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Pensamientos Incorrectos

El asado de González

Opinión

El señor González tiene una quinta de fin de semana, igual que miles de argentinos de clase media. Una quinta es una casa de campo rodeada de un pequeño parque, y ubicada en las afueras de cualquier gran ciudad: Buenos Aires, Córdoba, Rosario. Los ciudadanos se refugian en estos rincones verdes para respirar aire fresco y reponerse del agobio de la ciudad, con la piscina y algún entorno deportivo.

Lugares como Parque Leloir, City Bell, San Pedro, San Nicolás, Hurlingham, Ezeiza, tienen su zona de quintas.

La quinta es una manía del argentino. Porque todos los ciudadanos de esta nación se apretujan en las ciudades. Cuanto más apiñados, mejor. No soportan el silencio, ni el trinar de los pajaritos, ni el ladrido de los perros a la luna. Cuando han nacido en el campo, huyen desesperadamente de ese horizonte de tranqueras y ombúes. No se lo bancan. Y corren hacia el ruido, las luces de neón, las carreteras atascadas, los autos que brillan (y chocan), las prostitutas de distintos tipos y colores, los asaltantes, los dealers de droga, en fin...¡El fascinante paisaje urbano!

Cuanto más apiñados, mejor. No soportan el silencio, ni el trinar de los pajaritos, ni el ladrido de los perros a la luna

Pero, una vez instalados en la gran ciudad, los argentinos necesitan una rosca adicional de complicación. Se sienten culpables de haber abandonado su pueblo natal, extrañan las tardes de verano con grillos y luciérnagas, el aroma de la carne asada al aire libre, el canto del zorzal y todo aquello que dejaron atrás porque les resultaba aburrido y pueblerino.

Entonces, los argentinos, que ya están medio estrangulados por los gastos del departamento, el colegio privado y las cuotas del auto, se compran una quinta. Allí llegan, el viernes por la noche, sudorosos y acelerados.

Abren el portón, se derrumban sobre una silla reposera, miran la Cruz del Sur en el cielo purísimo y exclaman:

- ¡Ahhh! ¡Esto es vida! Gorda...¿Me traés un whisky?

Así es el señor González: ni mejor ni peor.

Este hombre trabaja como un burro desde hace muchos años. Ya no aspira a subir en la escala económica: sólo quiere permanecer donde está. En todo caso, no bajar.

Ya vivió muchas cosas, ya descartó innumerables ilusiones, ya tuvo hijos y nietos, ya conoció gente. Demasiada.

Digamos que González se ha puesto fóbico: es la palabra que se usa ahora. Espera ansioso que llegue el viernes para huir como un endemoniado hacia la quinta, donde repite hace 30 años los mismos rituales. Acariciar a los perros, zambullirse en la pileta, encender el fuego y hacer un asado, charlar en voz bajita con su mujer, contemplando la noche estrellada. y tal vez jugar un rato al golf, o al tenis, o al truco con los amigos. Eso es todo.

En el caso de González, esta rutina perturba a su mujer, Clara.

Espera ansioso que llegue el viernes para huir como un endemoniado hacia la quinta, donde repite hace 30 años los mismos rituales

- Gordo...¿No te parece que podrías hacer un asado para los chicos? Tenemos dos hijos varones y dos hijas mujeres que están casados hace cuatro o cinco años. Nunca vienen a la quinta. ¡Nunca jamás! Nuestros nietos apenas conocen nuestra pileta. Podríamos invitarlos, un sábado a la noche.

- ¿Para qué? -responde González- ¿Acaso yo voy a la casa de ellos? ¿Llamo a la puerta para pedir comida? Nunca. Comprendo que ellos hacen su vida, que tienen mucho trabajo, que ya no son nenitos. Está todo bien. Pero. ¿Para qué me voy a complicar la existencia comprando kilos y kilos de carbón, preparando morcillas y chorizos, y chuletas y lomos, cuando ellos no tienen ninguna gana de venir a la quinta? Queda lejos, es mucho viaje, mucho auto.

- ¡Pero gordo, no seas así! Probemos una sola vez. Vas a ver que los chicos vienen felices y contentos, y de paso mantenemos el contacto familiar.

Esta conversación, con algunas variantes, se ha repetido a lo largo de años. Un día González aflojó -diría el tango- y se puso en marcha el trabajoso mecanismo de un asado: interminables negociaciones telefónicas hasta acordar una fecha que no ofenda a nadie, que no incomode a ninguno, que encaje en la agenda de todos los invitados.

Y finalmente llegó el día: el asado de González.

El hombre transpiraba copiosamente frente a la parrilla, donde chirriaban los chorizos, las morcillas, las chuletas de cerdo y los grandes lomos de ternera. En la gran mesa del quincho (otra manía argentina) había ensaladeras colmadas de lechuga, tomate, cebolla, huevo duro, rúcula, palmitos, queso brie, queso sardo.

Clara circulaba alegremente de la casa al quincho y del quincho a la casa llevando cubeteras con hielo, velas encendidas, platos y cubiertos. Estaba radiante.

Sobre las ocho de la tarde, después de esa hora mágica que los criollos llaman "la oración", empezaron a llegar los invitados. Cada grupo con su auto y su cochecito de bebé.

Primero llegó el mayor de los hijos, apodado Gonzalito, con su mujer y sus dos niños.

- ¡Hola chicos! - aclamó Clara, mientras González se acercaba con unas tablitas portando trozos recién cortados de chorizo y morcilla.

- No, gracias- respondió Gonzalito- Nosotros somos veganos.

- ¿Qué es eso, una religión?- interrogó el padre.

- No, papi, es una filosofía de la alimentación.

- Ah, bueno, qué lástima. Esto es un asado. O sea que...

- ¡Podemos comer ensalada! - exclamó la nuera de González - ¿Tiene aceite y vinagre?

- Claro - repuso González- Aceite de oliva y aceto balsámico. O sea...

- Qué pena - interceptó la nuera- Nosotros no consumimos vinagre de vino. Es puro alcohol. Pero bueno, enseguida nos vamos, no se preocupen por nada.

Ante la desesperación de González y su señora, fueron llegando las jóvenes familias. Unos declararon ser ovolactovegetarianos, otros creyentes del alimento natural, otros rechazaron cualquier alimento que no fuera kosher, e incluso la novia del Gonzalito menor, una linda turca de nombre Fátima, rechazó las costillas de cerdo.

El asado resultó un fracaso rápido, sin vueltas. La gente se fue temprano y en ayunas

- ¡Eso es jaram!- gritaba Fátima, mientras González pensaba en distintas situaciones, también de tipo jaram.

Otra nuera de González preguntó si no había tofu.

- ¿Tofu? No, no hay.- Tenemos salame picado fino, mortadela, queso gruyere, longaniza. ¿Te gusta? ¡Hay longaniza!

- No, yo quería tofu- replicó la muchacha.

El asado resultó un fracaso rápido, sin vueltas. La gente se fue temprano y en ayunas. El lomo, cortado en rodajas, fue ofrecido a los perros, que lo engulleron felices, casi sin masticar.

A las once de la noche, González y señora suspiraron rendidos y se desplomaron sobre sus reposeras, junto a la pileta.

Cantaban los grillos, se aspiraba un fuerte olor a monte.

- Bueno, gorda - dijo González - Hicimos el famoso asado para los chicos. ¿Estás contenta?

La mujer hizo una pausa. Sin responder, se quitó los zapatos y frotó los pies sobre el césped. Miró sus propias manos, un poco ajadas después de enjuagar todos los platos, y finalmente repuso:

- Sí, querido..

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