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Parques de diversiones: el ocaso de una forma de entretenerse

Sociedad

Durante décadas, en la Argentina fueron sinónimo de festejos y paseos de fin de semana; hoy apenas subsisten un par de centros con pocos juegos; dudas por el Parque de la Costa tras la expropiación

Por   | LA NACION

Traspuso el arco iris multicolor y supo que estaba en la tierra de la diversión. El 10 de julio de 1984 es una fecha que Matías Martínez no olvidará. Ese día, cuando cumplió diez años, su madre le habilitó una cuponera con acceso ilimitado a los juegos del Italpark. Subió 17 veces a Cohete, la montaña rusa roja, 14 veces al Súper 8 Volante y 10 veces al ThunderJet. "Cierro los ojos y todavía veo la bajada infinita de la avenida Córdoba. Es el recuerdo más fuerte que tengo de mi infancia", cuenta Matías, que tiene 38 años y es analista en sistemas.

La noticia de la expropiación del Parque de la Costa, el último megaparque de diversiones en pie en el país, fue para muchos un golpe al arcón de los recuerdos. Aunque se promete que seguirá funcionando como hasta ahora, también son muchos los que creen que correrá igual suerte que el Parque de la Ciudad, al pasar a manos públicas.

Por años, para muchas generaciones los parques de diversiones fueron un lugar de encuentro. El punto de partida de una aventura colectiva, el lugar donde enfrentarse a emociones fuertes a una corta edad. La Argentina ostenta el honor de haber albergado el primer megaparque de diversiones de América latina, el Parque Japonés, que llegó en 1911, en donde años más tarde se levantaría el Italpark.

 
 

Pero, a diferencia de lo que ocurrió en otros países, como en Brasil, donde actualmente hay unos 65 megaparques, en la Argentina las diversiones mecánicas se han ido extinguiendo.

Actualmente sobrevive sólo el Parque de la Costa, de futuro incierto, y dos centros muchos más pequeños que se levantan en Luján: ArgenPark y el Parque de Luján, que albergan muchos de los juegos que deslumbraron a los chicos argentinos en los 80 en el Italpark y en Parkerama, un parque itinerante español que finalmente se afincó en esa ciudad del oeste bonaerense.

Interama, convertido en Parque de la Ciudad, está cerrado desde 2007, después de una fugaz reapertura. Hoy, un grupo de fanáticos reunidos en la Asociación Argentina de Amigos de los Parques de Diversiones libran una batalla de recursos de amparo para evitar que sea completamente desmantelado. Aseguran que con el correcto mantenimiento los juegos podrían volver a funcionar. Pero la mayoría ya han sido directamente desguazados.

Del olvido, o mejor dicho del óxido, han logrado sobrevivir otros dos parques itinerantes: Superpark, que recientemente estuvo en el partido de Avellaneda y acaba de instalarse en Rosario, y Megaplay, de gira por Santa Fe. Hoy, el parque más grande de la región está en Brasil, en el estado de Santa Catarina, y pertenece al empresario televisivo Beto Carrero, que fue comprando los mejores juegos del Italpark y armándolos allí.

Coleccionista de montañas

Cada año, cuando llegaba su cumpleaños y sus padres le preguntaban cómo quería festejarlo, Gastón Nicolea, que hoy es arquitecto y tiene 41 años, repetía lo mismo: en el Italpark. Los años pasaron y su amor por los parques de diversiones no retrocedió. Hace un tiempo, un amigo le hizo el mejor regalo desde que era chico: un carrito original del Súper 8, la emblemática montaña rusa a la que se habrá subido centenares de veces. El carromato tiene el tamaño de un Fiat 600 y fue a parar a la casa de sus padres, en Flores, para ser restaurado.

"Para mi generación, los parques son parte de nuestra historia. Visitarlos era una de las cosas más lindas que te pasaban en el año. Era un lugar para encontrarte con tus amigos y a la vez donde enfrentar emociones fuertes a una corta edad", cuenta Gastón.

