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Elogio del diálogo

Opinión

En un encuentro lúcido y conmovedor, Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis, autores de sendos libros sobre la violencia de los años 70, dieron una lección sobre cómo construir aun en las diferencias

Por   | Para LA NACION

Fui testigo de una situación extraña. Demasiado extraña para los tiempos que corren. Dos personas, muy respetables ambas, dialogaron durante una semana. Podría pensarse que esto no tiene nada de particular. Sin embargo, haber contado con el privilegio de ser testigo de las conversaciones entre Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis dejó en mí la idea de que hay algo que nos está faltando, algo que hemos perdido: tenemos la obligación y la necesidad urgente de volver a conversar entre nosotros, los argentinos.

Fernández Meijide y Leis han publicado en las últimas semanas dos libros importantes: No eran héroes, eran humanos (Sudamericana) y Testamento político (Katz Editores). Los dos vienen generando comentarios, debates, elogios, críticas y polémicas. En ellos revisan los orígenes de la tragedia argentina de la década del 70 de manera muy diferente. Los dos postulan ideas propias y nuevas. Fernández Meijide sostiene la importancia de realizar una fuerte crítica a las organizaciones armadas que intentaron tomar el poder en aquel tiempo a través de la violencia. Su crítica va más allá de lo bueno o lo malo de la estrategia de cada grupo. Se dirige al corazón del problema, es decir, el desprecio por la vida. Por su parte, Leis relata su propia biografía como combatiente en las filas de Montoneros y concluye con un pedido de perdón por sus acciones dirigido a la sociedad, al tiempo que propone un memorial único con los nombres de todas las víctimas de la barbarie, las del Estado y las de los grupos guerrilleros.

Demasiado joven para aquella historia -soy clase 66-, ambos libros me conmovieron. Por lo tanto, cuando Fernández Meijide me dijo que quería conversar con Leis, quien vive en Brasil desde hace muchos años, hice todo lo posible para que el encuentro pudiera llevarse a cabo. Pensé también que sería apropiado registrar las imágenes y el sonido de ese diálogo y convoqué a los jóvenes cineastas Carolina Azzi y Pablo Racioppi. Así, el 22 de mayo pasado partimos para Florianópolis junto con Graciela, con sus fuertes 82 años, y sin saber del todo qué ocurriría una vez allí y qué registraríamos en los siguientes siete días en la casa de Leis, en el interior de la isla de Santa Catarina.

El diálogo es una tradición, un hábito, una costumbre, que imperceptiblemente fue dejando de formar parte de nuestra cultura. No me refiero a la polémica ni a la confrontación, que, por el contrario, se han vuelto omnipresentes en la política y, en muchos casos, han hecho nido entre amigos o familiares. Nos hemos acostumbrado mansamente a los agravios, a considerar a los demás como adversarios o enemigos que deben ser derrotados, no escuchados, ninguneados. Hemos permitido que la chicana se convirtiera en nuestro instrumento primordial. El encuentro entre personas que piensan distinto es hoy un match de lucha en el barro. Uno debe ganar, el otro debe perder. Para el que gana, todo. Para el enemigo, ni justicia, como afirmó alguna vez Juan Perón en una de sus peores frases vista a la luz de los efectos que tuvo. El diálogo es otra cosa.

A lo largo de las más de veinte horas de conversaciones entre Graciela y Héctor no hubo una sola descalificación, no hubo ningún intento de convencer al otro del punto de vista propio. Aunque parezca mentira, dialogaron. Recorrieron cada uno de los episodios que contribuyeron a formar la historia negra de la violencia política en la Argentina desde la mañana del 16 de junio de 1955 hasta la del 23 de enero de 1989. Atravesaron los intentos de la democracia por superar, sancionar y olvidar el pasado: los decretos de diciembre de 1983, la Conadep, los juicios a las juntas militares, las leyes de punto final y obediencia debida, los indultos, los nuevos juicios y las experiencias de nuestros vecinos. Se contaron sus vidas, sus emociones y sus ideas mientras el país iba ensangrentándose por las motivaciones siempre tan nobles de unos y de otros. Se escucharon con atención, se interrumpieron con respeto. Se callaron cada vez que no había nada para decir. Y como en un acto de magia, que de mágico no tiene nada, comenzaron a brotar las ideas. Como una arquitectura donde cada uno aporta su parte a algo nuevo, que supera, que deja atrás, que construye. Sin la tiranía del tiempo ni la de la agenda. Sin interrupciones.

