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Benzecry y un repertorio atípico

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, conducida por el maestro Mario Benzecry, director invitado, con la participación de la arpista Lucrecia Jancsa como solista. Programa: Obertura "Oberon", de Carl Maria von Weber; Concierto Nº 2, para arpa y orquesta, de Ginastera, y Sinfonía Nº 2 en Do mayor, Op. 61, de Schumann. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: Muy bueno .

Jueves 21 de octubre de 1999

Obras rara vez escuchadas en los repertorios sinfónicos ofreció en su última sesión la Orquesta Sinfónica Nacional, con la batuta del director invitado Mario Benzecry.

Se tuvo la impresión de un rendimiento general esmerado, poco usual en las lecturas que todo organismo orquestal debe realizar en los numerosos conciertos que nutren sus temporadas anuales.

La orquesta romántica tuvo a dos de sus egregios representantes, Weber y Schumann, en obras de complicada factura, en las que la nutrida escritura que sirve al color instrumental y la paleta orquestal debe estar al servicio de las ideas sinfónicas.

Con la Obertura de "Oberon", el bosque romántico, con sus personajes de mágica fantasía, cubren la escena imaginaria de una atmósfera de encantamiento de caprichosa lógica. El movimiento y el color, la llamada de las trompas -cuatro en total-, sobre la trama fina de maderas y cuerdas, fueron marcados con precisión, con escrupulosa medida y gusto por el detalle por el director Benzecry.

Si bien la acústica de la sala, algo seca -especialmente desde algunos sitios-, no permitió apreciar cabalmente el colorido que anima la obertura, contó, sin duda, con el impulso romántico, la pujanza que le imprimió la batuta y la repuesta de los miembros de la Sinfónica.

Un Ginastera poco oído

Rara es la oportunidad que tiene el melómano porteño de escuchar una de las obras más originales de Ginastera, como lo es su Concierto para arpa y orquesta Op. 25, en esta oportunidad interpretada en la parte solista por la talentosa instrumentista cordobesa Lucrecia Jancsa.

El Concierto no es sólo vehículo de contrastes dramáticos, colores brillantes y originalidad sonora, sino especialmente de un virtuosismo instrumental muy condicionado a su integración concertante y con la incorporación de una sutil variedad de timbres instrumentales accesorios.

El idioma de esta obra, con los típicos componentes temáticos y rítmicos de Ginastera, fue asumido por Jancsa con plena comprensión de su madeja sintáctica, de complicada factura y densidad sonora, y abordada con gran seguridad de medios técnicos.

Jancsa confirió carácter genuino a su interpretación, que en el segundo movimiento (Molto moderato) tuvo una inusual dosis de sutileza y misterio en su traducción, aunque no siempre su arpa fue audible. Los rasgos indigenistas afloraron en el tiempo final (Vivace), de deslumbrantes brillo y colorido.

Tarea realmente meritoria para la Sinfónica y su eventual director fue la ejecución de una sinfonía como la Segunda, Op. 61, de Schumann, cuyo lenguaje y obsesionada búsqueda de cohesión temática por parte del compositor se traducen en un sostenido esfuerzo en su realización.

Al respecto, se tuvo una versión rica en detalles, prolijo y disciplinado ensamble de las voces instrumentales, sin mengua de la espontaneidad, y modos cambiantes en un discurso de gran movilidad y en varios niveles sonoros.

El Scherzo desplegó su levedad y colorido romántico, con aérea flexibilidad y transparencia sonora, y el Adagio tuvo un valioso solo de oboe, de gran expresividad. La intensidad poética y el vigor intelectual que Benzecry infundió a la obra culminó en el Allegro molto vivace final, con momentos de genuino virtuosismo en todos los sectores de la orquesta.

Héctor Coda

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