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Punto de vista

La pasión por cambiar las reglas del juego

Enfoques

Por   | Para LA NACION

Nada más volátil, en la Argentina, que las reglas del juego. Las normas institucionales, podría decirse, no están aquí para ser cumplidas, sino para ser adaptadas. Basta observar las noticias políticas de cada día: asombra la cantidad de ellas que de una u otra forma están referidas a cambios de reglas. La reforma constitucional como recurso del kirchnerismo para extender su sobrevida es la más persistente, pero las hay de todo tipo y tamaño.

La semana pasada, el oficialismo meneó la creación de un tribunal de constitucionalidad. La próxima, si las encuestas electorales vienen mal para el Gobierno, tal vez se hable de agregarle al Congreso una tercera cámara. Para mejorar la eficacia en la elaboración de las leyes, claro.

Dirán los kirchneristas que cambiar las reglas y poner todo patas arriba es una virtud, nunca algo malo. Probablemente demoren dos frases más en usar la palabra revolucionario aplicada al momento. Será un exceso de jactancia: la anomia, el desdén por lo normado, su maleabilidad infinita, son un vicio argentino muy anterior a la era Cristina. El kirchnerismo, en todo caso, le aplicó su verbo favorito: profundizó el fenómeno. Y, como a todas sus cruzadas, a ésta también la barnizó con épica patriótica, poesía anticorporativa, un avemaría por Néstor y tres maldiciones a Magnetto.

Pues no, para que la revisión permanente de reglas sea revolucionaria es requisito que haya una revolución. Y si es posible, un plan. Un plan con un derrotero algo más ambicioso que durar en el poder y controlarlo todo. En una democracia, que no tiene lógica revolucionaria, la pretensión de acomodar las reglas en forma sistemática sugiere alguna clase de picardía, despiadadamente llamada trampa en el habla más rústica. Se da por descontado que quien impone un reglamento en medio del juego quiere beneficiarse a sí mismo, no al juego.

He aquí la gran oportunidad que tiene el kirchnerismo para demostrar que lo suyo es pasión por la calidad institucional, la inclusión de los pobres y todo lo demás. Ya que se está poniendo de moda esto de diputados y senadores que firman compromisos delante de escribanos públicos (bueno, algunos opositores se juramentaron contra la re-re a sola firma y se ahorraron los gastos notariales), ¿por qué no impulsa el Gobierno un acuerdo multipartidario que diga que cualquier reforma sustancial de reglas institucionales entrará a regir a partir del siguiente mandato presidencial, sin posibilidad de beneficiar al gobernante de turno?

A lo mejor la Presidenta se entusiasma con la idea y le encuentra ventajas colaterales. Primero, sería una ocasión para terminar de demostrar que su verdadero interés no es ella y el presente efímero, sino todos y el largo plazo. Segundo, le evitaría esa angustia de sacar leyes exprés y tener que controlar que cada diputado propio consiga su vuelo en Aerolíneas. Por ejemplo, el apuro de aprobar seis leyes en diez minutos para cambiar el Poder Judicial de los próximos cincuenta años, una adaptación de la guerra de guerrillas al trámite parlamentario, no tendría más sentido. Tercero, no habría tantos deseos de insultar a la Corte en caso de que una ley sea declarada inconstitucional. Todo sería más relajado y Cristina Kirchner podría democratizar todo lo que le apetezca. Si es que le sigue apeteciendo..

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