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El caso Báez, un escándalo de repercusión inédita

Opinión

Por   | Para LA NACION

Con gran expectativa, la sociedad argentina aguarda los domingos por la noche una nueva entrega de la saga televisiva sobre presunta corrupción de los amigos íntimos del Gobierno. El suceso obliga a modificar hábitos y costumbres para no perderse el informe semanal. Hábilmente presentado, dentro de un formato atrayente, el programa impacta en la opinión pública imponiendo la agenda de los próximos siete días. Una mirada externa, distraída, podría confundir el fenómeno con una telenovela, de ésas que, como en Brasil, hacen detener la respiración al país. El acontecimiento es similar en apariencia, pero difiere en un dato esencial . En la Argentina, la novela dominical de alto rating es, en realidad, una historia de graves delitos públicos, cuya trama alcanza a las más altas autoridades de la nación.

A diferencia de hechos de corrupción anteriores bajo el kirchnerismo, cuya trascendencia no excedió los límites de la opinión informada, el caso Báez tiene amplia repercusión y logró penetrar en los pliegues de la sociedad más alejados de la esfera pública, ocupando las conversaciones cotidianas de millones de personas. Los sondeos reflejaron unánimemente el alcance del hecho. Alrededor del 80% de la población afirmó que sigue con interés las denuncias, el 70% cree que son ciertas, el 65% sostiene que afectarán la imagen presidencial. Como se constata, las secuelas resultan ampliamente desfavorables para el Gobierno en la coyuntura. Pero aportan además una información adicional que muestra, con una profundidad inédita en la última década, el deterioro de la imagen del kirchnerismo como proyecto de transformación. Es el siniestro legado de Báez a sus protectores políticos: dos tercios de los argentinos creen que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner han sido corruptos y que esa corrupción es similar o mayor a la ocurrida durante el menemismo.

¿A qué se debe semejante conmoción? Quizás una conjunción de factores explique el suceso. En primer lugar, debe considerarse el clima de opinión adverso al Gobierno que enmarcó las denuncias. El desencanto se debe a la inflación y a la mala praxis económica y supera a la inseguridad. En el momento en que Jorge Lanata inició su saga, los sondeos mostraban este estado anímico. Cuando la gente común ve flaquear el bolsillo, se vuelve particularmente sensible al enriquecimiento ilícito de los poderosos.

En segundo lugar, impulsó al caso Báez el involucramiento de la farándula. La meneada "tinellización" de la política le franqueó la puerta de la popularidad. Leonardo Fariña obró el milagro, no por ser un presunto lavador de dinero, sino por recorrer los programas de chismes, tener una Ferrari y estar casado con una modelo. Los oscuros operadores del caso Skanska, acaso un hecho de corrupción más grave que el de Báez, nunca alcanzaron semejante trascendencia. Esta vez fue distinto: la farándula perforó la opacidad de la política y por el hueco se metieron millones de argentinos.

En tercer lugar, esta historia se introduce en la casa presidencial. Como en otros escándalos del estilo Watergate, la presunción de que la Presidenta "lo sabía todo" incrementa el interés público hasta los límites de la morbosidad y el voyeurismo. Las bóvedas y las cajas de seguridad, las valijas que entraban y salían, la noción del lugar físico que ocupa y lo que pesa el dinero, el testimonio de los empleados más cercanos son un cóctel irresistible, casi obsceno, que excita la imaginación y los sentidos. En el caso Báez, la corrupción deviene de abstracta en concreta, pareciera palparse y medirse con las manos.

Por último, incide el modo en que se cuenta la historia, el talento de quién la narra y el formato del producto mediático. Lanata está parado en la intersección del espectáculo popular y la política. Se nutre del gag y el argumento. Se balancea entre el teatro Maipo y el Congreso de la Nación. Entre la banalidad y el alegato republicano. Entre la Biblia y el calefón. Desde esa ambivalencia tan argentina, ejerce un impecable arte de contar, dosifica el suspenso, atrapa, aporta datos incontrastables, conmueve, entretiene, divierte. Y le causa a un Gobierno desgastado un durísimo golpe en términos de imagen y credibilidad.

Como ya se estudió en otras democracias, el pasaje de un caso de corrupción a un escándalo político es obra de los grandes medios de comunicación. La gente lo intuye cuando afirma que los medios son la principal oposición. Sin embargo, la democracia electoral transcurre por otra vía, donde los gobiernos enfrentan a sus rivales por los votos. Está por verse, en los próximos meses, la dimensión del daño ocasionado al kirchnerismo por este escándalo y la consecuencia que tendrá en los resultados de las decisivas elecciones de octubre.

© LA NACION.

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