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Palabras que desafían la realidad

Opinión

Hay una cualidad innegable en el decir presidencial, en su vuelo y su audacia. El progresismo que predica puede ser falso, pero se corresponde con el deseo de grandeza y desquite de un país humillado por la historia

Por   | Para LA NACION

La política es el arte de integrar la polis, la gran ciudad humana, en un proyecto común movilizante, y si la economía es crucial en ese proyecto, no es menos cierto que el fluido que fundamenta y consolida ese intento es el lenguaje. Si las ideas políticas no saben catalizarse en lenguaje, en palabras vastas y resonantes, vana es su proyección y nula su vigencia histórica. Casi ninguno de nosotros recuerda claramente la situación económica de la Francia de fines del siglo VIII o la de Rusia a principios del XX, pero la Revolución Francesa sigue viviendo en su lema inmortal: "Libertad, igualdad y fraternidad"; la comunista, en "Proletarios del mundo, uníos". Los responsables del destino histórico del mundo fueron inolvidables oradores, ya fueran despreciables o admirables, ya se llamaran Hitler o Martin Luther King. Ellos supieron proponer la implementación de los deseos racionales o irracionales de las multitudes a las que se dirigían, y aun cuando se inspiraban en ideologías y filosofías fuertemente articuladas, encontraron también las fórmulas representativas de un inconsciente colectivo que supieron adivinar y encarnar. Fueron grandiosos o escandalosos, desde el "Soldados, desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan" que presidió la insólita incursión africana de Napoleón hasta el "Sólo puedo prometerles sangre, sudor y lágrimas" de Churchill, que presagió la dura victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Pero nunca dejaron de ser memorables.

Guardadas las necesarias distancias, la aparición y desaparición de lemas y palabras en el discurso kirchnerista no debería escapar a la atención de partidarios y críticos. Transparencia y transversalidad, términos que decoraron eficazmente el advenimiento de Néstor Kirchner y nos ilusionaron a algunos, son palabras hoy prohibidas: desaparecieron ante la erosión del tiempo y de la realidad. La primera fue desterrada por nombres tan contundentes como Jaime, De Vido, Felisa Miceli, Antonini y los que hoy aparecen en la TV pública. Una suerte de pudor instintivo la ha borrado del vocabulario gubernamental. La transversalidad aparece un tanto decaída en tiempos de oposición golpista y periodismo destituyente. Un tabú poderoso rodea a la palabra clave de nuestros avatares económicos: quien la pronuncia incurre en delito de alta traición, de modo que la rodearemos aquí de un prudente e inflado silencio. Hay que reconocer, sin embargo, que ciertos términos resisten con todo el embate de los hechos: la bandera de los derechos humanos flamea impertérrita sobre los cadáveres de los Qom.

Pero luego de certificar estas desapariciones, es hora de reconocer los lemas y las palabras nuevas que han logrado cimentar el entusiasmo de las masas kirchneristas. Hay una cualidad innegable en el decir presidencial, en su vuelo y su audacia, que respaldan también su eficacia ejecutiva. Al recordar las hecatombes del neoliberalismo, no podemos negar la sensatez de la intervención del Estado en algunas materias económicas; pero cuando la Presidenta dice "Vamos por todo", pone al desnudo y sin trepidaciones un afán de absoluto que inmediatamente se traslada a los hechos. Y así se van rubricando las sucesivas etapas de apoderamiento de las distintas instancias a su alcance, desde las reservas del Banco Central hasta la persecución a la tenencia del dólar, desde la luz verde para la instalación de capitales mal habidos hasta la manipulación del Poder Judicial para lograr una impunidad aun mayor que la que hoy presenciamos. Hay una locomotora verbal que cumple su trayecto sin claudicaciones, con una admirable continuidad. Cuando al fin de la primera década anuncia la Presidenta que la segunda es necesaria para consolidar su itinerario, muestra sin remilgos su contagioso afán de continuidad: "Vamos por siempre".

No se trata, por lo tanto, de la imposición de un relato. Si bien los primeros años de la década mostraron que la conducción económica podía respaldar el lema "inclusión con crecimiento", la mayoría de los argentinos sabemos en nuestro corazón que la corrupción actual supera generosamente los desmanes de la era menemista; que el terrorismo de Estado no fue monopolio exclusivo de los militares, sino también de la Triple A en tiempos peronistas; que los avatares de Schoklender y Bonafini contradicen el heroísmo inicial de las Madres de la Plaza; que descolgar un retrato de Videla no es lo mismo que iniciar un juicio a la junta militar; que la Asignación Universal por Hijo fue iniciativa de la oposición antes de ser refrendada por este gobierno; que nuestro país se encuentra a la zaga de la mayor parte de los países del continente en parámetros de productividad y comercio exterior; que las enormes oportunidades desperdiciadas en materia de recursos naturales aumentan el desempleo y la pobreza; que los planes sociales en manos de punteros incrementan la desigualdad y fomentan el resentimiento.

El relato no es un cuento de niños para adormecernos, porque su demasiado clamorosa irrealidad lo destituye de toda credibilidad. Pero lo que es real y contundente es la presencia de una mujer todavía joven, dotada de una memoria espectacular y una palabra que sabe seducir o hipnotizar a su auditorio con su voluntad de acero y una elocuencia incuestionable. El suyo es sin duda el triunfo de la palabra. El progresismo que predica puede ser falso, y erráticas o erróneas las estadísticas y las medidas económicas que propone, pero su tenacidad y su desparpajo resultan magnéticos en un país donde la energía moral va declinando de modo alarmante. Hay una masa cautiva de su voz, una masa fascinada por esta mujer sorprendente, capaz de lanzar flechas individuales de una peligrosidad indiscutible, pero capaz también de hacer vibrar a su auditorio multitudinario con consignas mesiánicas que, por utópicas o desubicadas que sean, corresponden subterráneamente al deseo de grandeza y desquite de un país humillado por la historia y desorientado por la realidad contemporánea.

Hay una palabra amenazante aquí, que atrapa con su carisma hasta el punto de hacer olvidar el riesgoso pantano en que nos movemos: la república en peligro, la compra burda de votos y voluntades, el gasto público incontrolado y el crecimiento de una burocracia insaciable encubriendo la carencia de un verdadero plan de obras públicas que incremente las cifras del trabajo real. Los parches económicos que podrán implementarse hasta octubre son necesarios pero no suficientes: no son sólo los bolsillos sino los oídos los que deben ser satisfechos. "Digan lo que quieran" es la rotu1nda y omnipotente respuesta de la Presidenta ante las graves denuncias que la cercan: sólo importa concentrarse en "la plaza del futuro". Extraño como parezca, no se trata de mentiras ni desmentidos, sino de mandatos: hay palabras que desafían a la realidad y la suplantan. Y Cristina Fernández de Kirchner -importa reconocerlo y actuar en consecuencia- conoce como nadie el secreto de esas poderosas y peligrosas palabras.

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