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Kobo Abe y su humor pesadillesco

PARA LA NACION
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Silvia Hopenhayn
Miércoles 26 de junio de 2013
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La literatura japonesa es tan vasta como remota su historia. Y sin embargo muchas ficciones parecen instaladas en un presente perpetuo, como si las frases respiraran distinto, con más tiempo, y se deslizaran por la página atisbando un sentido sin por ello agotarlo. También la naturaleza incide en esta suerte de correspondencia entre las palabras y su devenir. Tanto lo más pequeño y suave como lo abrupto del mundo exterior tiene su correlato en la subjetividad, confluye con ciertos modos del espíritu.

Esta literatura, cada vez más expandida, tiene distintas vertientes y matices. Murakami, por ejemplo, quizá por haber traducido tempranamente a escritores como Scott Fitzgerald o Raymond Carver, se muestra muy permeable a la cultura occidental. Kawabata (premio Nobel 1968), a pesar de su formación en los clásicos universales, se aferró a "lo triste y lo bello" de su propio país, a partir del compendio de sensaciones propias del intelectual. El caso de Kobo Abe es bastante raro y al mismo tiempo fácil de entender. Se distancia de los escritores mencionados, como también de Mishima o Tanizaki. Abe irrumpe en los años 40 con su novela La señal de tráfico al final de la calle, luego publica La pared y La luna que ríe . Otras dos novelas suyas, La mujer de las arenas y Rostro ajeno , fueron llevadas al cine. En la Argentina, la editorial Eterna Cadencia publicó en 2011 sus "cuentos siniestros", y ahora propone una nueva serie, Historia de las pulgas que viajaron a la luna - y otros cuentos de ficción científica . Se trata de relatos que se nutren de viejas leyendas japonesas y del auge tecno-futurista de mediados del siglo XX, pero también del fantástico kafkiano cruzado con el surrealismo.

En Abe, hasta la alienación puede ser una aventura. El primer cuento, "La invención de R-62", comienza: "Al caminar dispuesto a suicidarse, la ciudad le pareció dotada de una calma imprevista, como si fuera un objeto de cristal". El humor acompaña la tragedia, como si lo que pudiera pasar no llegara a ser triste -aunque implique un gran dolor-, sino patético. Cuando el protagonista alcanza el mejor punto para lanzarse al agua, se topa con un cartelito que dice: "Prohibido suicidarse".

En varios de estos cuentos aparecen estudiantes universitarios que ridiculizan el saber, interpretando torpemente cualquier acontecimiento u otorgando a los objetos cualidades absurdas. A tal punto que un padre, "empujado" por la voz de su hijo, cae al suelo convirtiéndose en un palo; cuando lo encuentra un profesor con sus estudiantes, juntos intentan descubrir, de manera absurda, cuál es la naturaleza sensible de aquel palo. Otro cuento extraño es "El valor de las orejas", una verdadera apuesta con el cuerpo. O "El método", una denuncia en clave de sorna. El relato que da título al libro, "Historia de las pulgas que viajaron a la luna", comienza con un congreso nacional de insectos dañinos e higiénicos; en un momento dado, uno de ellos esboza una "sonrisa filosófica". Fabuloso sarcasmo; son cuentos para reír de estupor.

© LA NACION

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