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Efectos emocionales frente a un dólar imparable

Opinión

El impacto de ciertas medidas provocan que tomemos contacto con nuestras fuentes de miedo

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Hace un año atrás, cuando el dólar cotizaba 4 pesos y dejaba de ser exclusivamente verde, publicamos la columna "Fiebre por el dólar: ansiolítico para todos".

Por entonces, dábamos cuenta de la ansiedad e incertidumbre que despertaba esta especie de trastorno múltiple de personalidad que padecía la moneda referente del ahorro en la Argentina.

Según la coloración, según el ámbito de circulación, los límites eran caprichosos y el silencio, así como el doble discurso de las voces oficiales, nos paranoiqueaban.

No se puedan comprar dólares, no se puede viajar fácilmente, los precios se congelan y descongelan como quien deja abierta la heladera

Hoy, un año después, con un dólar cercano a los 10 pesos , la sensación de incertidumbre persiste y se agudiza frente a otras alertas: por un lado, la sensación de ahogo y enojo frente a la falta de libertad de acción y decisión y, por otro, el fantasma de la maldita resignación, en caso de que nada cambie o no haya alternativa.

Que alguien decida qué debo o qué puedo (y, sobre todo, qué no puedo) hacer con mi dinero, despierta emociones negativas, una suerte de resignificación, con las diferencias obvias, de un 2001 por demás traumático. Es muy delicado hablar de corralito o cepo , tampoco es saludable sumar más angustias o estrés posterior al trauma, pero el impacto emocional de ciertas medidas provocan, inevitablemente, que los argentinos tomemos contacto con nuestras fuentes de miedo.

¿Cuán cierta es la sensación de que los argentinos nos terminamos acostumbrando a todo?

No se puedan comprar dólares, no se puede viajar fácilmente, los precios se congelan y descongelan como quien deja abierta la heladera...

Todo esto se traduce en: incertidumbre al no saber y que nadie explique, miedo ante la falta de libertad y el capricho sin límite ni razón, bronca ante la imposición de medidas arbitrarias.

En la instancia de la "incertidumbre", nos apremia el deseo de saber qué pasa, conocer el diagnóstico, tratar de entender las causas y hacer todo lo posible por detener el "mal". Frente al desconcierto, más allá de la ansiedad, siempre está la posibilidad de que todo sea un mal pasajero.

Cuando no hay señales de que alguien nos diga hacia dónde estamos yendo y, lo que sería mejor aún, que nos den al menos una pista de cómo salir de acá, aparece el estigma argentino de la "resignación", donde pareciera ser que, echados a la suerte de vaya a saber qué o quién, ya estamos condenados a la enfermedad. Sin ánimo de fatalismo sino, por el contrario, en busca de romper con el mandato: ¿cuán cierta es la sensación de que los argentinos nos terminamos acostumbrando a todo?.

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