Gabriela Wist era una afortunada. Su madre trabajaba en la imprenta que hacía las entradas de Interama y, en consecuencia, ella podía ir cuantas veces quisiera al megaparque que abrió sus puertas en 1982, en el barrio de Villa Soldati, en la zona sur de la ciudad.

 
Los autitos chocadores, un clásico de ayer y de hoy. Foto: LA NACION / Maxi Amena
 

"Iba todas las semanas y más de una vez por semana. Iba con amigos o con la familia. Y después me acostumbré a ir sola", cuenta. Aún recuerda los cospeles que se usaban al inicio para activar los juegos mecánicos, que después fueron reemplazados por boletos blancos o naranjas. Hoy, Gabriela es parte de Unidos por el Parque de la Ciudad, otra de las asociaciones que luchan por la reapertura de ese parque.

Sus juegos favoritos eran el SkyDiver, una rueda con cochecitos individuales que giraban en su propio eje y de los que uno seguro se bajaba mareado; el Alpen Blitz, una montaña rusa que no duró mucho, y el Speedway, que eran los autitos chocadores.

Hace dos años, su fanatismo por los parques de diversiones la llevó incluso a tatuarse la imagen de la torre del Parque de la Ciudad. Gabriela, que tiene 45 años, intentó compartir su pasión con sus hijos de 24 y 21 años. Fueron al Parque de la Costa. Pero aunque ellos lo disfrutaron, no fue la misma pasión que despertaba a esa edad la adrenalina en su madre.

"Les gusta. Pero para las nuevas generaciones los parques de diversiones significan otra cosa", explica.

Hoy, Gabriela se dedica a coleccionar fotos originales de los parques de diversiones. "Las compro por Internet. Es como volver a vivir la emoción", dice.

Todo por oír ese clack

Flavio Rodríguez es otro de los fanáticos del vértigo que dejó sin su meca el Italpark. Vivía cerca y solía ir los días de semana, cuando no se cobraba entrada, sino que sólo se pagaban los juegos. Entre los recuerdos y artículos coleccionados, atesora los cospeles originales y dice que aún recuerda el sonido que hacían, ese clack que emitían antes de habilitar la entrada al juego. La adrenalina ya comenzaba a palpitarse. Flavio compiló todas esas experiencias y las editó en un libro que el año pasado publicó la editorial Olmo: La Vereda del recuerdo, parques de diversiones de la ciudad de Buenos Aires .

El relato comienza en 1911, con la apertura del Parque Japonés, e incluye un relato de una entrevista a Leonardo Favio sobre su fanatismo por el Nuevo Parque Japonés, ese que se inauguró años después del incendio que en la década del 30 obligó a clausurar el predio. Años más tarde, cuando la Argentina se declaró a favor de los aliados y contra el Eje, el parque perdió su nombre y pasó a llamarse Parque del Retiro.

Luego, los hermanos Zanon llegaron a la Argentina desde Italia, en bancarrota. Habían quedado sin trabajo tras la victoria de los aliados. Fabricaban giroscopios para Japón. Pasaron por Uruguay y poco después instalaron en Libertador y Callao un parque que contaba con pocos juegos, pero con muchas novedades: el Italpark.

Cuando todavía era el Parque Japonés, allí se filmó el primer corto de Favio, El amigo . "Nos pasábamos todo el día dentro del Parque Japonés, que estaba enfrente de la pensión. Era un mundo mágico, un universo de enanitos, saltimbanquis, tragasables, lanzallamas. Empezaba a las tres de la tarde y seguía hasta las dos de la mañana. Era un territorio donde nunca acababan los sueños. En el parque, el ruido era ensordecedor, pero no feo, porque cada ruido correspondía a un sueño. Que yo me acuerde, el Parque Japonés nunca agotó mi asombro", confesó Favio..

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