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1922-2013

Oscar Alberto Jáuregui Lorda: cuando el golpe del martillo era como una música

Economía

En 1947, Brandsen era todavía pueblo. Hacía unos años que Clemente Jáuregui Lorda venía trabajando como agente de la firma de remates de hacienda Marcilessi. El negocio se iba haciendo grande y un día se le ocurrió largarse solo. Para eso convocó a cinco Alcuaz: Nucho, el Negro, Pichón, Horacio y Pedro. Y su hijo, Oscar Alberto (Toroto), que había cambiado las aulas por los corrales.

Así arrancaron. En la misma casona de la calle Larrea; una entrada imperial donde desfilaron por años compradores, vendedores, amigos, cheques y proveedores.

Y a la fuerza de trabajo la cosa fue engordando. A poco de andar, el "Negro" Alcuaz se fue a Madariaga y quedó a cargo de la casa Toroto. Vinieron años de vacas gordas. Desde el 50 hasta el 60 la casa dio el gran salto. Se fueron desvinculando los otros Alcuaz y, finalmente, la casa quedó como Jáuregui Lorda SA.

El resumen de estos años de actividad da para hacer cálculos y recuerdos, "pero también hubo 30.000 cabezas que no cobramos nunca", comentaba sonriente el fundador. Eran tiempos para cantar aquello de "las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas". "En estos años trabajaron aquí más de un centenar de personas. Llegaron a tener, solamente en la administración, a 22 personas. Pero la llegada de la computadora simplificó todo. En 1947 no había ni una máquina. Todo a mano. Escribíamos, sumábamos a fuerza de lápiz. ¡Qué tiempos!", recordaba Toroto.

Hay una filosofía que se ha mantenido. Se la endosó el padre, y Javier (su hijo) la hace efectiva a cada hora: la defensa del productor por encima de todo. El que envía las vacas es como un personaje sagrado que merece todos los cuidados. La relación va más allá de la transacción comercial. La mano gaucha se puede extender hasta cualquier otro servicio que el hombre necesita. "El comprador se defiende solo en los remates, para nosotros la clave es el productor, el que vende."

Hay otras claves que fueron apuntalando este crecimiento incesante de la empresa: riguroso cumplimiento en sus pagos, seriedad y "sobre todo -agregaba Toroto- no vendernos vacas a nosotros mismos. La gente quiere las cosas claras. Y así hemos procedido".

A la sombra del desarrollo de la empresa otros fueron creciendo: el transporte de hacienda, el empuje de la Sociedad Rural local y la recaudación de la municipalidad son algunos tributarios de este andar vigoroso.

Gente que desde hace muchos años envía su hacienda. Y, por supuesto, un manojo fiel de compradores, que llegan de todas partes. Ahí está el secreto: simple y fácil.

No hay música que iguale a esa melodía de cada remate: la puja, el martillo, la balanza, el semblante de los vendedores, los troperos llevando vacas y los camiones esperando. El hombre no quiere desprenderse de todo eso. Que le dio vida y ganas. Dolores de cabeza y tranquilidad. Amigos y tensiones.

"¿Cuál es la clave del éxito, Toroto?", le preguntaron: "Poder vender al mejor precio y pagar rápidamente. Y trabajo, dedicación y manejo personal de la cosa"..

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