El poder del diálogo entre dos personas con vidas, edades y experiencias completamente disímiles se fue haciendo presente y se convirtió en metáfora de uno de nuestros principales fracasos como sociedad. ¿Cuánto mejores seríamos si pudiéramos dialogar? ¿Cuánto mejor nos iría? Es cierto, había un punto de partida que Leis recupera de los antiguos griegos: la phillia . El sentimiento fraterno. El afecto recíproco. El hecho de formar parte de una misma comunidad. Ese cemento extraño que nos mantiene unidos a pesar de nuestras diferencias. Pudieron dialogar porque se tienen ese tipo de respeto especial. La pertenencia a una historia común. El pacto inicial que constituye un proyecto de sociedad. Con todos, con los que piensan como uno y con todos los que piensan como ellos.

La posibilidad del diálogo abre puertas a dimensiones que los argentinos hemos olvidado y que muchos casi ni hemos conocido. El otro puede hablar y yo quiero escucharlo. Porque a partir de sus ideas puedo modificar las mías. Puedo volver a pensar lo que creía cierto. Puedo entender. Puedo analizar, ampliar, incluir, volver a pensar, encontrar mis propios errores. Y hasta puedo seguir pensando lo mismo que antes, pero habré mejorado en un plano más profundo y humano.

En el caso del encuentro entre Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis, todos los supuestos acerca del modo en que hoy es pensada la experiencia terrible de los años 70 fueron puestos a prueba. Desde el origen mismo de la violencia, la sociedad y la cultura que la hicieron posible, el candor juvenil, la muerte, sus razones y sus sinrazones, las responsabilidades, las mentiras, el demonio y los demonios. La idealización de las víctimas, la reescritura del pasado y su revisión, las cifras, los usos políticos de la historia en el presente, los juicios para algunos y la impunidad para otros, la noción de lesa humanidad, la de genocidio. La responsabilidad de no trasladar indefinidamente al futuro una cuenta impagable. Hasta la necesidad de las confesiones, del arrepentimiento, del perdón, de la reconciliación. Palabras envenenadas que ya no pueden ni siquiera ser mencionadas sin caer en las estigmatizaciones de unos y otros. Todo pudo ser dicho. Todo fue escuchado. Y todo pudo pensarse.

Finalmente, también dieron sus explicaciones pensando en las nuevas generaciones. Explicaciones dolorosas que aún estaban pendientes. Que permanecían ocultas en los pliegues de una historia que por motivos bien distintos los tuvo como protagonistas. Como dos viejos sabios que buscan que los jóvenes no tropiecen otra vez con la misma piedra. Señalando su propios errores, los de su tiempo, intentaban mejorar su legado e iluminar el camino para los que llegamos después y los que vienen aun después de nosotros. Graciela y Héctor, una y otra vez, desde mil lugares diferentes, volvían a preguntarse y responder por qué pasó, por qué no pudo evitarse lo que pasó.

En algunos momentos la emoción pudo más y no pude contener mis lágrimas. Me preguntaba a mí mismo por qué lloraba si sólo estaba escuchando con atención a dos personas conversando. Encontré la respuesta: lloraba por nuestro fracaso. Por tantas muertes inútiles. Por su uso vil. Por el pasado que no pasa. Lloraba por nuestra gran tragedia nacional y porque el diálogo, que siempre es sanador y terapéutico, se ha vuelto extraño. Y me di cuenta, profundamente, de cuánta falta nos hace.

© LA NACION.

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