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El "relato": la trama de una épica que sostuvo éxitos, justificó derrotas y fogoneó fanatismos

Con impronta presidencial y difusión mediática e intelectual, el kirchnerismo logró imponer su propio valor de verdad

Domingo 19 de mayo de 2013
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PARA LA NACION

Muchos creen que el relato, la producción intelectual con que el kirchnerismo se abroqueló y sostuvo un rumbo de constante radicalización, se cuenta entre sus más valiosos recursos. Es también cierto, sin embargo, que él le causó al oficialismo unos cuantos problemas. Más aún: sin considerar su actual gravitación no se podría entender el frenético pendular que el gobierno vive entre la omnipotencia y el papelón.

La tensión entre logros, oportunidades y relato no es nueva, pero está quedando plenamente a la vista recién ahora. Así lo demuestran, sin ir más lejos, las idas y venidas en torno a las películas sobre Néstor de Paula de Luque e Israel Adrián Caetano: el guión que hace un año el Gobierno evaluó insuficientemente elogioso para el canon que creía establecido, es el mismo por el que hoy pagaría lo que sea para que moldee la opinión, pero ya no contiene ni la décima parte de distancia crítica necesaria para que resulte tolerable, no sólo para el gran público, siquiera para el artista que lo escribió.

Que cosas como esta sucedan no debe asombrarnos pues, más que como eficaz guía para el éxito, desde el principio se apeló al relato para hallar una justificación romántica del fracaso. En ese rol fue que él ganó protagonismo por primera vez en el otoño de 2008. Y desde entonces se lo volvió a usar cada vez que hubo que alimentar la épica del aguante, el espíritu de barra brava en que el oficialismo buscó afirmarse tras cada tropezón, sin advertir los protagonistas de uno y otro lado de la bandera y el bombo que mientras más fanática la adhesión, más daño provoca a la larga a la causa que dice defender.

Para constatarlo basta considerar que al kirchnerismo le fue mejor cuando no tenía un relato propio con que pontificar, y usaba el que compartía con otros, Lavagna, Duhalde o Alfonsín. Pero desde que se hizo de uno suyo puro y duro -sostenido en la palabra presidencial, así como en una amplia y orgánica red de medios, producciones televisivas y cinematográficas, grupos académicos e intelectuales-, y más todavía ahora que ese relato lo invade todo, las cosas le han salido cada vez peor. Se podrá contraargumentar que la elección de 2011 encarnó la feliz confluencia de relato, economía pujante y popularidad presidencial. Pero ello fue más una excepción que la regla, y, por sobre todo, una casualidad.

Veamos sino lo sucedido con las cruzadas que el relato promovió: no logró imponerse en ninguna, pese a los enormes recursos invertidos. Embelesado por la errónea impresión de que gozaba de una amplia hegemonía cultural, creyendo que la sociedad lo apoyaba por las razones que sus epígonos daban de sus éxitos económicos y electorales, el gobierno gastó tiempo, dinero y legitimidad, e irrepetibles oportunidades, para perseguir fines más sensatos, en peleas que, en los términos que escogió, no podía ganar: con los medios, con los organismos financieros, con la Justicia; la última, con el dólar.

Es cierto que le fue mejor en otras lides como la de "la nación herida" y la exaltación del rol del Estado. Pero porque al respecto sí existe una hegemonía populista que viene del fondo de la historia: una nación que se afirma en el resentimiento ante quienes tienen lo que ella perdió o no logra alcanzar, y un Estado que reparte empleo, subsidios y servicios baratos imprimiendo billetes y acumulando deudas son banderas que seducen a muchos argentinos desde hace demasiado tiempo, y es probable que lo sigan haciendo cuando el kirchnerismo sea sólo un recuerdo.

Tal vez ese resulte, como con el primer peronismo, su más sustantivo legado, y puede que vuelva a actuar, como pasó con él, más que nada como un lastre. Que se hará visible demasiado tarde, cuando haya que pagar los platos rotos de la fiesta para recomponer la relación con el mundo, corregir la inflación, la desinversión crónica e insostenibles desequilibrios y privilegios, y se descubra que los Kirchner nos permitieron vivir por encima de nuestras posibilidades incluso (o sobre todo) a quienes más los rechazaron.

En este sentido cabe agregar que, si bien el kirchnerismo planteó intensos debates en estos años, salvo los relacionados con nuevos derechos (en los que fue, aunque desparejo, innovador), el resto en general llevó la marca de un revival peculiar, en que no sólo se celebró lo viejo, sino además lo ya frustrado y descartado.

