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En busca de la novela perfecta (para regalar)

Opinión

Hace algunos días, en su columna en el diario Perfil, el novelista y editor Damián Tabarovsky escribía: "Es difícil -y levemente fascista- definir qué hay que leer y cuánto hay que leer; qué significa haber leído y cómo se verifica la ignorancia. Son preguntas -ironías- del orden de lo privado, que tienen muchas dificultades para ser operativas en el espacio público". Habrá que concederle cierta razón, pero también (conociendo la afición de Tabarovsky por las boutades ) recordar que fue él mismo el que escribió (¡hace ya casi una década!) un ensayo llamado Literatura de izquierda, en el que precisamente se dedicaba a señalar quiénes eran los autores argentinos contemporáneos que valía la pena leer, y sobre todo a mencionar a los que no merecían el esfuerzo. ¿En qué quedamos? Sabemos que un buen editor se dedica básicamente a realizar un trabajo de selección: decide qué publicar y qué dejar pasar, con suerte construye un catálogo, y los lectores se lo agradecerán o no, según los gustos. ¿Y un crítico? ¿No es una de las responsabilidades de su oficio poner algunos libros sobre otros, destacar a qué autores prestar atención y por qué, generar nuevos sentidos alrededor de ciertas obras, establecer un criterio personal del gusto e intentar convencer a sus lectores para que le hagan caso?

Un buen editor se dedica básicamente a realizar un trabajo de selección: decide qué publicar y qué dejar pasar

Si la respuesta es sí, un buen crítico sería entonces alguien que se ocupa de definir qué hay que leer y cuánto (que lo haga de una manera elegante o fascista ya es otro tema). Algunos podrán escapar del enfoque meramente analítico, o biografista, o interpretativo, o narrativo. O del destino de convertirse en un reseñista o recomendador de libros profesional. Que cada quien encuentre el crítico literario a su medida: no es un oficio fácil, el trabajo tampoco paga las cuentas, y mucho de lo que se publica en materia literaria ni siquiera vale el esfuerzo de las horas invertidas en la escritura de una columna breve. Pero cada tanto todos estos reparos y consideraciones desaparecen, precisamente cuando aparece uno de esos libros que creemos perfectos, que sin hacer concesiones al gusto popular ni disfrazarse con los ropajes del midcult, nos empujan a salir a recomendarlos como arrasados por una revelación o un ataque de fe.

Pasa poco, una o dos veces al año, pero pasa. Y aprovechamos cualquier ocasión para regalarlo, porque confiamos tanto en el poder de su atracción que creemos que puede gustarle a cualquiera (a quienes leen todo el tiempo y a los que no leen nunca). Hablando con una amiga que se dedica a la crítica literaria, me contaba que tuvo una época en que regalaba siempre los libros de la irlandesa Claire Keegan, porque sabía que no iba a equivocarse. Lo mismo hacía otro crítico años atrás con la novela Los enamorados de Alfred Hayes. Y por estos días un fenómeno parecido parece girar alrededor de El viento que arrasa, de la argentina Selva Almada. Creo haber encontrado, ahora, el libro que voy a regalar este año ante cualquier oportunidad: se llama Mi ángel tiene alas negras, lo escribió un tal Elliot Chaze y lo publicó la editorial La Bestia Equilátera.

Chaze nació en Louisiana en 1915 y murió en el sur de los Estados Unidos en 1990. Dedicó casi toda su vida al periodismo, pero escribió unas diez novelas. Mi ángel tiene alas negras cuenta la historia (¡enfoque narrativo!) de un ex presidiario que planea el robo perfecto. "Que me muestren al hombre que nunca haya mirado con interés un camión blindado, y yo les mostraré un portento de la naturaleza", dice el protagonista del libro, Tim Sunblade. Sunblade conoce a Virginia, una rubia fatal, cuyo atractivo describe de esta manera: "La he visto entrar en una habitación llena de mujeres bonitas, como Loralee y las demás, mujeres que tenían una silueta atractiva y un color fuerte y nítido hasta que aparecía ella. Pero cuando estaba Virginia, perdían forma, textura y tonalidad y mientras ella se quedaba era como mirar a las demás a través de una botella de Coca". Cuando se conocen, forman una de esas parejas delictivas inolvidables (¡enfoque descriptivo!), y los seguimos en sus devaneos y aventuras rogando que todo vaya bien, aunque tengamos la certeza de que de un momento a otro todo va a salir muy mal.

Alguien se refirió al libro como una historia de amor de consecuencias fatales. Pero Mi ángel tiene alas negras es, tal vez (¡enfoque interpretativo!), un libro que describe la ambición por el dinero ("supongo que la libertad y el dinero para disfrutarla son una especie de religión, una religión muy exclusiva"), a través de personajes que saben que todo dinero acumulado en cantidad es siempre producto de un despojo ("Le respondí que no tenía que olvidarse del robo para sentirlo natural, que la mayoría de sus nuevos amigos habían robado el suyo de algún modo, o sus padres y abuelos"), dinero que no por eso pierde su poder de fascinación ("El verdor del dinero no se compara con ningún verdor de este mundo: un verdor opaco, despreocupado, relajado"). Una novela pesimista ("Por mucho que vivas, no hay muchos momentos realmente deliciosos en el camino, ya que pasamos la mayor parte de la vida comiendo, durmiendo y esperando que ocurra algo que nunca ocurre"), pero al mismo tiempo extrañamente luminosa. Me entrego finalmente al pobre destino del recomendador profesional: usted vaya y leala, y después me cuenta..

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