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Escenario

Para el periodismo, un impensado regreso a Santa Cruz

Enfoques

La era que inauguró Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003 no debería haber sorprendido al periodismo, salvo por su política de derechos humanos. Sólo un generalizado escepticismo respecto de que ese presidente que llegó al poder con apenas el 22,24% de los votos pudiera trasladar al país el modelo inaugurado en Santa Cruz hizo posible que pocos previeran lo que ocurriría en los siguientes 10 años en la relación con los periodistas y los medios.

Para comprobarlo, basta releer la nota de Graciela Mochkofsky, publicada el 26 de enero de 2003 en este suplemento, que retrataba cómo funcionaba la provincia del precandidato presidencial, recién bendecido por Eduardo Duhalde.

Resulta revelador, pero no extraño, que aquella crónica de casi una semana en "el feudo austral" comenzara con el relato del seguimiento del que fue objeto la periodista por parte de agentes del gobierno provincial, fruto de "la preocupación de Kirchner por su presencia". Tampoco sorprende leer las dificultades para obtener testimonios de funcionarios y empleados públicos.

El último párrafo era premonitorio: "Se ha denunciado al gobierno de Kirchner por asfixiar a la prensa, y basta con leer los diarios locales y hablar con sus periodistas para comprobarlo. Tres de los diarios viven casi totalmente de la publicidad oficial y no es posible encontrar en sus páginas testimonios contrarios al gobierno".

Ayudó al desconcierto el ferviente abrazo a la causa de los derechos humanos al arribar a la Presidencia. La ruptura con sus casi 20 años de silencio público sobre el tema abría dudas sobre el perfil que adoptaría como Presidente en el resto de las materias. El decreto de acceso a la información pública en el ámbito del Poder Ejecutivo, del 4 de diciembre de 2003, alentó expectativas positivas y fue celebrado por el periodismo profesional, que por primera vez podría escrutar en las entrañas del hiperpresidencialismo argentino.

Los gestos iniciales del kirchnerismo coincidieron con un incipiente proceso de autocrítica de una buena parte del periodismo, que se replanteaba el ejercicio profesional en el plano de la ética y la calidad. Era el resultado de algunos excesos de los 90, durante los cuales imperó lo que Jorge Fernández Díaz llamó "los años de la tecla fácil", en los que "todos los días se publicaba un Watergate", aunque estuviera flojito de papeles.

Eso y el descrédito general de las instituciones que generó la crisis de 2001 también había afectado la consideración que la sociedad tenía de periodistas y medios. Así, las primeras críticas de Kirchner al periodismo no generaron el mismo rechazo que las de presidentes anteriores. En ese contexto el flamante Presidente comenzó a desconocer el rol mediador del periodismo con el argumento de que él hablaba directamente con el pueblo, aunque sólo fuera un monólogo que no admitía preguntas ni cuestionamientos.

A poco de comenzado su mandato, Kirchner inauguró el ataque a periodistas desde la tribuna presidencial. El primer caso se registra el 22 de diciembre de 2004. Esa vez no identificó al autor de la nota, pero fue el comienzo de una larga sucesión de "escraches" a periodistas con nombre y apellido, a los que exponía a las multitudes, muchas veces tergiversando lo dicho o escrito.

Desde el arranque de la gestión, además, complicó la tarea periodística con la supresión de las conferencias de prensa y la marca a presión o el castigo a funcionarios que hablaran con la prensa. Así, se generalizó la desmentida de información por los mismos que la habían brindado. El abuso del off the record afectaba la credibilidad de los periodistas. Y el acceso a la información pública empezaba a ser poco más que un enunciado.

El 1° de marzo de 2005, el Foro de Periodismo Argentino (Fopea) consideró "preocupante la sucesión de hechos y conductas de funcionarios que afectan y amenazan a la libertad de expresión en el país". Los pronunciamientos de entidades nacionales e internacionales se multiplicarían en los siguientes años. Mientras, el hostigamiento a los periodistas críticos con el argumento de que eran animados por motivaciones ideológicas o por la defensa de intereses espurios sirvió de atajo moral a algunos periodistas afines y a medios beneficiados por la arbitraria distribución de la pauta oficial, que ayudaron a naturalizar la metodología presidencial.

En 2008 se alcanzó un nuevo umbral durante el enfrentamiento con el campo, cuando los intelectuales oficialistas instituyeron el concepto de la "amenaza destituyente", en la que incluyeron a periodistas y medios. A partir de allí, el periodismo profesional fue acorralado. Antes había sido demonizado el "periodismo independiente". Y se empezaba a sacralizar el "periodismo militante", que encubría a simples propagandistas.

La beatificación pública de la nueva era para el periodismo la oficializó el 21 de noviembre de 2010 el entonces titular de Télam, Martín García: "Los profesionales son como las prostitutas, escriben mentiras en defensa de los intereses de los que les pagan. Los militantes, en cambio, escribimos la verdad al servicio del pueblo". Para entonces, los espacios de ejercicio profesional resultaban cada vez más acotados. La compra de medios por parte de empresarios cercanos al Gobierno y sideralmente enriquecidos durante el kirchnerismo se aceleró, al tiempo que crecía la dependencia de muchos de la arbitraria asignación de la pauta de publicidad oficial.

El enfrentamiento con el Grupo Clarín a partir de 2008 y la sanción de la ley de medios, impulsada por esa disputa, acrecentó el escenario de conflicto y se acentuaron hasta límites impensados las dificultades para la práctica periodística profesional.

La década kirchnerista concluye para el periodismo con una realidad nacional demasiado parecida a la que mostraba Santa Cruz tras los 12 años de gobierno de Néstor Kirchner. Aunque no deje de sorprender..

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