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La extraña y bella prosa de Sara Gallardo

PARA LA NACION
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Silvia Hopenhayn
Miércoles 22 de mayo de 2013
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De dónde proviene lo nuevo? No necesariamente del futuro. Lo nuevo surge en el presente, pero puede venir de cualquier parte. Tratándose de libros, la novedad puede regirse por el momento de la lectura. La nueva edición de Eisejuaz , bella y extraña novela de Sara Gallardo, que incluye la atónita carta de felicidad que le envío Manuel Mujica Lainez a la autora en 1971, es una verdadera oportunidad de adentrarse en una dimensión que tanto podría ser una realidad nueva como lo que queda de algún otro mundo anterior. Sin duda, se trata de una lectura distinta, por la historia que cuenta y por su lengua hecha de retazos de cultura y de conciencia. Sara Gallardo, en su obra en general ( Enero, Pantalones azules o Los galgos, los galgos ), relata lo que se pierde y se encuentra en el camino, y su misma escritura también parece avanzar como al tanteo. Está más cerca del impulso de la palabra que de una preconcebida sintaxis. Leído hoy, Eisejuaz es un bienvenido soplo de frescor entre tantas publicaciones festejadas como nuevas.

La novela comienza con un "Dije". Y esto es importante, porque se vale del decir para narrar. El que dice es Eisejuaz, o Este También. Le habla al indio (Paqui), que yace casi muerto en el barro. Al verlo, supone que por orden divina debe salvarlo, aunque manifiesta cierto desprecio. Pero el moribundo es una señal del último tramo de su propia vida, en la que debe su entrega, sorda y total, a la palabra del Señor. Ese pacto ya se establece en las primeras páginas, como un contrato fáustico que nadie comprende, pero hay que cumplir. El "hay que" pauta la trama; como si se tratara de una deontología alucinada. Es un deber del que debe algo sin saber qué, ni por qué motivo. A quién, sí: al Señor, que recauda todos los pecados y los convierte en deberes. Por eso el "hay que" es la voluntad de lo que acontece. Cuenta Eisejuaz que mientras lavaba las copas en el hotel, el Señor le habló. "El agua salía por el desagüe con su remolino. Y el Señor de pronto, en ese remolino. «Lisandro, Eisejuaz, tus manos son mías, dámelas.» Yo dejé las copas. «Señor, ¿qué puedo hacer?» «Antes del último tramo te las pediré.» El Señor se fue. Quedó el remolino con la espuma del jabón brillando. [...] "Dije a mi mujer. -El Señor me habló cuando lavaba las copas. -Y ahora -dijo mi mujer- ¿qué vamos a hacer?"

La intriga es fundamento de la novela. Es una intriga precaria, que se juega en pequeños gestos, huidas y tentaciones. A veces el "Corazón" se impone, como cuando le exige a Eisejuaz que no hable con el indio. Y Eisejuaz se rebela: "Yo, a mi corazón: ¿Por qué no hablaré a quien me fue dado de compañero? Ahora tengo ganas de hablarle." A su vez el Paqui se hastía de las palabras de Eisejuaz, lo enferman, lo aburren. "Si pudiera morirme de tristeza me moriría ahora. [?] Si no fuera por la comida asquerosa que me das. Estoy cansado de tu cara, de tus palabras." Esta novela, emparentada con la obra de Antonio Di Benedetto o el aliento narrativo de Juan Rulfo, es a su modo un clásico, y se renueva en el presente de su lectura. Como la que ahora podemos realizar, en esta cuidada y bella edición, con prólogo de Martín Kohan.

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