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La odisea de vivir durante días en la terminal de Retiro

Buenos Aires

LA NACION recorrió sus pasillos; varados por el paro de colectivos de larga distancia, que finalmente se levantó anoche, varias decenas de personas, entre ellos bebes, dormían en el suelo

Por   | LA NACION

Santino, un bebe de dos meses, había logrado dormirse en brazos de su madre. Rocío del Cielo Herrera contaba que desde el viernes a la madrugada que había llegado con su familia desde General Las Heras, provincia de Buenos Aires, estaba en el hall de Retiro esperando el colectivo que los iba a llevar a Paraná, a donde debían viajar por trabajo. "Con Santino nos arreglamos con cartones que le pongo abajo y camperas y así lo hago dormir", decía Rocío y agregaba: "Si te fijabas tenía ojeras". Ella también las tenía: contaba que no había pegado un ojo en toda la noche porque había personas que daban vueltas esperando robar algo. "No quiero que le pase nada a él", decía. Trataba de respetar sus horarios de comida, pero en los bares le cobraban tres pesos la mamadera con leche. "Ya no tenemos más plata. No sabemos cómo pedirlo ya: queremos irnos".

Como la mamá de Santino, varias decenas de personas estuvieron varadas en la terminal de Retiro a causa del paro de transportes de larga distancia -que finalmente se levantó anoche-. La bronca y la impotencia fueron los sentimientos que prevalecían en la espera. Durante varios días no pudieron ducharse, apenas si disponían de los baños públicos para mojarse la cara; no había jabón ni toallas. "Al principio nos cobraban el baño, cuando se nos terminó la plata ya no le pudimos dar más monedas", dijo Pastora, de paso hacia Bolivia con tres chicos que no querían saber más nada de dormir en sillas.

Video: nios de personas varadas por el paro de colectivos de larga distancia

El paro de colectivos de larga distancia, una disputa que inició hace cinco días en medio de la negociación por un aumento salarial de los choferes, mantuvo de rehenes a usuarios que no sabían cómo hacerse oír. "Nos vamos a hacer famosos en los medios, que vienen a preguntarnos cómo estamos; de los políticos, de los gremialistas y de los empresarios, ni noticias. No aparece nadie", se quejaba Susana, una catamarqueña de 73 años, que le buscaba el lado bueno del asunto: "En la desgracia hice amigos, nos cuidamos como una familia". Hicieron vaquitas para comprar algo de comer cuando no pasaba alguien de una ONG entregándoles un sánguche. Se rotaban para dormir y cuidar los bolsos o salían a averiguar alguna noticia sobre el paro. Así pasaban las horas.

 
Bibiana espera su colectivo a Carpintería, San Luis. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

Bibiana estuvo en Retiro desde el jueves hasta, al menos, esta madrugada. Tenía que viajar a San Luis (Carpintería). Tiene dos hijos de 10 y de 13. "Me esperan mis nenes allá", decía. Se emocionaba cuando pensaba en ellos, a los que apenas podía preguntarles cómo estaban por mensaje de texto. El tema del teléfono era limitado, por lo que costaba hablar a larga distancia y porque no siempre había señal entre las sierras. "Es una angustia, una desesperación", decía. Además tiene su trabajo: limpia cabañas. Cobra por día: si no limpia, no cobra. "¿Por qué vine a Buenos Aires? Para sacarle turno a mi nena al médico. Tuvo leucemia y tiene que hacerse el control mensual".

 
Pastora y una de sus pequeñas tienen pasaje a Bolivia. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

Pastora es de Bolivia. Hacia allá se iba el viernes pasado. Desde entonces había ocupado unas sillas en el hall de Retiro, frente al bar. Estaba con su cuñada y cinco chicos. Miraba los carteles: café con leche, 15 pesos. Imposible. Sánguche de milanesa: 28. "Al principio nos cobraban para ir al baño, ahora ya no. Si no tenemos más". Los chicos pedían, lloraban, corrían. "Menos dormir hacen de todo, escuchá cómo gritan que se quieren ir", dijo. No tenía ganas de hablar.

 
Celeste y su hijo Iván, con destino a La Rioja. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

Celeste y su hijo Iván habían venido a la feria del libro. El sábado tenían que partir hacia Chilecito, en La Rioja. Hasta ayer no tenían otro modo de llegar. Si hubieran dinero para el avión tampoco les hubiera servido de mucho: a Chilecito no llegan. "Tenemos que pensar que cuando se levante el paro tenemos 18 horas para llegar a casa", decía Iván.

 
Antonio improvisó un tereré mientras espera partir a Paraguay. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

Antonio es de Paraguay. Había llegado el domingo a Retiro con su pasaje sacado hace meses y con la esperanza de que el paro se levantara y todo volviera a la normalidad. Necesitaba viajar, allá lo esperaba su familia. Con un vecino de asiento habían improvisado un mate tereré: un vaso de plástico, algo de yerba que le habían convidado, una bombilla prestada y agua de la canilla. Al agua caliente la cobraban. "Yo soy del tereré", comentaba, aún de buen humor.

 
El misionero Javier Piriz se entretiene jugando al truco. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

Para el quinto día ya tenían organizadas las parejas del truco. Se miraban y se conocían. Ya se sabían las mañas. "Otra vez ligando, vos", lo cargaban al misionero Javier Piriz cuando ganaba un envido con 32. Su compañero de truco era un viajero recién llegado de EE.UU; los contrincantes, el cordobés y un misionero. "Ya somos una familia", decía Javier. "A la mía hace días que no le puedo hablar porque ya no hay plata para el teléfono".

 
María, que vino a un control médico, pide poder volver. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

María vino desde Concordia, Entre Ríos, al traumatólogo a un control. Tiene la quinta vértebra salida del lugar, osteoporosis, hipertensión y sigue el listado de malestares. Hacía cinco noches que dormía sentada en una silla con el cuello ortopédico. "Si me acuesto no me levanto más", señaló. El sábado le había dado una descompostura de dolor porque no había tomando los calmantes y un médico venezolano, un pasajero varado en Retiro, la había atendido y le había dado unas pastillas que llevaba encima. "Estamos de rehén", dijo.

 
La familia de Ramona viaja a Oberá, Misiones. Foto: LA NACION / Guadalupe Aizaga
 

La familia de Ramona es de Oberá, Misiones. Había venido con su hermana, sus dos hijas y su sobrina hacía unos días a Buenos Aires porque su cuñado tenía que hacerse un control médico. Los nenes tienen dos años, uno y diez meses. Su bebe toma el pecho y mamadera, que le cobraban tres pesos cada vez que se acercaba al bar a cargarla. "Ya no sabemos cómo tenerlos quietos. Los sacamos a pasear un poco, pero no nos podemos alejar de las cosas porque están robando mucho, lo poco que tenemos", protestó.

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