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Pensándolo bien

El reino de la madre narcisista

Opinión

Por las mentes afiebradas de los años 70 circulaban, entre otras muchas, dos teorías fundamentales acerca de Eva Perón. La primera es bastante conocida: "Si Evita viviera sería montonera". Una Eva revolucionaria, mucho menos conservadora de lo que en verdad fue, encarnaba de ese modo la idea jacobina de hacerles frente a los "gorilas" repartiéndole armas al pueblo. El evitismo, invento pequeñoburgués de izquierda, recordaba como un hito una fecha imprecisa del mes de septiembre de 1951, cuando la mujer de Juan Perón suscribió la compra en Europa de 5000 pistolas y 1500 ametralladoras con el propósito de entregárselas a los líderes sindicales y organizar en silencio una resistencia armada contra los enemigos de la patria peronista. Perón vetó la idea, por delirante y riesgosa, y cuando en 1955 se vio acosado por sus enconados rivales, prefirió la renuncia y el exilio al "derramamiento de sangre". Algunos jóvenes setentistas cifraban en esa divergencia matrimonial los criterios y hasta las ideologías en pugna que cohabitaban en el justicialismo de los años de plomo. Basados en estas conjeturas, algunos intelectuales bosquejaban a continuación una ucronía: ¿qué habría ocurrido si quien hubiese muerto de cáncer en 1952 hubiera sido Perón y no Eva? ¿Qué habría sucedido entonces si Evita hubiera gobernado en 1955? ¿Frente al levantamiento ella habría repartido armas y plantado batalla? ¿Se habría desatado una Guerra Civil Española en la Argentina?

Esas preguntas lúdicas e inquietantes sólo prosperaban en claustros, unidades básicas y comités, y con el paso del tiempo y la historia perdieron todo sentido. Como no sea para escribir una novela fantástica, esos interrogantes de laboratorio hoy carecen efectivamente de utilidad y vigencia: los protagonistas están muertos, felizmente no existen más los golpes de Estado en nuestro país, las "acciones destituyentes" sólo prosperan como pícaros discursos de extorsión lanzados desde el atril y de los fervores revolucionarios sólo quedan iconografías patéticas e inofensivas en algunos restaurantes de Palermo Hollywood. Traigo a colación el tema porque aquellas viejas discusiones de los 70 no contemplaban el análisis de género ni las psicologías tan disímiles del hombre y la mujer que personificaban conjuntamente el liderazgo popular. Perón y Eva eran dos caras de una misma moneda. Él tenía mucha más experiencia y mandaba sobre ella en medio de tormentosas discusiones, pero acordaban finalmente en casi todo. Perón representaba con naturalidad al marido más contemporizador y político, y Eva, a la esposa aguerrida e intransigente. Alguna vez Cristina Kirchner, hablando en un acto en el que se homenajeaba a Dardo Cabo y al controversial Operativo Cóndor, se refirió al modo en que aquellos roles maritales se repartían en un mundo injusto que todavía era esencialmente machista. Agradeció entonces a Néstor, que ya no estaba, por haber conducido en pie de igualdad, reconociendo la emancipación de la mujer. Era una crítica manifiesta a Perón.

No está debidamente estudiado el carácter de la mujer como líder populista. Existen libros viejos y ensayos remozados que hablan del fenómeno, pero poniendo siempre el eje en los hombres como figuras excluyentes de esa particular forma de caudillismo carismático. Y es bueno notar, de una vez por todas, que Cristina es única en su especie. Ninguna otra mujer se ha probado ese ropaje. Dilma Rousseff y Michelle Bachelet, por sólo citar a dos presidentas cercanas, no encajan en el paradigma. Ninguna de las dos ha hecho culto de la personalidad ni ha desarrollado políticas cesaristas: fueron y son líderes de la nueva socialdemocracia latinoamericana, muy alejadas de un Chávez con faldas o una Evita posmoderna.

Cuando vi a nuestra Presidenta celebrar los diez años de su administración pensé en ese escandaloso vacío teórico sobre el neopopulismo, en cuánto ignoramos acerca de cómo influye la particular sensibilidad e intransigencia que acaso sólo una mujer puede demostrar ejerciendo esa forma de poder mágico, en el sexismo que aún existe y en algunos matices femeninos que emana su estrella.

Fue una ocasión excepcional, puesto que el aniversario redondo acontece en un contexto general de crisis económica y alta incertidumbre política debido a la caída de la imagen del Gobierno y a la desesperada necesidad de lograr una (por ahora) poco probable re-reelección. La pompa (un acto faraónico y multitudinario) y la circunstancia (todos los ojos de un país puestos en ese momento crucial) ameritaban razonablemente un gesto inequívoco y novedoso. Sus seguidores y también sus adversarios esperaban que Cristina se refiriera a la continuidad del "proyecto". Los primeros buscaban instintivamente el cese de una cierta angustia, la tranquilidad de que el movimiento nacional y popular seguirá adelante más allá de una coyuntura adversa y de una imposibilidad constitucional, con otra cara y con otro ímpetu. Los segundos aguardaban una definición que despejara los enigmas que todavía rodean a las verdaderas intenciones de la gran dama, hoy con mayoría absoluta en el Congreso, con el Estado nacional a su servicio y todavía dueña de la iniciativa política.

