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Editorial I

El mensaje de los indignados de Brasil

Opinión

Los hechos sucedidos en Brasil en los últimos días muestran cómo una sociedad satisfecha en sus necesidades básicas puede exigir un mejor gobierno

Las estadísticas no siempre bastan para entender las razones de los pueblos cuando éstos reaccionan ante lo que consideran una injusticia y salen a las calles a manifestarse, como ha ocurrido en estos últimos días en Brasil. El país vecino es hoy la quinta economía mundial, caracterizada por un fuerte crecimiento económico y un vertiginoso proceso de movilidad social en las dos últimas décadas, en lo que se ha constituido en un ejemplo de desarrollo.

Sin embargo, todo ese panorama, que tan alentador se veía desde afuera, acabó prácticamente en una noche, cuando un simple hecho desató la convulsión social: el detonador fue el aumento del valor del transporte público en San Pablo, que subió de 3 a 3,2 reales. Inesperadamente, las manifestaciones ganaron las calles y se extendieron a varias ciudades; como fueron duramente reprimidas -hubo numerosos heridos graves-, se hicieron más masivas al mismo tiempo que también crecían sus motivos: no se trataba ya sólo del transporte, sino del resto de los servicios públicos, caros y de baja calidad, y los altos impuestos, el encarecimiento del nivel general de vida, el derroche identificado en los gastos del Mundial y las Olimpíadas y, por sobre todo, la corrupción.

Los expertos internacionales han tratado de explicar este fenómeno -y otros parecidos, como los ocurridos antes en Túnez, Chile y Turquía- justamente como un resultado sorprendente pero esperable luego de las profundas transformaciones sociales producidas en Brasil en muy poco tiempo, y en las expectativas que provocan en quienes, habiendo satisfecho por primera vez sus necesidades básicas y todavía más, sólo ahora comprenden mejor que están en condiciones de reclamar por sus derechos como ciudadanos.

Según los datos aportados por organismos internacionales como el Banco Mundial o la Cepal, entre 1992 y 2012, en Brasil el producto bruto interno por habitante (medido en dólares y a precios del año 2012) pasó de 4500 dólares a 10.800; es decir que se incrementó en un 140 por ciento, y la clase media, entendida como las familias que viven con más de 10 dólares diarios por miembro del hogar, pasó del 19,6% al 46,6% de la población total. Pero también la presión impositiva general creció: pasó del 23% al 35% del PBI, es decir, creció en 12 puntos porcentuales, casi un 50% en 20 años. Ésta es una realidad que nunca habían experimentado los que ahora acceden a una escala social superior.

Como se mencionaba ayer en un artículo de Moisés Naím publicado en este diario, estos contrastes tan marcados tienen su explicación en el hecho de que un desarrollo económico y social tan rápido como el experimentado por la población de Brasil implica también transformaciones rápidas en el seno de la sociedad, y las demandas no sólo se multiplican, sino que exigen la misma rapidez en ser resueltas. La forma de expresión adoptada por los reclamos (convocatorias multitudinarias, a través de las redes sociales, y sin líderes políticos ni sindicales ni empresarios que las encabecen) es también nueva.

Pero esta realidad brasileña no debería extrañarnos, por lo menos a los argentinos. En nuestra experiencia hay por lo menos tres hechos en los que una parte sustancial de la sociedad también salió a la calle a reclamar: el 13-S, el 8-N y el 18-A también hubo ciudadanos que quisieron demostrar vivamente su preocupación ante la falta de respuestas del Estado en materias tan fundamentales como la inseguridad, la corrupción (que alcanza al transporte público y a los servicios) y la defensa de las instituciones republicanas. Como en Brasil en estos días, se trata de ciudadanos argentinos que son castigados con una presión impositiva cada vez mayor, a cambio de lo cual perciben que reciben cada vez peores servicios del Estado.

Ahora, la presidenta Dilma Rousseff, que comprende cuán delicado es este momento político y social de su país, en una reunión con gobernadores y alcaldes ha propuesto celebrar un plebiscito para emprender una profunda reforma política, en respuesta a la ola de protestas que han conmovido a su país. Rousseff, con gran sentido práctico, ha comprendido que la misma fuerza que produce estas turbulencias políticas puede ser transformada en una fuerza positiva que se adapte a lo que la sociedad está reclamando.

En estas noches deben de haber estado prendidas muchas luces en América latina. El mensaje del pueblo brasileño ha sido claro: o diálogo y decencia, o desenlace y decadencia. Ese mensaje empieza a ser comprendido por las autoridades del país vecino.

Como decíamos recientemente desde estas columnas, ningún país acosado por divisiones, odios y resentimientos puede proponerse con serias posibilidades de éxito objetivos superadores, porque sólo una fuerte voluntad política y social por recrear mecanismos idóneos para el diálogo podrá conducirlo hacia un camino de armonía y concordia. Aunque los procesos son diferentes, no podemos dejar de mirar lo que ocurre en Brasil y reflexionar; también los argentinos esperamos de parte de nuestros gobernantes una actitud de diálogo y de respeto, porque sólo así puede crearse un auténtico progreso, basado en la búsqueda del bien común..

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