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Un poderoso alegato contra la piratería

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PARA LA NACION
Lunes 13 de mayo de 2013
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Hoy se cierra otra exitosa edición de la Feria del Libro, la número 39. Nuevamente libros a granel y por doquier, oportunidades, escritores, debates y mucho público.

Pese al clima de crispación vigente, y a la persecución del Gobierno contra los medios, periodistas y pensadores disidentes, la Feria ha sabido mantener su pluralidad, la variedad de contenidos y la oferta de los más diversos géneros y autores. La participación de Holanda como país invitado fue particularmente encantadora. La Argentina sigue siendo una potencia cultural, y la Feria del Libro, una de sus naves insignia.

Desde hace por lo menos 15 años, invariablemente algún periodista me llama para preguntarme si pienso que la Feria es un show o un evento cultural. La primera parte de la pregunta, evidentemente, tiene un sentido crítico, e incluso denigratorio.

He notado siempre, por parte del progresismo cultural, una desconfianza religiosa contra cualquier evento artístico emparentado con el éxito o con el agrado de lo que podríamos denominar un público mayoritario. Tengo la sospecha de que la afluencia de cantidades millonarias de personas a la Feria del Libro genera por momentos en ciertos periodistas o pensadores la idea de que ese volumen de individuos, en rigor, desvirtúa un inefable secreto esotérico. A mí no me provoca más que alegría el hecho de que la Feria se convierta en un espectáculo masivo, y tiendo a recaer en la esperanza de que se vendan muchos libros; si es posible, incluso de mi autoría.

Hay una extendida mitología que tiende a condenar el deseo de los escritores, de los artistas en general, a vivir del producto de su trabajo. Pareciera que cualquier tipo de subvención, mecenas, incluso ser mantenido por los padres, resultara más honesto y elegante que ganarse el pan con el sudor del teclado y la creatividad del magín.

Ni envidio ni desmerezco a quienes han conseguido labrarse una fortuna o una mensualidad por fuera del prosaico intercambio de mercancías que yo inicié a la temprana edad de ocho años, cuando alquilaba el diario que escribía en el aula -un chiste, un chisme y una noticia- por alguno de los tantos útiles que perdía rutinariamente. Pero no desmerezcamos el hecho de vivir de nuestro trabajo. Y en este aspecto, la Feria continúa siendo, en mi opinión, un poderoso alegato contra la piratería: los libros que nadie roba de modo analógico, al venderse, recompensan a escritores y editores. Para mí, la Feria es un templo del que no hay que echar a los mercaderes, sino, muy por el contrario, alentarlos a que cada vez escriban y editen mejor.

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