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Un policial de amor

Elliot Chaze consiguió la proeza de articular exitosamente el suspenso, la trama sentimental y la reflexión

Viernes 31 de mayo de 2013
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PARA LA NACION

La cuestión del género es, a estas alturas, una discusión que no merece demasiado espacio: una novela es buena o no, gusta o no, interesa o no.Mi ángel tiene alas negras,del estadounidense Elliot Chaze (1915-1990),es, con seguridad, una novela excelente. Luego, se puede observar que tiene algunos tiros, robos, persecuciones, ambientes sórdidos, elementos propios de la novela negra.

Traducida -en forma brillante- por primera vez al castellano por Carlos Gardini, Mi ángel... es considerada por muchos una de las más altas joyas del género. Y la razón fundamental seguramente esté en la voz del narrador en primera persona, Tim, un ex convicto que, con expresiones toscas y precisas, avanza sobre sus acciones y sus sentimientos con la sutileza con que se agarra un gallina para su degüello, pero a quien los recuerdos y la conciencia torturan como si se tratara de un planteo de Raskolnikov. Y si esto ocurre con el narrador, ocurre entonces con el lector, que termina queriendo a un asesino y esperando que toda empresa llegue a buen fin para que pueda formar un hogar con Virginia, una hermosa prostituta para quien el sueño más prístino es bañarse en billetes.

No importa realmente lo que ocurre, no está en la trama, aun cuando es un libro para leer en no más de tres sentadas, con un dinamismo que debe de tener el más fácil de losbest-sellers. Lo que hace imposible dejar el libro es la relación entre dos personajes tan bajos como la realidad: es sabido que para ser profundo no se necesitan temas elevados. Sobre esto, baste señalar la construcción impecable de una época -primera mitad del siglo XX en Estados Unidos-, un manejo extraordinario del tiempo interno de la narración -que incluso se permite la intempestiva alteración del ritmo narrativo, recurso prohibido para la literaturamainstream-, momentos de humor sorprendentes y siempre la tensión de fondo, un juego de tambores en distintos volúmenes y velocidades que muy probablemente podrán escucharse en la inminente versión cinematográfica.

Como en toda novela negra, los espacios y los distintos estratos sociales servirán al narrador como punto de partida para construir su mirada, pero justamente la necesidad de organizar a los otros en formas tan estancas abrirá la opción para que el lector ponga en duda tanta definición taxativa. Nada, ni la plata, va a ser al final del día lo suficientemente bueno o interesante, salvo Virginia y esos momentos en que todo parece detenerse y sólo queda fascinarse.

La reflexión es permanente, pero en forma áspera, la única que puede permitirse el narrador. Éste, aun con torpezas, buscará una y otra vez a la esquiva señorita, quien tendrá la paciencia y la inteligencia para planear un robo perfecto y quien se dará incluso el espacio para pasar de noche y como turista por la puerta de la casa de su primera novia en el pueblo donde había nacido con otro nombre. Es el personaje que es y, por lo tanto, bastante lúcido para su entorno y complejo para sí mismo. Sus reflexiones no pueden ser sino diáfanas; necesita ser claro en sus diatribas, y esta claridad le llega al texto. De todas formas, incluso cuando explica no ofende al lector porque no hay otra verosimilitud esperable y nunca se traiciona.

Es, por encima de todo, una novela de amor extraordinaria, inolvidable, escrita bajo las formas de un policial negro. Una historia de amor como el amor es en realidad: áspero, mágico e irrepetible.

Mi ángel tiene alas negrasElliot ChazeLa Bestia EquiláteraTrad.: Carlos Gardini224 páginas$ 115

Retratos personales

Con el título de Forty-One False Starts , Janet Malcolm acaba de publicar una recopilación de sus artículos y perfiles aparecidos originalmente en The New Yorker y The New York Review of Books. Malcolm se ocupaba allí de temas muy diversos, desde las fotos de Edward Weston o Thomas Struth hasta la ficción de Edith Wharton. En The New York Times, Adam Kirsch resalta sin embargo la originalidad de la mirada: "Lo que el lector recuerda es a Janet Malcolm: su fría inteligencia, su serenidad psicoanalítica para notar los detalles y su talento para retirarse y dejar que sus retratados hablen con sus propias palabras".

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