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Pensamientos Incorrectos

El corralito

Opinión

Hace rato que la hija del señor González, apodada "la Nena", ya no es una nena. En realidad, se trata hoy de una mujer hecha y derecha, con 34 años, su marido, su casa y sus dos hijos. Brian, de tres años, y Nahuel, de 9 meses.

Algunas tardes, cuando González sale temprano de la oficina, pasa por la casa de su hija. No es cosa fácil, porque a las siete u ocho de la noche el centro de Buenos Aires está atascado por espacio de 50 kilómetros. Hay que buscar estacionamiento, vencer el tedio, salir del aturdimiento, buscar la maldita puerta del departamento y, finalmente, llegar. Todo padre tiene ganas de ver en qué se ha convertido aquella dulce rubia de rulitos, la hijita regalona, al cabo de tres décadas.

González tiene llave del departamento de su hija (hay que tomar esta precaución por si acaso ocurre algún secuestro, asalto con toma de rehenes, tiroteo entre narcos o cualquier otra contingencia de la vida en una gran ciudad) de manera que entra en el departamento y llama, de viva voz.

- ¡Nena! ¡Nena! ¿Estás en casa?

Desde el fondo de la casa a oscuras llega un suspiro doliente. González se asusta y corre, sobresaltado, por el pasillo entre los dormitorios.

-¡Nena, nena! ¿Pasa algo?

Entra a la habitación principal y enciende la luz. Nada.

- ¡Nena! ¿Dónde estás?

Se escucha otro murmullo confuso desde la habitación de los chicos. González, imaginando lo peor, abre de un portazo y prende la luz.

- ¡Nena!

La mirada de la Nena, con los párpados bajos, decía algo así como: "No seas antiguo, ridículo, patético, fantasioso, romántico

Allí está la muchachita. Lleva puesta una sola zapatilla, tipo pantufla. El vestido desordenado, los ojos abiertos, y un bebito de 9 meses aferrado por el tobillo. Es Nahuel, que se ha abrazado a una manta tejida y, con un pulgar en la boca, duerme plácidamente. El otro hijo (Brian) está en su camita, de cara a la pared, también respirando profundo.

- ¡Nena! ¿Qué pasó?

- Ahhh... Hola papi. Nada, me quedé dormida. Estuve toda la tarde persiguiendo a Nahuel. ¡Está terrible! Mete los dedos en el enchufe, pinta las paredes, pellizca al gato, come los fósforos, chupa los celulares...¡Tremendo! Yo lo corro y lo corro por todas partes, y él se ríe. No puedo más. Al final lo agarré de una pata y se quedó llorando y berreando, porque estaba con una rabieta. Se conoce que los dos nos quedamos dormidos. Y Brian también, se entretuvo horas y horas con su ipad...hasta que empezó a roncar.

- Bueno, hija. Yo te ayudo, ponete de pie...¡Mirá como estás! Parece que te hubiera pasado un tren por encima.

- Ahhhh...Cuidado pa...¡Por amor de Dios te lo ruego, que no se despierte Nahuel!

- Está dormido profundo. Dejalo en el piso. ¿Y tu otra zapatilla? ¿Y tu marido?

- Papi, son dos preguntas distintas. La otra zapatilla debe andar por ahí. Mi marido...también debe andar por ahí.

- ¡Pero hijita! Son casi las ocho de la noche.

- A veces él trabaja hasta las diez o las once. Pero ya debe estar por llegar. De todos modos, siempre encuentra a los chicos dormidos.

- Sí, mi amor, pero vos estás despierta, y eso es lo importante.¡El momento en que marido y mujer se reencuentran, después de una jornada de trabajo, cada uno en lo suyo, y se miran a los ojos y se sientan a comer juntos, o a tomar un vaso de vino, y vuelven a ser una pareja de novios!

- Ay, pa.

La mirada de la Nena, con los párpados bajos, decía algo así como: "No seas antiguo, ridículo, patético, fantasioso, romántico...". Y otras cosas.

- Vamos al comedor de diario, Nena- dice González. ¿Querés que te prepare una taza de té?

- No, papi, vos venís de trabajar todo el día. Te doy una diet y te vas a tu casa...¿Dale?

- Pero hija querida. Acá hay algo que no marcha. O tu matrimonio, o tu familia, o tu organización. Date cuenta: te encuentro hecha un estropicio. Una pantufla perdida, el vestido en andrajos, dormida en el piso como una mendiga, totalmente extenuada...¿Qué pasa?

- ¡Oh, pasa que el pobre Nahuel está dormido en el piso! ¡Tengo que cambiarlo y meterlo en su cunita!

- No, hija, dejalo. Está bien. Todo ser humano de nueve meses duerme perfectamente en el piso. No le va a pasar nada. Aprovechemos este momento. Tenemos cinco minutos. ¿Cuál es el problema?

- No hay ningún problema, pa. Tengo dos hijos. Uno de tres años, que todavía no va al jardincito. Y uno de nueve meses, que toca todo y no se queda quieto. ¡Estoy fusilada!

- Entiendo, querida. Ahora: ¿No has pensado en comprar un corralito?

- ¿Qué decís, pa?- y ahora la Nena se yergue, convertida en una Juana de Arco - ¿Un qué?

El señor González comprende que ha llegado el marido de la Nena. Siente que sobra. Que sus aburridos consejos del Pleistoceno están de más

- Un corralito, mi amor. Un cuadrado de rejas de madera, de dos metros de lado, dentro del cual el bebé aprenda a caminar. Ahí adentro puede gatear, jugar con sus ositos, muñecos y chiches de madera. Tomándose de los barrotes aprende a ponerse de pie. Poco a poco, va ejercitando los músculos de la pierna y la espalda. Mientras tanto, vos podés barrer, cocinar, limpiar, y de vez en cuando mirar un ratito la televisión. Si no, te pasás el día persiguiendo a un bebé, por toda la casa. Terminás exhausta, como hoy.

- Un momento, papi. ¿Vos estás hablando de fabricar una jaula para nuestro hijito, donde estará preso como un delincuente?

- Bueno, no es para tanto. Así te criamos a vos.

- ¡Callate! ¡No me hagas pensar en esos tiempos horrorosos!

- Querida: los padres son libres, las madres son libres, los niños son libres...¡Todos son libres! Pero no es normal que una pobre chica de 34 años, como vos, se quede desmayada en el piso, agarrada a la pata de su hijo de 9 meses, en medio de un caos...¡Todo porque no se permiten utilizar un corralito!

La joven madre se pone de pie, indignada, y va hacia el living para recoger a su bebé dormido. En ese momento suena el timbre del interno. El señor González comprende que ha llegado el marido de la Nena. Siente que sobra. Que sus aburridos consejos del Pleistoceno están de más. Se levanta, suspira, tantea en el bolsillo las llaves del auto y saluda.

- ¡Chau, Nena, mañana hablamos!

La hija no responde: está demasiado ocupada, o enojada.

González abre la puerta y llama al ascensor. Con la esperanza de no tropezar con su yerno (al que odia) opta por la escalera y baja parsimoniosamente. Las coyunturas duelen..

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