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El escenario

La violación que no existió, otra mancha en la cobertura mediática

Seguridad

Por   | LA NACION

La "confesión" de Jorge Mangeri, encargado del edificio de Ravignani 2360, relatada en un comunicado por la fiscal del caso, puso un mínimo de claridad al seguimiento público de la investigación del asesinato de Ángeles Rawson. Pero también ocultó los errores groseros de la cobertura periodística del caso en general.

La presunta admisión del hecho por parte del hasta ahora único detenido por el crimen corrió del centro de las sospechas a los familiares de Ángeles -en especial, a su padrastro, Sergio Opatowski, al que la mayoría de los medios pusieron como principal sospechoso y algunos, incluso, llegaron a "meterlo preso" el viernes por la noche-, puestos en ese lugar por cronistas y opinadores.

Lo que quedó, detrás, fue el dramático vaivén informativo desde la "certeza" periodística de que la víctima había sido violada, dada por un hecho por todos los medios el primer día de cobertura, hasta las conclusiones de ayer, cuando los peritajes terminaron de sepultar aquella sospecha para desmentir terminantemente ya no el acto violento, sino incluso cualquier eventual relación sexual consentida por parte de la chica.

Esto último no sólo salvaguarda la memoria de la víctima, sino que le resta un peso adicional al hasta ahora único acusado, al que la certeza le quita un elemento hipotético más del cual tener que defenderse.

Sin pretensión ni intensión de revelar los secretos de la práctica periodística de temas policiales, se supone que ningún periodista "inventó" aquello de que la estudiante adolescente, además de haber sido estrangulada, había sido violada. Fueron las fuentes disponibles en esas primeras horas las que aportaron con sus voces a esas sospechas.

Aquella "certeza" sólo se alteró luego del primer comunicado fiscal, en el que se desmentía que existieran pruebas científicas de un ataque sexual. En la cobertura periodística, ese dato se tomó apenas como base para una nueva información, sin que, por eso, hubiera en las crónicas gráficas y televisivas una admisión de la propia responsabilidad del periodismo en el error. Los peritajes criminalísticos posteriores terminaron de derribar cualquier posibilidad de que hubiese existido un abuso sexual. Lo justo es, ahora, volver sobre el error en la comunicación.

Tantas inexactitudes, y tan pocas erratas, deben ser atendidas para revisar la práctica periodística cotidiana, ya no en función de la inmediatez y el impacto. Eso requiere de recuperar viejas prácticas, las de aquellos tiempos en que las redes sociales no realimentaban en tiempo real los rumores, y donde los tiempos informativos dejaban, todavía, espacio para la reflexión y el análisis de los datos obtenidos de los voceros correctos. Más que nunca, hoy, por sobre la velocidad de propagación del dato deben primar el trabajo de campo, la consulta con fuentes múltiples y, sobre todo, la prudente comunicación final basada en certezas..

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