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La compu

Errores electrónicos que te hacen bajar de peso

Tecnología

Había vuelto a caer en las fauces de la adicción al tabaco. No importan los motivos. Estaba otra vez en esa horrenda situación de vivir pensando en dejar de fumar (además de estar devastando mi salud). No quería seguir con eso, y estaba dispuesto a ganarle al tabaco de forma definitiva. Es decir, siendo consciente de que quienes alguna vez fumamos cigarrillos somos adictos en recuperación de por vida.

Pero lo primero era atravesar el ingrato proceso de detox.

Por eso, para mi cumpleaños de 2012, pedí un fin de semana largo en alguna estancia de esas que están en medio de la nada. Necesitaba 72 horas sin tentaciones, sin quioscos, sin excusas; luego de esos tres días la crisis de abstinencia se vuelve más manejable y, con un poco de esfuerzo, recorrés las dos semanas que quedan hasta que el cerebro empieza a olvidar la inundación de dopamina producida por el tabaco y vuelve a ser capaz de funcionar normalmente sin ella.

Eso fue a fines de noviembre y funcionó de maravilla. Excepto porque durante esos 3 días resulté, como toda persona que está dejando el tabaco, un incordio. Pero lo conseguí. Cuando volví a Buenos Aires lo peor había quedado atrás y todo era cuestión de no confiar en los absurdos razonamientos que la mente teje para que volvamos a proveerle la letal nicotina. También atravesé esas dos semanas sin deslices; me ayudó en esto la ingeniosa app Cessation Nation, una suerte de red social de ex fumadores: play.google.com/store/apps/details?id=com.horner.ronald.cessationnation&feature=search_result#/t=W251bGwsMSwxLDEsImNvbS5ob3JuZXIucm9uYWxkLmNlc3NhdGlvbm5hdGlvbiJd.

Así, antes de que me pudiera acordar habían pasado dos cosas. Había erradicado el cigarrillo de mi vida. Y había subido 7 kilos.

Subir de peso es bastante normal cuando dejás de fumar, no sólo por la ansiedad, que te hace comer como un tiranosaurio, sino también debido a varias razones más complejas e invisibles: la nicotina aumenta tu metabolismo basal e interactúa con tus niveles de glucosa, reduciendo el apetito (entre otras cosas; otras son verdaderamente peligrosas). Cualquier fumador sabe que el cigarrillo reemplaza muchas veces al snack. Cuando el cigarrillo se va el snack regresa, recargado, y la balanza nos empieza a dar noticias pesadas.

Es asunto largo sobre el que hay mucha buena información en Internet, que, como las otras veces, me ayudó a comprender los retorcidos mecanismos que hacen que la nicotina sea tan endiabladamente difícil de dejar. Es decir, que, en el fondo, todo eso de que "nos gusta fumar" es una gigantesca mentira basada en que la nicotina activa el sistema de premios del cerebro y se asocia con actividades necesarias para la supervivencia (vaya paradoja). Me ocurrió, por ejemplo, paseando por San Telmo en plena crisis de abstinencia, que me llegó el inconfundible olorcito a asado de alguna parrilla y mi reacción, espontánea, impensada, fue: "¡No debo fumar!" Revelador: la abstinencia es una forma de hambre. Un hambre espuria, ficticia, pero hambre al fin. Dejar de fumar es como obligarse a no respirar o comer. Por eso la mente se rebela tormentosamente contra la falta de la droga. Ignora la diferencia entre nicotina o asado a la parrilla. Es patético, pero brutalmente real. Si algún amigo está pasando por esto, ténganle paciencia. La mente se desespera porque, en su intimidad química, el cerebro cree que estamos muriendo de inanición o de sed. No es broma.

En la mayoría de los casos, transcurridos unos pocos días, la mente olvida la nicotina y si nunca más volvemos a incorporarla, seguiremos libres. Es cosa de no robar ni una pitada, ni una sola. Así de simple. Así de complicado.

Yo y mi circunferencia

Cuatro meses después de aquel afortunado fin de semana largo, la balanza me estaba informando que había traspasado la barrera de los 80 kilos. Sí, el espejo también me lo decía. Y la ropa. Y mis amigos. Pero el numerito era palmario. Sobrepeso, informaba en LED bermellón.

Me sometí, pues, a una dieta. El primer mes no fue fácil, pero comparado con dejar de fumar resultó un picnic primaveral. Tras unos días de lecturas oscilatorias, la balanza empezó a indicar un descenso lento, pero sostenido.

Entonces, luego de un fin de semana sin mayores privaciones, volví a pesarme y la balanza me dijo que había bajado 2 kilos en 48 horas. Imposible.

Cuando tuve tiempo, ese mismo día, usé una de las balanzas con pesas, esas que no se pueden equivocar porque en lugar de electrónica usan la gravedad y resortes. Por supuesto, no había bajado 2 kilos (eso no habría sido saludable, además), sino los previsibles 300 o 400 gramos. Pero tenía un problema. Necesitaba una balanza confiable y cercana para alimentar con esos datos una app (Libra, para Android) que estaba usando para monitorear los avances. Un régimen sirve de bien poco si no se fiscaliza su progreso.

Así que me compré una balanza electrónica de lo más linda, la calibré y seguí con mi dieta. Mi meta era, cuando menos, ponerme en 75 kilos. Es decir, fuera de la zona de sobrepeso.

Durante los siguientes dos meses fue todo sobre ruedas, excepto porque en unas cuantas ocasiones hubiera dado mi salario de un año por unas buenas medialunas. Pero cuando llegué a los 75 sentí que el esfuerzo había valido la pena. De hecho, como me había acostumbrado a los nuevos hábitos y me sentía muchísimo mejor, bajé hasta los 73, donde me estabilicé.

