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Opinión

Una independencia deformada que no incentiva la calidad

Sociedad

Por   | Para LA NACION

Hay varias formas de independencia universitaria. Y todas pueden ser deseables según cómo se organicen y creen incentivos para el buen desempeño de la educación, la investigación y el desarrollo del pensamiento. Una de ellas es la académica, que no es sólo respecto del gobierno de turno, sino también respecto de las alineaciones partidarias y de las corrientes de ideas dominantes, incluso dentro de cada disciplina. Se puede lograr, por ejemplo, cuando se define la libertad de cátedra o la autonomía de cada facultad dentro de las universidades, etc. También está la independencia gremial de cada profesión, que les permite a sus representantes defender intereses específicos frente a la política.

El sistema universitario público argentino tiene varios problemas en estos terrenos, algunos relacionados con una deformación de la independencia respecto del Estado, que se convierte en partidización facciosa, y permite que las instituciones universitarias funcionen en ocasiones como meras agencias de captación de presupuesto público: de allí que se multipliquen las universidades nacionales, el número de carreras que ellas ofrecen, sin ningún plan, y se inflen los padrones de alumnos sin preocuparse por la calidad de la formación ni por el porcentaje de alumnos que no terminan sus estudios. Esto puede atribuirse en alguna medida a que ni el mercado ni el Estado son capaces de regular el sistema para que imperen criterios de calidad. No se logra por medio de la competencia, a la que el sistema se sustrae precisamente por su carácter "público" y el financiamiento estatal que utiliza, ni mediante la imposición de estándares de rendimiento que condicionen la orientación de ese financiamiento, debido justamente a su "independencia". Como sea, no se garantizan criterios profesionales en la toma de decisiones y, por eso, la universidad argentina ha ido perdiendo competitividad en la región. Las dificultades tienden además a agravarse con el tiempo porque el mismo sistema es incapaz de administrar su autorreforma, y una intervención desde el Estado queda en principio invalidada, de nuevo, por la independencia.

Otros sistemas

En países como Brasil también el sistema es predominantemente público, y relativamente autónomo, pero imperan criterios de eficiencia establecidos por la política pública, vía asignación condicionada de recursos, lo que crea incentivos para competir por los mejores docentes e investigadores y por mejorar las tasas de graduación, posgraduación, etc. Los gremios profesionales participan activamente en este sistema, velando por la calidad universitaria. En Chile y en Perú, en cambio, los actores privados son más gravitantes, pero el Estado también interviene estimulando la competitividad del sistema con ayudas a los alumnos. Ambos sistemas pueden funcionar. El nuestro no.

En la Argentina el acceso a la universidad es mucho más fácil que en esos países, pero también es mucho más fácil que el esfuerzo se frustre: los sectores más bajos llegan muy mal preparados del secundario y no existe ninguna política ni del Estado ni del propio sistema universitario para evitar que fracasen, abandonen, o se vuelvan estudiantes crónicos. Así, el carácter público del sistema termina siendo una farsa, que favorece a los que vienen ya mejor preparado, muchas veces procedentes de la educación privada.

El cogobierno universitario no parece ser un instrumento adecuado para revertir estas tendencias. Su buen funcionamiento depende básicamente de que, al menos, el cuerpo docente sea capaz de preservar su cohesión y criterio profesional, y eso muchas veces no se cumple. Un trágico ejemplo es lo sucedido en la última década en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, arrasada en gran medida por la partidización facciosa y la fractura de los gremios profesionales.

Es cierto que otras facultades de la UBA sobreviven al sistema mucho mejor. Pero como universidad ha dejado de cumplir hace mucho un rol innovador e impulsor del resto. ¿Se necesita entonces un reformismo "desde afuera", que en alguna medida sacrifique la autonomía? En los últimos años lo que se promovió desde arriba fue otra cosa: la creación de más universidades que en general ya nacen con la marca del partidismo y con la excusa del autogobierno lotizan el presupuesto universitario, llegando al absurdo de que Argentina tenga hoy más universidades públicas que muchos países de Europa que la duplican en población y quintuplican en PBI..

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