Cristina Kirchner pudo haber disipado las dudas de dos maneras: habilitando una pequeña lista de oradores en la que brillaran sugestivamente las posibles figuras de recambio, los eventuales líderes continuadores, o en su defecto, señalando de manera expresa en su discurso un nombre, o al menos la promesa de buscarlo. Contrariamente a eso, Cristina eligió ser exclusiva y total, forzando el drama. Habló sola y más que sola, y aunque se encargó de explicar que no era "eterna" pidió otra década kirchnerista. Y lo hizo aclarando que su único heredero es el pueblo. "Es necesario empoderar al pueblo y a la sociedad de estas transformaciones y estas conquistas para que ya nadie más pueda arrebatárselas", dijo. Todos se fueron de la Plaza convencidos de que Cristina es irreemplazable, y de que su único heredero es ella misma. Los líderes populistas, salvo enfermedad o catástrofe, no se retiran ni se cambian. Ernesto Laclau lo desaconseja.

Es interesante, siguiendo algunas analogías que sugiere el género, ver a Cristina como una especie de madre narcisista. El psicoanálisis no resuelve los misterios de la política, pero en el caso de poderes tan unipersonales a veces arroja un poco de luz sobre el líder absoluto.

La madre narcisista gestiona, en apariencia, de un modo desinteresado y exige, como contraprestación, que la amen por su vasta generosidad: muchas veces ni tiene conciencia de que para lograr "ser adorada por siempre" manipula y chantajea emocionalmente a sus hijos. Ese tipo de madres posee la seguridad íntima de ser mejor que todos y saber más que nadie, tener siempre la razón y sentir que el "mundo no la merece", según cuenta la psicoanalista mexicana Maite Sainz Manero, especialista en el tema. "Le cuesta trabajo establecer un vínculo emocional para poder entender a los otros -describe-. Se centra en sus propias necesidades. Es capaz de ser muy atenta y halagadora por momentos y mostrarse despreciativa y desinteresada poco después. Es muy hábil para salirse con la suya y conseguir siempre lo que quiere, a pesar de que, para lograrlo, tenga que pasar por encima de los demás. Envía mensajes mixtos a sus hijos: los hace ver como seres especiales y excepcionales y, al mismo tiempo, deficientes; es decir, por un lado admira y por otro devalúa. Puede llegar a ser agresiva en sus comentarios, incluso en sus acciones. Muchas veces utiliza a sus hijos para conseguir lo que quiere y satisfacer sus propias necesidades. Y para no quedarse solas, algunas madres narcisistas logran que sus hijos no se quieran separar de ellas, y los retienen a su lado. Esto representa algo sumamente egoísta, ya que impide que el niño crezca, se separe y tenga un desarrollo sano."

Los "hijos políticos" de Cristina Kirchner son pichones dependientes, soldados que tienen y no tienen el poder, que son y no son, y que montan guardia permanente para llevar a cabo cualquier capricho presidencial. Ni ellos ni los compañeros de ruta de Cristina han sido preparados para la contingencia de que se acabe la eternidad. Nadie florece ni levanta demasiado la cabeza. Todos actúan en blanco y negro, mientras la Presidenta trasmite a todo color.

El líder neopopulista se cree predestinado, y en el ejercicio de la soledad no puede resistir la tentación de creer que el movimiento nacional le pasa exclusivamente por el cuerpo, y entonces mezcla todo el tiempo sus deseos privados con las metas públicas, sus broncas personales con los intereses colectivos. Su grey enamorada lo admira hasta en sus errores garrafales. Son pasajeros que han elegido el avión y el aeropuerto de destino, y se abandonan con fatalismo suicida a las piruetas de un piloto antojadizo que los domina. Jamás se preguntan, por ejemplo, si para practicar el proteccionismo es necesario entronizar a Moreno, para manejar la economía destruir el Indec, para equilibrar las finanzas imprimir billetes sin respaldo, para aumentar el poder destrozar el federalismo, para combatir a Clarín intrusar a la Justicia, para resolver un expediente pactar con Irán, para dañar a un dirigente fragmentar la CGT, para proteger a un amigo justificar la corrupción.

Aun colocándose en las butacas de ese avión y aceptando por un momento su lógica, resulta sorprendente que los pasajeros jamás hayan cuestionado ninguna de esas decisiones. Son creyentes pasivos, hijos de una madre narcisista e intransigente, una Evita posmoderna dispuesta a forzar peligrosamente su eternidad, que no tiene herederos ni los quiere, y en quien han delegado sus vidas.

Qué misterioso piloto, qué extraño viaje, qué raro país.

© LA NACION.

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