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Detrás de un vidrio oscuro

Opinión

Por   | Para LA NACION

Nada más lindo que un loco lindo . Y nada más alejado de la otra locura, esa que no es sagrada como quería la Antigüedad, ni merece ser execrable, como alguna vez pretendió el mundo moderno.

Cuando conocí a Noemí, la adolescencia terminaba y los ecos de la contracultura de los 80, cierta inocente lectura de Artaud o las caóticas ensoñaciones de un tal Morrison me hacían aventurar que había un universo impactante, incluso en sus tinieblas, del otro lado de la cordura. Noemí me demostró todo lo contrario. Para ella, el verbo alucinar poco tenía que ver con la jerga de la psicodelia. "Vienen las voces", decía, cuando la garra de algo más allá y dentro de sí de repente asomaba y amenazaba vencerla. "No te asustes, éste es el teléfono de mi psiquiatra, llamalo", explicaba, sosteniéndose a duras penas por fuera del vidrio oscuro, engañosamente opaco, que comenzaba a tragarla.

Las crisis ocurrían raras veces. En la vida cotidiana Noemí trabajaba, estudiaba, cumplía puntillosamente con sus sesiones de terapia, tomaba la medicación que le habían prescripto. Conocía su herida. Sospechaba la profundidad de la hendidura que la desgarraba y que cada día, con paciencia de orfebre, pugnaba por suturar. Como si Louise Bourgeois de golpe se hubiera quedado sin neurosis y sin arte: puro dolor, vacío, grito sin nombre.

Muy pocos sabían de lo insondable de su batalla diaria, sostenida en soledad, con endebles recursos económicos. Una historia ni glamorosa ni sórdida ni declaradamente trágica. Lo suficientemente común como para diluirse en el magma de tantas otras pequeñas epopeyas.

La dejé de ver hace mucho tiempo. Pero por estos días, con el Borda tristemente arrojado a las fauces de la actualidad, no dejo de pensar ella y en su modo apacible de ser heroica. ¿Qué habrá pensado, frente a qué televisión, en cuál diario habrá visto lo que todos vimos ocurrir a las puertas del neuropsiquiátrico? ¿Qué les puede brindar a ellos -esquizofrénicos, psicóticos, paranoides, tantos rótulos a mano- una clase política que, de izquierda a derecha, aquí y en el resto del mundo, no hace más que perder credibilidad?

En la misma época en que conocí a Noemí yo era una asidua visitante de la sala Lugones del San Martín. Probablemente fue allí donde vi Detrás de un vidrio oscuro , de Ingmar Bergman, entendiéndola apenas, temblorosamente fascinada ante la enormidad que, ya desde el título, anunciaba. En ese cine, tanto como en las salas de teatro o en los talleres de un centro cultural que también resultó castigado en el último tiempo, no sólo accedíamos a Godard, Fellini, Beckett y tantos otros. Circulaba cierta idea de civismo, no dicha, más bien practicada; ciudadanía de puertas abiertas, jean y zapatillas, pero también traje formal. Para quienes nos iniciábamos casi en todo, la inclusión era un horizonte posible, cercano. Para gente como Noemí, que día a día le plantaba cara a una pesadilla que nunca eligió padecer, el sueño del cobijo social era -es- rigurosamente imprescindible.

© LA NACION.

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