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Opinión

Argentinos en la Bienal

ADN Cultura

Cuando todavía sigue siendo materia de debate público la intervención oficial en la obra de Nicola Costantino, finalmente incluida en el catálogo de la 55° Bienal de Venecia, crece la sensación de oportunidad perdida. Nunca en los últimos diez años tuvo nuestro país un espacio propio de tanta visibilidad y tan estratégicamente ubicado en el recorrido de los Arsenales, salvo en 2011, cuando Adrián Villar Rojas sorprendió con una instalación descomunal, a metros del nuevo pabellón argentino. Luis Felipe Noé, seleccionado por el curador Fabián Lebenglik en 2009, mostró su obra en el piso alto de la librería Mondadori, cerca de San Marco. En 2007, Kuitca, con curaduría de Inés Katzenstein, exhibió el envío en el Ateneo Veneto. En 2005, Jorge Macchi y Edgardo Rudnitzky, con curaduría de Adriana Rosenberg, montaron una obra de antología en el Oratorio de San Filippo Neri, un lugar místico pero de acceso laberíntico. En 2003, momento de crisis si los hubo, Mercedes Casanegra seleccionó la videoinstalación de Charly Nijensohn exhibida en el Convento de San Cosme y San Damián (Giudecca), y en 2001, Irma Arestizábal y Teresa Anchorena, curadora y comisaria, enviaron obra de Leandro Erlich y Graciela Sacco al Fondaco di Tedeschi, un viejo correo ubicado cerca de Rialto.

Este sistemático cambio de locación, además de imponer la peregrinación de la búsqueda, resultaba desconcertante para el público, que debía descubrir cada dos años en la abigarrada cartografía veneciana dónde estaba la Argentina.

En el siglo XX, y por varios años, nuestro país alquiló un pabellón en la avenida de plátanos bautizada Harald Szeemann en honor al suizo que fue dos veces director de la Bienal; pero lo perdió por no pagar el alquiler. Quedó entonces fuera del parnaso de los Giardini, cuyo eje son los 30 pabellones nacionales construidos a partir de 1907. Allí están Brasil, Venezuela, Uruguay, Suiza, Corea, Japón, Rusia, España , Bélgica, y, por cierto, Francia, Alemania, Estados Unidos y Gran Bretaña. Dos años atrás, Paolo Baratta, presidente de la Fundación Bienal , selló un convenio con Cristina Kirchner y le entregó por veinte años las llaves del pabellón de los Arsenales. Lástima, la propaganda política le restó protagonismo al arte y el espacio ganado se convirtió en oportunidad perdida..

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