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El medio es el mensaje

Los intelectuales esconden la corrupción

Opinión

Ascético, poco dado a la concesión fácil, el intelectual clásico era hasta no hace tanto pura coherencia por fuera y por dentro: ropa sin marca y baqueteada, lujos desconocidos y vida casi monacal, café y libro junto al ventanal melancólico de un viejo bar. Y no mucho más.

Su distintivo era una línea de conducta intachable a través del tiempo y cierto pesimismo existencial que, de todos modos, no invalidaba sus bríos para librar nuevas batallas.

Desde que Carta Abierta nació tras el conflicto con el campo, ese intelectual arquetípico fue perdiendo densidad y se evaporaron algunos de sus rasgos esenciales.

Se volvió más cauto y parco. La incorrección, que antes era tan bienvenida y necesaria para actuar como vital revulsivo de lo establecido, cedió ante "lo que conviene" decir y callar. Desde que ese colectivo de neuronas legó al kirchnerismo uno de sus giros predilectos ("los intentos destituyentes") es como si se hubiese colocado a sí mismo un grillete que le dificulta los movimientos y le exige obrar en consecuencia, como diría el General, "sin sacar los pies del plato".

Esta asumida claudicación trajo consecuencias sobre sus discursos, orales o escritos, que por lógica se empezaron a volver menos sinceros, más afectados. No es casual que a medida que hubo más cuestiones para esconder o para pasar por alto que para revelar, la sintaxis se volviera más críptica, menos legible, más laberíntica y retorcida, hasta en algún punto involuntariamente paródica.

Los graves temas de corrupción que trascendieron últimamente ponen a estos pensadores ante una disyuntiva que no están sabiendo resolver con la lucidez esperada a instancias de sus tantos saberes adquiridos. Lo peor de todo es que los traiciona como austeros referentes de la sociedad, antítesis de la codicia que siempre supieron representar con sus ejemplos de humildad manifiesta. Los somete a una extraordinaria y perversa contradicción: quienes hicieron más votos de ascetismo republicano se ofrecen a ocultar tras sus bosques de confuso palabrerío a los que lucran con los dineros públicos.

El que más se animó con lenguaje descarnado y sin esquivar el bulto fue hace menos de dos años José Pablo Feinmann cuando dijo a este diario: "Es muy incómodo adherir al gobierno de dos multimillonarios que te hablan del hambre". Eso sí: no le gustó que se usara ese textual como título de la nota y su aclaración, ante el principal referente radial del ultrakirchnerismo, empeoró las cosas de manera alarmista al aventurar que "Cristina está haciendo una política tan arriesgada en tantas cosas y está nucleando tantos odios de la derecha que en cualquier momento se tiene que rajar de este país. Y tiene que tener dinero para hacerlo".

En esa ocasión, Feinmann, sin querer, echó las bases de la justificación de la corrupción, que ahora sus compañeros en las letras, las artes y la filosofía abrazan con tanta pasión: "Convengamos que el enriquecimiento es una modalidad universal de la política". Y para digerir mejor y con naturalidad ese sapo, intentó desviar la atención hacia otros robos, verdaderos o supuestos, en distintas etapas de la historia argentina, con la intención de hacer más leves los actuales o, mejor, para que éstos se diluyan por completo.

Con el fenómeno Lanata en creciente ebullición, y sus consecuentes cimbronazos en los ámbitos político y judicial, los intelectuales de Carta Abierta se vieron forzados a expedirse sobre tan incómodos temas, pero lo hacen tomando muchos más recaudos que Feinmann en su momento. Obvio: se han estrechado los márgenes para disentir.

"La corrupción es un concepto difícil", lanzó enigmático el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González.

Para el escritor Vicente Battista la corrupción que pueda registrarse ahora sería muy distinta de la que hubo en tiempos del menemismo. "Hay gobiernos que son corruptos y hay corruptos en un gobierno. Es una diferencia. La corrupción existe en todos los países del mundo, incluso en Finlandia", dijo a manera de exculpar las "desviaciones" que puedan darse por aquí hoy en día.

Ricardo Forster, por su parte, se mostró airado de que "el tema recurrente, obsesivo y casi salvaje sea el tema abstracto de la corrupción con las formas de bóvedas y de cajas fuertes". ¿"Abstracto", dijo? Así es.

Hasta el gran Tito Cossa, gloria viviente del teatro argentino, contó en la contratapa de Página 12 del jueves que cuando un taxista le señaló que en este gobierno "roban mucho", él, sin negarlo, le respondió: "Las corporaciones roban más" (no aclaró si las "corporaciones" que trabajan codo a codo con el Gobierno o las otras).

Pero la gran "obra magna" en materia de negar los negocios espurios que se hacen a costa del erario es la reciente Carta Abierta N° 13 que denuncia, con abigarrado estilo, el "avance impiadoso de una narrativa mediática que apunta a deslegitimar, bajo la forma de un relato brutal", por medio de "acciones profunda y visceralmente desestabilizadoras" y "con menos pruebas que arietes dirigidos a mansalva".

Se extraña la franqueza nihilista, la mayéutica brutal de Feinmann, tanto más clara: "Que Néstor y Cristina hayan afanado algunos cuantos mangos, y sí, me molesta, pero eso no arruina todo lo que están haciendo"..

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