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Línea directa

Con el perfume único de las ciudades amadas

Opinión

Como todos los años, la Feria del Libro de Buenos Aires -hoy es el último día para visitarla, hasta las 21- dio cabida y cobijo a una multitud de actos. Algunos, como la presentación del libro El Casco Histórico de Buenos Aires , permitieron a los asistentes recobrar, como diría el Borges fl â neur , "el curioso vicio de descubrir la ciudad de Buenos Aires", en la visión de un conjunto de artículos de calificados porteños, antiguos y nuevos.

En el libro mencionado hay un diálogo chispeante entre dos vecinos notables, "Josefina y José María rememoran", que no son otros que la artista plástica Josefina Robirosa y el arquitecto José María Peña. Rememoran ciertamente los dos las épocas en que hubo que luchar denodadamente para que el Casco Histórico porteño se salvara de las demoliciones "inmobiliarias". Peña, que rescata la "escala humana" del barrio, lo expresa con mucha gracia: "No teníamos poder de policía, pero sí de convicción".

Más de cincuenta páginas, bellamente ilustradas además con fotografías, dedica el arquitecto Horacio Spinetto a recorrer a través de la literatura el Casco, "la parte mágica de una ciudad, con sus habitantes, sus sitios, su memoria y sus leyendas". Aparecen Borges, por supuesto, director de la Biblioteca Nacional cuando ésta estaba en México al 500; Roberto Arlt, Luisa Mercedes Levinson, Abelardo Arias, Federico García Lorca (la habitación 704 del Hotel Castelar, donde se alojó el granadino de octubre de 1933 a abril de 1934, hoy se puede visitar), y también todos los otros escritores que pasaron y pasan hoy por el Tortoni o el bar La Poesía.

Pero fue Horacio Ferrer el que despertó en esa presentación recuerdos arrasadores con sólo dos o tres palabras: para él, Buenos Aires será siempre el perfume de los caramelos Volpi-Fruna y el olor de "la flor del pan" de las panaderías y fábricas de galletitas. En Uruguay, en donde nació y vivió el escritor hasta que terminó por adoptar la Argentina como su residencia habitual, se hace un pan en forma de flor, pero esta referencia, que es real, no puede competir nunca con su evocación poética.

Justamente, los usos de la palabra en la actualidad fue el tema de otra actividad, el jueves pasado: la presentación de La palabra al desnudo , un título muy provocativo para el libro del periodista y escritor Sergio Sinay. Posiblemente, muchos lectores de esta columna coincidirán con él y con el subtítulo de su obra en que "el diálogo, la lectura y la escritura nos cambian la vida".

La palabra escrita, la que más le interesa a Sinay porque es la que necesariamente debe ajustarse a las normas del código más que la oral, crea para él "una responsabilidad colectiva" en el uso.

No porque sí, el libro se abre con un fragmento del poema de César Vallejo (alguna vez citado en Línea directa): "¡Y si después de tantas palabras, / no sobrevive la palabra! (?) ¡Más valdría, en verdad, / que se lo coman todo y acabemos!", y se cierra con el poema completo de Blas de Otero "En el principio" (del libro Pido la paz y la palabra ), del cual transcribimos esta estrofa: "Si abrí los labios para ver el rostro / puro y terrible de mi patria, / si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra". Otra vez la poesía, para decirlo todo.

© LA NACION.

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