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Testimonio

En el tren de la historia reciente

Economía

Para jugar un partido post-asado con amigos -que energía sobraba, tanto como pelo- y para ponerles un límite a las crecidas del río -que se repetían por entonces, pero hasta allí-. Para eso servía, al pie de la barranca de Roque Sáenz Peña, en el Bajo de San Isidro, la traza abandonada de lo que había sido, desde fines del siglo XIX, una línea de ferrocarril que unía Retiro con Tigre. Las vías estaban tapadas por el pasto o no estaban y las estaciones eran taperas o moradas de ratas.

Despuntaban los 90 y, justo en la mitad de la década, vimos llegar hasta allí la oleada de privatizaciones en forma de vagones verde inglés, con paradas en estaciones también muy british , desde Maipú, en el corazón de Olivos, hasta el Parque de la Costa, en el corazón de Tigre.

Fue caro desde que arrancó, más para los turistas que para los vecinos. También, una inyección de vida. He vivido el último cuarto de siglo a no más de 50 metros de sus vías, en tres casas distintas y siempre en la órbita de tres de sus 11 paradas: San Isidro, Barrancas y Anchorena. Como si de un ramal de historia reciente se tratara, podría identificar estaciones que se llamaran Nada, Apogeo, Decadencia y Subsistencia.

Vi su apogeo, con estaciones relucientes. Desde negocios con las mejores marcas hasta restaurantes, pasando por entretenimientos. Fui al gimnasio en Libertador, corrí por Anchorena, compré antigüedades en Barrancas, fui al cine en San Isidro, jugué al golfito en Punta Chica, comí en Marina Nueva, pasé por San Fernando, Canal y Delta para llegar al Parque, donde mis hijas se aprendieron de memoria la historia de Cara de Barro y varias veces se sobresaltaron con las explosiones de una batalla futurista que sucedía en... ¡2014!

Vi su decadencia, después. Descarriló con la crisis económica de 2000 y se encarriló como pudo en los últimos tiempos. Los rincones fantasmales de lo que fue conviven con el sueño de lo que puede ser: hay cines cerrados y carteles oxidados que llevan a ninguna parte, pero también algunas muy buenas intenciones, junto con las oficinas, una concesión a la necesidad. Algo de su espíritu ha sobrevivido al traqueteo de un país acostumbrado a salirse de las vías. Ojalá este tren siga marchando..

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