Sin embargo, un lunes a la mañana, respetando mi monitoreo a rajatabla, me subí a la balanza y el display mostró: 70. ¿Perdón? ¿Me perseguía la maldición de la reducción espuria de peso? Sabía que no podía haber perdido 3 kilos en dos días; es más, si era cierto me encontraba en verdaderos problemas y tenía que llamar ya mismo a una ambulancia.

Me bajé. Volví a pisar en un ángulo para poner la balanza en cero. Me subí de nuevo. Setenta otra vez. Algo estaba mal. La superficie donde se apoyaba era lisa y sin inclinación; sabía, porque había leído sobre estos aparatos, que si los ponés sobre una alfombrita de baño, por ejemplo, pueden quitarte mágicamente de 5 a 8 kilos.

Tampoco había hecho ni mucho frío ni mucho calor durante la noche. Las baterías eran nuevas, o eso creía.

La puse en cero otra vez. Volví a subirme. ¡Y dale con 70! La balanza se apagó y me quedé mirándola intrigado.

Seguí con mi rutina matinal y antes de venir para el diario, sin poder sacarme de la cabeza el misterio, me volví a pesar: 73 kilos. Obvio.

Mientras manejaba para la Redacción le di vueltas al asunto. Estas balanzas se parecen bastante más a una computadora que a los mecanismos que la humanidad usó para medir el peso durante milenios.

¿Cómo funcionan? Tiene sensores en las patas que envían sus datos a un cerebro electrónico que los convierte en algo muy parecido a tu peso real. Son de verdad muy precisas, debo decir. Comparé su información varias veces con balanzas mecánicas y con objetos de peso conocido. Pero, de pronto, me quitó 3 kilos. Le di 12.000 vueltas, pero no pude resolverlo, pese a que la respuesta estaba delante de mis narices.

La ley de Ohm

Luego pasaron varios días en los que no hubo errores aunque, sujeto a mi desigual rutina, no tuve más remedio que relajar un poco mi dieta, con lo que subí a casi 74 kilos. Nada grave, a decir verdad, pero una mañana, hace un par de días, cuando fui a pesarme, adivinen qué pasó. Sí, exacto, me dijo que había bajado a 71. Redondos, por así decir.

OK, al parecer (y estoy especulando), el error era siempre de 3 kilos. Si la mañana anterior había pesado casi 74, no tenía sentido que ahora estuviera en 71. La puse en cero. Volví a pesarme. Setenta y uno. Mi cerebro iba a toda velocidad. ¿Qué estaba pasando? Entonces me di cuenta. Muchacho, me dije, esto es un error informático así de gordo.

Recordé que la vez anterior la falla se había corregido luego de apagar y volver a encender la balanza. Así que dejé que se apagara y dije: Te apuesto que cuando la vuelva a prender va a dar el peso correcto. No la moví de lugar. Esperé unos segundos. La encendí otra vez, me subí y gané la apuesta. Es decir, gané esos 3 kilos que una falla de alguna clase me había robado.

Para averiguar qué podría haber fallado hablé con el ingeniero Pablo Cossutta, profesor de electrónica que conoce muy bien los pormenores de estas balanzas digitales. Hablamos un rato largo y de muchas cosas, además de balanzas, microcontroladores y baterías; aquí va el resumen de su diagnóstico.

"Hay tres posibilidades para que se haya producido el error que me describís -me dijo-. Por un lado, que las celdas de carga (los sensores en las patas) no sean de la mejor calidad, que hayas pisado en uno de los ángulos con más fuerza que aquella para la que están diseñadas. Las celdas de carga son piezas de aluminio que cuando te subís a la balanza se doblan, y tienen una resistencia instalada de forma solidaria, es decir, que se dobla también, y al hacerlo cambia su resistencia eléctrica, y con esta señal se alimenta el microcontrolador, el chip que procesa la información y dice tu peso.

"Segunda, y es por la que me inclino, es posible que el microcontrolador que procesa la información de las celdas de carga se haya encontrado con un estado eléctrico inadecuado en el momento de arrancar. Esto haría que los contenidos de algunos de sus registros internos no tuvieran los valores correctos y conduciría a una falla de medición."

Tenía sentido, porque en ambos casos la falla se había corregido al apagarla y volverla a encender, en un caso con diferencia de segundos. No era improbable, por otra parte, que las baterías tuvieran alguna responsabilidad en esto.

"La tercera causa, quizá relacionada con la segunda, podrían ser las baterías. Son de iones de litio y duran unos 10 años, luego de eso no funcionan más. Podría ser que para bajar costos se hayan usado baterías que están muy cerca de la fecha de caducidad, lo que constituye otra fuente de problemas. Aunque para vos las baterías son nuevas, porque compraste el equipo hace tres o cuatro meses, en realidad podrían estar por vencer."

Me lo temía. A estas modernas balanzas, una bendición para quienes necesitan controlar su peso, las alcanzan las generales de la ley digital. También el dato de lo que pesamos se ha digitalizado y es en ese punto donde a veces, como en la PC o el smartphone, podemos encontrarnos con algunas sorpresas insólitas.

Pablo me dio muchos otros detalles, pero para no extenderme demasiado, los consejos que deduje tras hablar con él son estos: subirse con cuidado a la balanza, no apoyarla sobre superficies blandas o con desnivel, y si da un peso disparatado, no entusiasmarse ni deprimirse. Alcanza con apagarla y volver a encenderla. Posiblemente la solución más usada en la historia de la tecnología digital..

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