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Puente aéreo

El riesgo de hablarle al espejo en campaña

Enfoques

A Cristina Kirchner le envejeció de repente el manual de comunicación. La fractura del peronismo bonaerense, encarnada en la lista de Sergio Massa, la sorprendió en el clímax de su pasión autorreferencial.

Los discursos ante aplaudidores incondicionales, el despertar al lenguaje adolescente en Twitter, la propaganda épica y la presión económica a los medios indóciles funcionaron como una estrategia medular de su proyecto de poder gracias al abismal déficit competitivo de sus opositores, en especial desde la reelección.

El Gobierno se siente legitimado para imponer su voluntad sin control; el periodismo emerge como el último enemigo a vencer; la radio, la TV y los diarios son un territorio por conquistar. El secreto, una política de Estado. Preguntar, un acto subversivo. Pero, ¿puede la receta ser eficaz en condiciones adversas? ¿Dará frutos hablarle al espejo cuando hay indicios de que la mayoría electoral se deshilacha y el peronismo insinúa un nuevo cambio de piel? Tal vez sea tarde para recalcular. El control de la palabra y la opacidad están en el ADN del modelo: el kirchnerismo asume que el voto de las mayorías lo exime de rendir cuentas. La facilidad con que logró imponerse ese criterio es un rasgo que aleja a la Argentina de democracias más maduras.

España, por ejemplo, asiste estos días al espectáculo de un presidente -Mariano Rajoy- expuesto a lidiar con el caso de corrupción que llevó a prisión a Luis Bárcenas, ex tesorero de su partido, el PP. A Rajoy le preguntan casi a diario por el tema y él elude la respuesta con artilugios verbales al borde del balbuceo.

Desde la caída del ex tesorero -al que le hallaron 48 millones de euros en Suiza-, Rajoy tuvo que enfrentar dos conferencias de prensa y una sesión de control del Congreso. Periodistas y diputados le preguntaron de mil formas y no hay caso: el hombre ni siquiera pronuncia la palabra "Bárcenas". Los periodistas están indignados. No conciben que Rajoy se niegue a dar entrevistas o una larga rueda de prensa para responder sobre una causa que salpica a todo el partido de gobierno, incluido a él. Les cuesta rescatar el valor terapéutico de la pregunta o el precio caro que se paga por callar.

¿Alguien imagina a Cristina Kirchner resignada a responder a la prensa sobre los negocios de Lázaro Báez? ¿O dispuesta a escuchar de cuerpo presente las acusaciones de la oposición en el Congreso? Suena tan inverosímil como pensar que Rajoy fuera a escribir que una de sus medidas es "very cojonuda".

Lejos de la Argentina, la política del monólogo y la informalidad se percibe más cercana al ridículo que a la genialidad. Días atrás, en Madrid, a un ex presidente de un país del G-20 le leían la carta que Cristina le envió al papa Francisco. Ésa en la que le recomienda tomar mate y se jacta de su fobia al protocolo. "¡Qué papelón! ¿Cómo se filtró eso?", preguntó el hombre. La respuesta lo dejó con las manos en la cabeza: lo publicó ella misma en Twitter.

¿Podrá la autora reinventar su forma de comunicar ahora que la hegemonía está amenazada? Parece una opción lejana. Hay otra más inquietante que, en su hora de debilidad, ya prueba el chavismo en Venezuela: un dominio estatal aún más férreo, que borra del aire a los dirigentes opositores y acelera la quiebra de los medios críticos.



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