Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
 
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Editorial I

El modelo de desocupación laboral

Opinión

A pesar de los dichos triunfalistas del Gobierno, las políticas que aplica van en dirección contraria a que el trabajo vuelva a ser el gran organizador social

 
 

En el Día del Trabajador, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reafirmó su compromiso de "seguir batallando por un mundo diferente" en el que el trabajo "vuelva a ser el gran organizador social". Sin embargo, los gravísimos desajustes provocados en la economía argentina causan efectos exactamente inversos a ese objetivo.

Los salarios, impuestos al trabajo y costos asociados -como la altísima litigiosidad-, han llegado a niveles históricamente muy elevados que las empresas no pueden absorber. Por un lado, quienes elaboran productos de consumo masivo se enfrentan con controles de precios que ignoran la presión de esos costos, pues sólo consideran al Indec. Por otro lado, quienes exportan productos que no provengan de cultivos de la pampa húmeda (agroindustrias regionales) están al borde de la bancarrota, pues son empresas intensivas en mano de obra.

Para la actividad privada, el inmenso empleo público es como un "ejército de sombras" que debe mantenerse además de los empleos directos que figuran en sus nóminas.

Según datos de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), el sector público emplea a más de 3,3 millones de trabajadores. Tuvo un crecimiento del 46 por ciento en nueve años y representa el 21% del empleo total de los ocupados. Es decir, uno de cada cinco ocupados en la Argentina trabaja para el Estado. Y todos son mantenidos por los otros cuatro.

Actualmente, las provincias y municipios no tienen fondos para invertir en obras: sólo pagan salarios, jubilaciones y pensiones.

Para impedir que la inflación desbordada se vuelque directamente a los precios, el Gobierno intenta "anclar" la economía a través de la fijación de un tipo de cambio artificial, acompañado por cepos de todo tipo y tamaño, para tratar de mantener a raya el precio de los alimentos y asegurar que los insumos continúen siendo baratos para los industriales.

Además de crear incentivos perversos para la sobrefacturación de importaciones y la subfacturación de exportaciones, el "atraso cambiario" provoca un fenomenal aumento de costos medidos en dólares.

Ese atraso cambiario ha potenciado el poder adquisitivo de la población y, en ausencia de mecanismos de ahorro que protejan de la inflación, en los años recientes, ha provocado una explosión de gasto en bienes durables, como automóviles y electrodomésticos. Estos productos comprados en cuotas han endeudado fuertemente a las familias, pues sus precios son más caros que en países con proteccionismo moderado, y las tarjetas de crédito también han financiado las compras con costos elevados.

En el caso de los automóviles, la notable expansión del parque automotor suscita dudas respecto de la sustentabilidad de este nuevo factor de gasto que han incorporado las familias argentinas, incluidos el combustible, los repuestos, seguros, servicios, peajes y estacionamientos.

Esa situación ha hecho ascender el piso de los gastos familiares y está presente al hacer el cálculo de todos los reclamos salariales. Simétricamente (y ésta es la paradoja) cuando las grandes empresas contemplan los estacionamientos de su personal, repletos de automóviles nuevos, se plantean una terrible disyuntiva, pues la "pinza" de costos y precios los fuerza a tener que pensar en inversiones para reemplazar mano de obra por equipos de automoción productiva, con el sólo propósito de reducir el costo laboral.

Esas inversiones, que no son para expandir la capacidad productiva, se encuentran además alentadas por un tipo de cambio artificialmente bajo, que les permite utilizar sus pesos para la importación de equipos al tipo de cambio oficial. El Gobierno subsidia el reemplazo de operarios por robots.

Todo modelo de inclusión social, con pleno empleo, altos salarios y elevado gasto público, debe apoyarse en fuertes inversiones de capital y tecnología en el sector privado y en el esfuerzo educativo a nivel del Estado. A esto se le llama aumento de productividad.

Dicho de otra forma: el único aliado para hacer sustentable un modelo en el que el trabajo "vuelva a ser el gran organizador social" es el capital, el denostado factor de producción que depende de la confianza, de la inserción en el mundo y de la seguridad jurídica. La Argentina no es un país de "mano de obra esclava" con bajos salarios y una moneda devaluada. La fortaleza de las organizaciones sindicales y la cultura de los argentinos no permiten que esa situación que vivimos en 2002 pueda sostenerse en el tiempo.

Es absolutamente inconsistente e imposible de sostener un modelo de empleo que desconozca esa verdad de Perogrullo. No hay otra alternativa posible que tomarse en serio la cuestión de la productividad y alentar las inversiones en forma consistente.

La dignidad del trabajo no puede estar sujeta a los vaivenes del precio de la soja ni a veleidades cambiarias.

El trabajo digno debe estar sostenido por un flujo constante de inversiones que permita a las familias proyectar su futuro, encontrar empleo para sus hijos y conciliar el sueño sin el temor de que un ajuste cambiario, llámese desdoblamiento o devaluación, les haga caer sus ingresos en forma abrupta como ha ocurrido tantas veces en la Argentina..

TEMAS DE HOYCristina KirchnerInseguridadElecciones 2015Frente Amplio UNEN