Como sea, todas estas cuestiones parecen hoy opacadas por la corrupción, a la que tiende a atribuirse la bancarrota moral e intelectual del kirchnerismo gracias a los esfuerzos del Lech Walesa de la pantalla local, que cada domingo se dedica a enrostrarles sus mentiras a los funcionarios. Pero la corrupción al mismo tiempo revela y oculta las razones de la bancarrota. Y sólo develando esta ambigüedad se comprenderá, mejor que el propio kirchnerismo, lo que él ha sido: no un fanatismo doctrinario, sino uno a la vez romántico y oportunista.

Lo que falta es viento

Los fanatismos doctrinarios, como suele ser el caso de los religiosos, prohíben hacer una larga lista de cosas para ingresar en el club de los salvos. Los oportunistas, en cambio, proponen una meta que todo lo justifica, y por tanto no se privan de nada, al contrario, habilitan a hacer casi cualquier cosa, usar todos los medios, con tal de llegar a ella, lo que resulta muy útil para líderes que aspiran a una amplia libertad de maniobra. Eso no los vuelve necesariamente menos románticos, al contrario: la causa puede incluir todos los valores y buenas intenciones imaginables, sólo que como el mundo es tan injusto e inmoral, hace falta recorrerlo con una voluntad de hierro, blindada a cualquier juicio moral específico sobre los pasos que se adoptan para algún día alcanzarlos. El mal que se provoque en el camino ya estaba en el mundo, por lo que no puede atribuirse a los defensores de la causa, que están luchando por suprimirlo.

Hemos visto ya cómo esta lógica descargó a los gobernantes de toda responsabilidad hasta en las situaciones más extremas vividas en estos años: "Once se debe a los noventa, a que aun no logramos superarlos"; la corrupción, a que "hay que financiar el cambio en un mundo que se mueve por dinero", como nos advirtió, con ejemplar sinceridad, para que nadie se haga ahora el distraído, la propia Cristina a poco de llegar al poder.

¿Por qué habrían de escandalizarse entonces los cultores del relato por el caso Báez? Si les cuesta obviarlo no es por la responsabilidad evidente de los líderes en él, sino porque desde hace tiempo viene escaseando el viento de la historia en sus velas: si aún pudieran creer que el país avanza por la ruta que la causa delineó estarían más dispuestos a ignorar el asunto. Como ya en la intimidad hacían cuando se sabía de las valijas, pero la economía crecía y la sociedad acompañaba.

Así que lo que falta es viento. Dicho de otro modo: es porque ya estaban en problemas cuando el escándalo estalló que a los cultores del relato se les dificulta hoy esquivar el mote de "ladriprogresistas", o ignorar las críticas a la autoamnistía que llaman blanqueo. Dichos problemas nacen de dos fuentes, que hasta aquí proveyeron a su capacidad de crear futuro, pero que hoy arrojan un tufillo a "fin de ciclo" inescapable. O al menos más difícil de sortear que en la crisis de 2008-9, de la que imprevistamente el Gobierno se recuperó para abonar la idea de su hegemonía.

Por un lado, pocos creen ya que con la actual política el país va a volver a crecer: a diferencia de la crisis exógena y corta de 2009, ahora atravesamos una prolongada estanflación de la que ni siquiera un contexto externo aun excepcional nos logra sacar. Por otro, ya es difícil creer que los populismos radicales latinoamericanos sean una alternativa superadora frente a los capitalismos democráticos del centro desarrollado. Algo que en 2009 podía imaginarse, pero perdió todo crédito desde que fallaron los diagnósticos sobre el colapso de Europa y Venezuela se internó en una deriva castrista que no satisface ni a los populistas más trasnochados.

A este respecto, no deja de ser una suerte que el kirchnerismo madurara su ideario cuando ya no tiene el combustible de la expansión económica ni el aparente prestigio regional del relato para alimentarlo. Ello permite ser medianamente optimistas sobre su capacidad de daño en la retirada: hace más probable un final implosivo, un derrumbe de castillo de naipes, que una explosiva secuencia de batallas a tierra arrasada. Y si este pronóstico se cumpliera, a diferencia de lo que se dijo en su momento del cardenal Richelieu, injustamente acusado a su muerte de haber hecho mal las cosas buenas y bien las cosas malas que se propuso, de los Kirchner se podrá decir que, por fortuna, hicieron también bastante mal casi todo lo malo.

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