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El análisis

Palabras y gestos antes de iniciar el gran cambio

El Mundo

Por   | LA NACION

 
 

ROMA- Pasaron dos meses desde aquel 13 de marzo lluvioso y frío en el que fue elegido sucesor de Benedicto XVI -papa emérito que ahora vive a un centenar de metros de su casa, en el Vaticano-, y no hay día en que Francisco, el primer pontífice argentino, no sea noticia.

Ayer, sorprendió con su primera gran intervención sobre la crisis financiera mundial, que golpea, desde hace varios años, a todo el planeta.

Pero todos los días, en sus misas en la capilla de Santa Marta, donde decidió quedarse a vivir, rechazando la pompa del Palacio Apostólico -gesto de austeridad que define su pontificado-, en su catequesis, en sus intervenciones, da señales de que está decidido a reformar drásticamente, con gestos y acciones, el modo de gobernar la Iglesia.

En estas misas matutinas, observadas con atención por todos los vaticanistas, el Papa marca el rumbo y dice cómo quiere cambiar la Iglesia.

Denuncia el afán de hacer carrera, la cizaña, la vanidad, el dinero, a los sacerdotes que piensan en sí mismos y se vuelven lobos rapaces, en lugar de defender a su grey.

El papa del fin del mundo reclama, casi a diario, que la Iglesia salga hacia la periferia, no se quede encerrada en sí misma y se ocupe de los más débiles, los más pobres, los más necesitados. Consciente de que la Iglesia Católica está en crisis y de que perdió fieles y vocaciones, pide una vuelta a lo esencial y que los sacerdotes sean pastores con olor a oveja.

Reclama esa reforma moral no sólo con sus palabras, sino también con los hechos. Uno de los principales, hasta ahora, fue la creación de un grupo colegiado de ocho cardenales de todos los continentes que deben ayudarlo a cambiar la curia y a gobernar la Iglesia en forma más descentralizada.

Muchos se preguntan cuándo Francisco -un nombre que es un programa en sí mismo- comenzará a cambiar las personas en el gobierno central de la Iglesia. Hizo designaciones, sí, pero antes de relevar funcionarios de cargos clave, cosa que podría comenzar a hacer en septiembre u octubre próximo, intenta cambiar la mentalidad.

Francisco demostró que no tiene miedo de romper la tradición. Decidió quedarse a vivir en Santa Marta, rechazó ponerse los zapatos rojos y la muceta y sigue siendo él mismo.

No duda en salirse del protocolo para estar cerca de la gente. Los miércoles, cuando la multitud acude al Vaticano a la audiencia general, aunque sus custodios le aconsejen no bajarse del papamóvil, él sigue su instinto y saluda, uno por uno, a los enfermos en sillas de ruedas, abrazándolos y acariciándolos.

Aunque sus custodios teman por su seguridad, Francisco está cerca de la gente.

También rompiendo la tradición y demostrando que sabe exactamente qué desea, quiso que en el recién salido Anuario Pontificio 2013, sólo dijera bajo su nombre "obispo de Roma". Relegó los demás títulos a la página siguiente, toda una señal del rumbo de su pontificado, que representa aire fresco para la Iglesia Católica..

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