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Editorial I

Uso y abuso político del arte

Opinión

La elevada calidad artística del pabellón argentino en Venecia termina siendo bastardeada por el afán propagandístico y desubicado de nuestro gobierno

El miércoles pasado, en anticipación a la apertura al público de la 55». Bienal de Venecia, que acontecerá hoy, los periodistas especializados, críticos y expertos en arte pudieron visitar los pabellones de la gigantesca muestra en un ambiente más sereno que el que predominará hasta su cierre, en noviembre próximo. Se trata, sin duda alguna, de uno de los acontecimientos más relevantes de las artes plásticas a escala mundial.

La Argentina tiene su pabellón en un lugar estratégico, ubicado junto al de la Santa Sede. Como el Vaticano es uno de los países que se presentan por primera vez en la muestra, su vecindad y el interés de su propuesta de aunar arte y fe suman más público al nuestro. Tampoco está lejos del pabellón italiano que, como país anfitrión, atrae muchedumbres, y del chino, extraordinariamente atractivo por la novedad de sus propuestas plásticas, impensadas en un país sometido a un régimen no precisamente amable con sus disidentes.

La propuesta del pabellón argentino, creada por Nicola Costantino, artista de innegable creatividad y sensibilidad, es de una elevada calidad artística, de un maravilloso despliegue técnico, de exquisita manufactura y de innegable valor plástico. Se basa en la figura de Eva Perón, personaje de clara pertenencia política, y lo hace con extraordinario respeto, con una lectura neutral e intimista que puede llevarse a cabo en varios niveles, aun el más crítico hacia el personaje así retratado, y que deja de lado tanto la exaltación mística como el folklorismo primitivo, que resultaría claramente incomprensible para el público internacional.

En lugar de caer en la retórica política, Costantino se concentra en la representación visual, auditiva y melancólica de los sentimientos encontrados y en las imágenes contradictorias que un ser humano, en circunstancias semejantes, a solas y en la intimidad, puede encarnar. Tampoco cae en una innecesaria reivindicación política ni en una exaltación religiosa del personaje. Desde el punto de vista de las exigencias de una muestra artística internacional y, más allá del juicio individual, la obra de Costantino pone a la Argentina en el nivel correspondiente.

Nuestro pabellón desarrolla su guión a lo largo de cuatro ambientes claramente diferenciados. Pero el público es inevitablemente conducido hacia un quinto, ajeno a la obra de Costantino y seguramente a contrapelo de su intención artística donde inesperadamente se pierden todos los límites y las formas, para caer en una tosca y burda utilización de esa obra con torpes fines políticos subalternos y autorreferenciales.

Lamentablemente, no existe una clara separación física entre la obra de arte y lo que eufemísticamente las autoridades presentes en Venecia llaman "propaganda institucional", por lo que la confusión entre el hecho artístico y la barricada es inevitable. La agresión al espectador es evidente. Se tergiversa y se abusa de este modo del sentido de la obra de arte. Exhibir videos con los jóvenes de La Cámpora junto a la obra de Nicola Costantino es, en la Bienal de Venecia, como mostrar otra vez la Biblia junto al calefón, pero ante la mirada atónita de la crítica artística internacional.

Para colmo de males, el catálogo de la muestra argentina es casi un panfleto, repleto de fragmentos de discursos presidenciales como si en nuestra cultura hubiera un antes y un después de la esclarecida palabra de Cristina Kirchner en materia de arte. En ningún otro pabellón se intenta una asimilación semejante entre arte y partidismo político como ocurre en el nuestro. En el pabellón chino ni siquiera hay símbolos comunistas.

Ocurre con frecuencia que es el artista quien, legítimamente, usa su arte como herramienta, testimonio y lenguaje de la política. También ocurre que la política use el arte para sus propios fines. Pero ello entraña un serio peligro: el mayor de los cuales es la pérdida de la libertad del propio artista, que constituye la materia prima de su capacidad creadora.

Ante los primeros visitantes de la Bienal de Venecia, especializados en la crítica y en la visión del arte, la Argentina ha introducido de rondón, junto a una evidencia legítima de su capacidad creativa, un lenguaje grotesco y desacostumbrado, fuera de lugar, ajeno a la tradición de la Bienal y de la libertad artística, que muestra otra vez el desconocimiento, la soberbia y el desprecio del Gobierno por los valores universales de la cultura..

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