos? Hay toda una literatura consagrada a las sorpresas, a las desilusiones que generó nuestro país entre quienes lo observaban, a veces con afecto y con admiración. Tomemos como muestra este pasaje atribuido a Mario Vargas Llosa y titulado Sí, lloro por ti, Argentina : "Argentina, un país que era democrático cuando tres cuartas partes de Europa no lo eran, un país que era uno de los más prósperos de la Tierra cuando América latina era un continente de hambrientos, de atrasados. El primer país del mundo que acabó con el analfabetismo no fue Estados Unidos, no fue Francia, fue la Argentina, con un sistema educativo que era un ejemplo para todo el mundo. Ese país que era un país de vanguardia, ¿cómo puede ser que sea el país empobrecido, caótico, subdesarrollado, que es hoy? ¿Qué pasó?"

¿Qué nos pasó? Cumpliendo a la perfección nuestro papel de país paradójico, pareciera que nos hemos empeñado en desmentir todos los pronósticos que se hicieran sobre nuestro futuro, fueran ellos eufóricos o sombríos. A partir de 1810, por ejemplo, se disipó en un santiamén la ilusión independentista para ser reemplazada por una cruel guerra civil que duraría cuatro décadas de anarquía hasta que estalló una nueva sorpresa porque, desunidos y maltrechos como estábamos, ya casi desahuciados, los argentinos daríamos a luz a partir de los años 1852 y siguientes, con el Acuerdo de San Nicolás, la Constitución de 1853 y la llamada Generación del Ochenta , a un formidable período de expansión que duró hasta 1930, colocándonos entre las diez naciones más prósperas del mundo con presidentes de la talla de Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Pellegrini y Roca, ninguno de los cuales, dicho sea de paso, buscó la reelección inmediata porque, pese a ser todos ellos excepcionales, ninguno se creyó excepcional.

Hacia los años veinte del siglo pasado, la Argentina ya se encontraba en la vanguardia del mundo. Había dado la gran sorpresa a los que habían dejado de creer en ella. ¿Estaba, al fin, encaminada? Pero a partir del golpe militar de 1930, cuando descarrilaron sus instituciones, otra vez vino una gran sorpresa, la de un país que se empantanó en lo que los expertos llaman atimia, esto es, en la pérdida persistente de posiciones en el concierto de las naciones. La "atimia" argentina ha durado un período igual que el apogeo anterior -80 años- hasta hoy. Hubo, en el transcurso de este último período, toda clase de regímenes políticos: conservadores, radicales, militares, peronistas y kirchneristas pero la "atimia" se prolongó bajo todos ellos porque, a la inversa del Acuerdo de San Nicolás, todos los regímenes "atímicos" de 1930 en adelante cometieron el mismo error, ya que ninguno de ellos convocó a los argentinos a un acuerdo universal y todos procuraron "cortarse solos", lo que determinó que, algunos años después de comenzar su breve apogeo, hubiera en verdad un acuerdo universal, pero esta vez "en contra" de ellos, para desplazarlos.

A partir de estas constantes, ¿es posible, ahora, intentar un pronóstico sobre lo que vendrá? La historia argentina se divide en tres partes. Antes del Acuerdo de San Nicolás, estuvimos divididos. Nos fue mal. Desde San Nicolás hasta 1930, estuvimos unidos. Nos fue bien. Del 30 hasta hoy, volvimos a dividirnos. Nos volvió a ir mal. La conclusión es obvia. Si queremos que nos vuelva a ir bien, tendremos que unirnos en un nuevo Acuerdo de San Nicolás, cualquiera sea el nombre que le pongamos. Son dos breves capítulos los que, hoy, nos faltan. El primero, presentir la posibilidad es ese nuevo acuerdo. El segundo, diseñarlo .

El "presentimiento" de que quizá los argentinos nos estemos encaminando hacia un nuevo clima de coincidencias que preanuncie un nuevo apogeo proviene de dos fuentes. Una de ellas es la sospecha de que el tiempo agresivo del kirchnerismo, esto es, de la última y más aguda de nuestras intolerancias, se está agotando. La otra resulta de la aparición desordenadamente venturosa de una serie de signos inexplicables de un futuro mejor . El primero de ellos es la exaltación de Francisco, el papa argentino. Un papa que vivió por años en el centro mismo de Buenos Aíres, sin que, casi, lo hubiéramos notado. ¿No nos dice nada, acaso, que a uno de los países más aquejados de "atimia", precisamente el nuestro, le haya estallado una sorpresa de largo alcance como ésta?

La historia no traza una trayectoria "lineal", sino que es más bien una "línea quebrada", hecha de tramos sorpresivos y, a veces, enigmáticos. A los países que hemos llamado "paradójicos" estas alteraciones los sorprenden más que a los otros. Después de atravesar un largo período de "atimia" durante el cual nos fue mal, hoy los argentinos empezamos a ver en el horizonte diversos signos de otra naturaleza. Ya hemos mencionado el primer signo de un papa argentino. Agreguémosle otro signo: el carisma de Máxima, la encantadora reina argentina. Sumémosle otro carisma, el de Lionel Messi, un joven que al revés que su antecesor en el Olimpo futbolístico, no presume ni "se la cree". Todas estas señales, ¿son puramente casuales o apuntan a un posible resurgir del optimismo argentino, a darle fundamento a la creencia de que, pese a la "atimia", nos quedó algo valioso?

Si les agregamos el hecho económicamente comprobable de que también parece haberse agotado otro signo del pesimismo que acompañó a los brillantes estudios de Raúl Prebisch en dirección del "deterioro de los términos del intercambio" en perjuicio del campo argentino, que hoy vive la sorpresa de una demanda creciente de alimentos de parte de países otrora pobres como China y la India, ¿hay que forzar demasiado las cosas para no entrever en el horizonte que el viento de los tiempos se ha puesto a girar, de nuevo, en dirección nuestra?

Quizá la tendencia dominante de las generaciones precedentes fue, en resumidas cuentas, común: la aspiración de derrotar a un enemigo en el cual creíamos entrever todas las maldades. El peronismo tuvo por enemigo común al antiperonismo, y viceversa. Algo comparable ocurrió con los radicales y los conservadores, y con las diversas facciones militares. Si ensayamos en cambio un corte horizontal de los hombres y mujeres que hoy tienen menos de cuarenta años, ¿qué facciones encontraremos en su seno? ¿O nos encontraremos a lo mejor con cohortes más parejas, en el interior de las cuales el odio ya no hace su agosto?

El principal capital de los seres humanos es la acumulación de sus errores. El acierto, rara vez enseña; muchas veces, al contrario, nos vuelve fatuos. El que verdaderamente enseña es el error, a condición de que lo reconozcamos. El hombre es un animal errante que aprende, más que nada, de sus errores. Esta es otra razón para fundar el optimismo de los argentinos porque, seres paradójicos como somos, también es verdad que nuestra historia es una fuente inagotable de la sabiduría que resulta de la suma incesante de los errores. El sabio Nicolás de Cusa alababa "las ocasiones de la sabiduría", que son dos: cometer el error y, después, reconocerlo. La suma de errores que los argentinos hemos cometido en nuestra vida política es tan alta que al reconocerlos nos hallaríamos, en definitiva, al borde de la sabiduría. Esta es la herencia más valiosa que dejará esta generación a la siguiente, para que pueda recoger los frutos tardíos pero generosos del aprendizaje..

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