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Día del Padre

Después de 30 años podré llamar a papá

Sociedad

Carolina Ortega, que este año encontró al subir a un taxi al padre que la abandonó hace tras décadas, homenajea en esta columna a los hombres que la criaron y al que reencontró y perdonó

Por   | Para LA NACION

Hoy, después de 30 años , voy a tener un número telefónico donde ubicar a mi viejo para desearle feliz día.

Algunos dicen que fue el azar , los creyentes se lo atribuyen a Dios. Sea lo que fuera, llegó en el momento justo en el que no queda siquiera una hilacha de rencor por su ausencia. "¿Por qué?", me preguntan algunos, incrédulos. Porque con el tiempo aprendí que esta que soy, es, en buena parte, gracias al viejo que no me tocó en suerte. ¿Cómo? Sí, gracias al papá que no tuve presente la vida me regaló dos que me cambiaron la vida.

Uno fue Abuelo Aníbal (con mayúsculas), el papá de mi mamá. El que me enseñó el valor de los pequeños gestos cada vez que paraba a ayudar, aunque llegase tarde, a una vecina cargada de bolsas. O cuando veía a un vecino cortando el pasto, y se acercaba a barrerle los restos para alivianarle la tarea. Porque sí, porque "hay que hacer lo que hay que hacer". A sus pies aprendí las tablas de multiplicar; que nada mejor para un puchero que hueso de caracú y que todos los días, así hubiese sido la peor jornada laboral, había que llegar a casa con flores y risas.

El otro fue mi Tío Amílcar, hermano de mi mamá, el de los silencios largos y las palabras justas. De él aprendí mucho, pero si hay algo que le agradezco haberme enseñado es el amor que le tengo a la libertad: de ser, de sentir, de pensar. En tiempos en el que amar distinto a las convenciones era considerado una aberración, Amílcar me enseñó a que ser gay no sólo no era pecado sino que no era impedimento para ejercer como padre de dos chicas bastante lieras, criadas a potrero y poca TV. Él se encargó de que todos los años tuviese zapatos nuevos para la escuela, de regalarme el primer libro, hasta de acompañarme a tomar la primera comunión en una institución que le era esquiva.

Cuando nos reencontramos con mi viejo cara a cara, lo primero que me sorprendió es que estaba tranquilo con lo que iba a encontrar "de este lado", o sea, conmigo. "Sabía que las iban a criar bien. Tu mamá siempre fue madraza". Y es cierto, una mujer que miró para adelante con dos hijas chiquitas en un contexto social y económico complicado. Pero hoy quiero homenajear a esos dos ayudantes de lujo que la vida le puso al lado. Silenciosos, siempre dispuestos, repletos de amor incondicional. Con Tío Amílcar estaremos discutiendo si comemos unas pastas o asado, justo cuando salga publicada esta columna. Por Abuelo Aníbal rezaré, como lo hice durante los más de mil días que el Alzheimer lo tuvo tan lejos y tan cerca a la vez, hasta que se fue.

Con mi viejo seguro hablaré. Casi no nos conocemos, veremos qué nos depara el futuro. Porque esa es otra cosa que aprendí estos días: los lazos que nos unen a ciertas personas son más fuertes que las afrentas, se imponen más allá del tiempo y la distancia.

En días como el de hoy, los padres suelen ser descriptos casi como superhéroes, de esos de los cuales se pueden contar anécdotas de hazañas cotidianas con orgullo. No está mal, pero descubrí que para superhéroes y villanos, mejor las películas. Que en la vida real prefiero al viejo que me tocó en ausencia durante tanto tiempo y a esos dos que me regaló el destino. Padres, humanos, grandes en sus mezquindades y debilidades. A los que podemos conocer cuando la capa de superhéroe se corre un poquito, y a los que nos reencontramos cuando tenemos el corazón listo para perdonar y ser amados..

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