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Barras bravas, el realismo trágico

Opinión

Por   | Para LA NACION

Las intersecciones entre el deporte y la política son un clásico de la cultura argentina. La pasión por el fútbol es un material precioso, con resonancias múltiples y ambiguas que interesaron desde siempre al poder. Su cara luminosa evoca un juego plástico, emotivo, emparentado con la sana práctica de la catarsis colectiva, con el misterio de la fascinación por la pelota, con "la dinámica de lo impensado" que inmortalizó Dante Panzeri. Su cara oscura, en cambio, remite a la manipulación de las emociones, los negocios sucios y la violencia, expresada en múltiples formas de agresión, cuyos resultados más penosos son la destrucción de instalaciones, las peleas crueles, las palizas, los asesinatos.

Esta semana, mientras se discutían los horarios de los partidos, modificados por el Gobierno para distraer de las denuncias de corrupción, el presidente de Boca debió declarar durante horas, como testigo, por uno de los tantos homicidios vinculados con el fútbol. Al concluir el testimonio, este diario lo interrogó acerca de las barras bravas y su relación con el crimen. La respuesta constituyó un largo inventario de episodios y medidas en torno a la violencia en las canchas: auditorías, biometría, huellas digitales, carnet de aproximación, molinetes (altos, fijos, "liberados"), listas de admisión, filmaciones, aprietes, balaceras, escolta policial, asociaciones ilícitas. En contraste con esa parafernalia, la conclusión del dirigente fue de un realismo elemental, cómplice: los barrabravas son parte de la realidad, socios del club, contertulios de la confitería, nadadores de la pileta, personas a las que todas las mañanas cuando llego saludo con un "buen día", y cuando me voy despido con un "buenas noches".

No sabemos si el señor Angelici abrevó en el realismo, una corriente estética y filosófica que abarca diversos campos y tiene muchísimas acepciones. Acaso una de las definiciones del término, incluidas en el diccionario de Ferrater Mora, pueda condensar tanta diversidad y dispersión: el realismo se atiene a los hechos "tal como son", sin interpretaciones que los falseen o deseos que los violenten. Mal traducido al criollo: la única verdad es la realidad. Las barras bravas son reales; luego, son verdaderas. Una afirmación que aplana cualquier idealismo, naturaliza los hechos, consagra las costumbres. Deprime y paraliza a los que apuestan a erradicar la violencia.

El fenómeno de las barras bravas ha interesado en los últimos tiempos a la sociología argentina. Tal vez, su mejor exponente sea Pablo Alabarces, un intelectual con vocación transversal, ávido de entender antes que de justificar desde intereses ideológicos o económicos. Sus polémicas en 6,7, 8 atestiguan esa sensibilidad. La explicación de este sociólogo es sugerente: el hincha de fútbol argentino se mueve en la lógica cultural del "aguante", "una moralidad fantástica, bien organizada, muy compacta", según sus palabras, cuyo mandato es pelear en defensa del honor mancillado. Ante la afrenta -por ejemplo, irse al descenso-, el aguante responde con la violencia. Se venga la ofensa peleando con la hinchada rival, con la policía, con quien se ponga enfrente. Es la lógica de "matar o morir", a veces espoleada por cierto periodismo. Alabarces desecha la fácil denominación de inadaptados o salvajes para referirse a los barrabravas. Prefiere hablar de otra racionalidad, de una cultura alternativa que es preciso descifrar y entender.

La explicación de Alabarces, que interpretaré con libertad, se basa en la lógica del aguante, de la que se benefician las propias barras y los dirigentes que las inventaron, aunque ahora miren para otro lado o convivan hipócritamente con ellas, como el mismo Angelici deja entrever. El aceite que lubrica este sistema es el dinero clandestino, del que participan periodistas venales, intermediarios, dirigentes, barras. Ese dinero se distribuye en porcentajes entre las partes que intervienen. Así, el aguante se trueca por plata sucia para enriquecimiento personal, viajes, coimas, tráfico de armas y drogas, delitos comunes, formación de fuerzas de choque, etcétera.

Al Gobierno y a algunos dirigentes políticos les interesa el aguante. Les resulta útil. La dialéctica del amigo y el enemigo calza perfectamente con sus intereses. Es el capital simbólico a manipular. Aunque no existen estadísticas concluyentes, se estima que la violencia en el fútbol es mayor o igual a la de décadas pasadas. Dictadura militar, neoliberalismo y populismo establecieron y alimentaron vínculos parecidos. No se advierte hoy ninguna intención verdadera de transformar el sistema. Los especialistas consideran que sólo se han tomado medidas aisladas y espasmódicas.

El pensamiento de Angelici no es una variante del realismo mágico, aunque la "moralidad fantástica" de las barras podría habilitarlo. Es apenas realismo trágico, una hipoteca social que el poder no quiere levantar.

© LA NACION.

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