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Editorial I

Crisis de la monarquía española

Opinión

El rey Juan Carlos debería reconocer su responsabilidad en el proceso de deterioro que sufre la corona de España y abdicar en favor de su hijo Felipe

Frente al telón de fondo de la reciente abdicación de la popular reina de Holanda, y algunos gestos de la corona británica, la imagen de la monarquía española luce, en cambio, profundamente deteriorada. Hay en esto una coincidencia que impregna el debate institucional en la península. En esta visión convienen hoy casi todos los partidos políticos de nuestra Madre Patria.

El proceso de desgaste de la monarquía española ha sido lento, pero continuo. Es, en rigor, anterior al escándalo lamentable que se desatara en torno al "caso Urdangarin", que, vinculado con la corrupción, estalló en noviembre de 2011 y que ha rozado hasta a la propia infanta Cristina.

El proceso de deterioro se profundizó en abril del año pasado, con otra muy poco oportuna aventura del safari africano en el que Juan Carlos terminó empantanado. El episodio estuvo envuelto además en el escándalo por una supuesta relación romántica con una princesa alemana, 25 años menor que él, y que obligó al rey a tener que pedir apresuradamente perdón a su pueblo.

Pese a ello, Juan Carlos señaló, en enero pasado, que no tiene intención alguna de renunciar. Por ello, la monarquía española vive hoy lo que luce como el momento más delicado desde su restauración, y consecuencia de lo que para ella parece haber sido un auténtico " annus horribilis ". Esas sombras contrastan con el luminoso papel que le tocó representar a la corona en el momento de la organización de la democracia peninsular, a partir de la muerte de Francisco Franco, en 1975, y de la sanción de la Constitución, en 1978. Aparentemente el monarca hispano que había demostrado gran olfato político durante esa compleja transición no advierte ahora que él también ha sido partícipe principal de la pérdida de imagen y valores que castiga hoy a la familia real. Parece llegada la hora de considerar seriamente abdicar a favor de su hijo, el príncipe Felipe, y asegurar así la continuidad de la monarquía, tan cuestionada como institución, sobre todo en el contexto de la dura crisis que afecta a ese país. Seguramente la historia se encargará de rescatar sí la gran abnegación y dignidad de la reina Sofía para sobrellevar tantos escándalos.

La abdicación no ha sido un gesto inusual en la historia de la monarquía española. Abdicó el emperador Carlos I de España y V de Alemania, y se retiró al monasterio de Yuste; también lo hizo el fundador de la casa borbónica, Felipe V, igual que Carlos IV, Isabel II y Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos.

Y si bien no se trata de un monarca, la renuncia de Benedicto XVI a la Santa Sede se ha constituido en una lección invalorable. En una época tan dominada por el egocentrismo, el papa Ratzinger supuso algo inusual: que alguien podía realizar su trabajo mejor que él. ¿Podría pensar eso el rey de España de su hijo?

La elección entre la monarquía y la república ha sido y seguramente será un dilema para los españoles, profundamente divididos sobre la cuestión, con partidarios y detractores en ambos bandos. La corona española, sin embargo, ha logrado aportar por muchos años una cuota importante de estabilidad a su país, y ha merecido el consiguiente reconocimiento interno y externo.

Para defenderla en los tiempos difíciles por los que atraviesa España, el rey Juan Carlos debería considerar y comprender que él no es, en rigor, el árbitro de la situación, sino, más bien, una parte central del problema que pareciera necesario enfrentar y resolver sin demora..

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