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El punk: de los bajos fondos neoyorquinos al Metropolitan Museum

Opinión

Hoy se inaugura en el Metropolitan Museum de Nueva York la exhibición "Punk: chaos to couture", y hace dos días y como todos los años allá fueron las celebridades de la moda y el espectáculo, a la exclusiva gala del Met, a hacer acto de presencia. ¿En qué consiste la muestra? En una colección de unos cien diseños de indumentaria inspirados en la estética punk y expuestos en siete galerías del museo. El punk, se sabe, fue la última gran revolución de la cultura rock. Nació en Nueva York a principios de los 70 y cobró difusión mundial desde Londres, a mediados de la misma década. En los Estados Unidos fue más que nada un movimiento musical espontáneo, alrededor de bandas como Television y The Ramones, pero en Inglaterra adquirió su estética definitiva y adoptó ciertos ribetes ideológicos, incorporando conceptos como el del caos, la anarquía y el do it yourself, y apuntando su rabia hacia las figuras del poder político, sobre todo a la monarquía, en el contexto de una profunda crisis económica.

El mercado y el mundo de la moda hacen ahora lo que mejor saben: apropiarse de una propuesta contracultural para intentar exprimir un potencial rédito económico

Musicalmente, el primer punk vivió rápido y murió pronto: los Sex Pistols sacaron apenas un disco, The Ramones evolucionó hacia el pop, The Clash hacia el rock político, el reggae y el ska. Por lo que el mayor legado del sonido punk es, en verdad, la proyección de su influencia en el tiempo: haber servido de inspiración para las mejores bandas de la música popular hasta hoy, desde Joy Division, The Police, The Cure, Pixies y Nirvana hasta The Rapture o The Black Keys. De todo eso ya pasaron casi cuarenta años (la corta vida del punk puede ser fechada entre 1974, cuando se suceden los primeros conciertos en la sala CBGB del bajo Manhattan, y 1978, cuando los Sex Pistols se separan y Nancy Spungen, la novia de Sid Vicious, muere acuchillada en una habitación del Chelsea Hotel); y el mercado y el mundo de la moda hacen ahora lo que mejor saben: apropiarse de una propuesta contracultural para intentar exprimir un potencial rédito económico. ¿Pero hay algo realmente nuevo o escandaloso en esta relación entre el punk y la estética?

Lo cierto es que no: si bien los primeros punks se servían, para vestirse, de los desperdicios, la basura y la ropa de saldo (de ahí la presencia ubicua de los alfileres de gancho: para remendar prendas hechas jirones), fue precisamente esa estética marginal la que ayudó a exportar (a través de la sorpresa y el terror que generaba en las buenas conciencias, y la difusión de ese rechazo en los medios de comunicación de masas) la cultura punk al mundo. Mucho tuvieron que ver en la construcción de esa imagen Malcolm McLaren, manager de los Sex Pistols, y su mujer, Vivienne Westwood: a través de sus diferentes tiendas (Let it rock, Too fast to live, too young to die y Sex) la diseñadora y el manager vistieron a la banda primero y, a través de ella, a miles de jóvenes que gastaban verdaderas fortunas por un vestido, una remera tajeada y pintada con aerosol o un par de borceguíes. Los punks verdaderos, en gran medida vagabundos, delincuentes juveniles, desclasados y desocupados, que habían adoptado los Don Martens porque era el calzado barato que usaban los obreros, miraban con sorpresa y odio cómo los chicos de clase media y alta copiaban sus ropas, sus maquillajes y sus peinados, y convertían un estilo improvisado y disruptivo (pensado para épater la bourgeoisie) en el último grito de la moda.

El interés en la cultura punk vive una suerte de renacimiento, impulsado por los efectos de la nostalgia, por la memoria de los que fueron punks y sobrevivieron hasta hoy para contarlo

Al margen de la hábil jugada de los cerebros del Met, lo cierto es que por una cuestión generacional, el interés en la cultura punk vive una suerte de renacimiento, impulsado por los efectos de la nostalgia, por la memoria de los que fueron punks y sobrevivieron hasta hoy para contarlo, por algunos libros (Eramos unos niños, de Patti Smith, Por favor, mátame de Legs McNeil y Gillian McCain o las recién editadas memorias de Richard Hell, I Dreamed I Was a Very Clean Tramp) y hasta por varios documentales y películas. Pero si todos están más o menos de acuerdo en que la música punk es cosa del pasado (algo revitalizado por una especie de revisionismo histórico), la cultura punk, entendida como la experiencia de una vida inspirada por los vectores de la rebeldía y el desafío a la autoridad, sigue vigente. ¿Pero dónde? ¿Cómo podría definirse "ser punk" hoy? En este artículo de The Guardian hay algunas respuestas. La música Louise Distras lo define tradicionalmente: "vivir de acuerdo a las propias reglas y haciendo las cosas solo en los propios términos". Y el activista Mike Sabbagh va un poco más allá: "El punk se volvió un sinónimo de la política. El espíritu del punk vive en el movimiento Occupy London o en otros como Wikileaks". ¿Julian Assange, Occupy Wall Street o los indignados españoles vendrían a ser algo así como íconos punks del presente? Puede ser un tema interesante para algún dossier especial, o una investigación más exhaustiva..

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